miércoles, 16 de marzo de 2016

7 - PRIMERA PARTE

CAPITULO 7:
You can’t be like me,
But be happy that you can’t.
I see pain but I don’t feel it.
I am like the old Tin Man.
TRADUCCION: «No puedes ser como yo, / pero puedes darte por satisfecho de que así sea. / Veo el dolor, pero no lo siento. / Soy como aquel hombre de hojalata.»

Según Elisabeth Kübler-Ross, cuando muere un ser querido elaboramos el
duelo en cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
Cuando vivíamos en Texas, durante el último semestre del primer
año me apunté a una clase de psicología. Estábamos hablando de la cuarta
etapa cuando entró en el aula el director, pálido como un fantasma.
—Layken, ¿puedes salir un momento al pasillo, por favor?
El señor Bass era un hombre agradable, panzudo, de manos
regordetas y rellenito en lugares en los que parecía imposible ser
rechoncho. Era un día de primavera de un frío insólito para Texas, aunque
nadie lo habría dicho, por los círculos de sudor que tenía bajo los brazos.
Era el tipo de director que se metía en su despacho, en lugar de dar vueltas
por los pasillos. Jamás salía a buscar los problemas; esperaba que éstos
acudieran a él. Entonces ¿por qué estaba allí?
Con una sensación de vacío en la boca del estómago, me puse de pie
y caminé lo más lento que pude hacia la puerta del aula. Él no me miraba a
la cara. Recuerdo que lo miré de frente, pero sus ojos se clavaron en el
suelo. Se compadecía de mí. ¿Por qué?
Cuando salí al pasillo, estaba allí mi madre, con las mejillas surcadas
de chorreones de rímel. Su mirada me reveló el motivo de su presencia:
por qué estaba allí ella y mi padre no.
Moví la cabeza de un lado a otro, sin querer convencerme de que era
cierto.
—¡No! —exclamé varias veces.
Me rodeó con sus brazos y se desplomó. En lugar de sostenerla,
simplemente me fundí con ella. Aquel día, en el suelo del pasillo de mi
instituto, experimenté la primera etapa de mi duelo: la negación.

Gavin se prepara para interpretar su poesía. Está de pie al frente de la
clase, con el papel temblándole entre los dedos; carraspea y se dispone a
leer.
Paso por alto la presencia de Gavin y me concentro en Tom; me
pregunto si las cinco etapas del duelo se aplicarán sólo a la muerte de un
ser querido. ¿Servirán también cuando muere un aspecto de nuestra vida?
En ese caso, no cabe duda de que estoy justo en mitad de la segunda etapa:
la ira.
—¿Cómo se titula, Gavin? —pregunta Tom.
Está sentado delante de su escritorio y va tomando notas en su
cuaderno a medida que los alumnos hacen su presentación. Me cabrea que
esté tan atento y concentrado en todo... menos en mí. Me enfurece su
capacidad para hacerme sentir como si yo fuera un inmenso vacío
invisible. Me irrita la forma en la que se detiene para morder el extremo
de su bolígrafo. Anoche, los mismos labios que rodean la punta de su
espantoso bolígrafo rojo me subían por el cuello.
Aparto de mi cabeza la idea del beso con la misma rapidez con la que
se ha colado. No sé cuánto tardaré, pero estoy decidida a cortar el dominio
que ejerce sobre mí.
—Bueno, la verdad es que no le he puesto ningún título —responde
Gavin, que es el penúltimo en hacer su presentación—, pero supongo que
podríamos llamarla «Declaración previa».
—«Declaración previa», ¡adelante! —exclama Tom con una voz de
profesor que también me pone furiosa.
—Ejem —carraspea Gavin.
Las manos le tiemblan aún más cuando empieza a leer.

Un millón, cincuenta y un mil
doscientos minutos.
Ésa es, aproximadamente, la cantidad de minutos
que llevo queriéndote,
la cantidad de minutos que he pensado en ti,
la cantidad de minutos que me he preocupado por ti,
la cantidad de minutos que he dado gracias a Dios por ti,
la cantidad de minutos que he dado gracias a todos los
dioses
del universo por ti.
Un millón,
cincuenta y un mil
doscientos
minutos...
Un millón, cincuenta y un mil
doscientos minutos.
Ésa es la cantidad de veces que me has hecho sonreír,
la cantidad de veces que me has hecho soñar,
la cantidad de veces que me has hecho creer,
la cantidad de veces que me has hecho descubrir,
la cantidad de veces que me has hecho adorar,
la cantidad de veces que me has hecho valorar
mi vida.

Gavin se dirige al fondo de la clase, donde está sentada Eddie. Hinca
una rodilla en el suelo delante de ella y lee la última estrofa de su poesía.

Y exactamente dentro de un millón, cincuenta y un mil
doscientos minutos te voy a proponer matrimonio
y te voy a pedir que compartas conmigo todos los minutos
que te quedan de vida.

Eddie, radiante, se inclina hacia él y lo abraza. La clase está dividida:
los chicos reniegan y las chicas se derriten. Yo me limito a moverme
inquieta en mi asiento, preparándome para el último poema de hoy: el
mío.
—Gracias, Gavin. Ya puedes tomar asiento. Lo has hecho muy bien.
Tom no levanta la vista de sus notas cuando me llama para que lea mi
poema. Pronuncia mi nombre en voz baja y llena de inquietud:
—Layken, te toca a ti.
Estoy preparada. Me gusta mi poema. Es breve, pero conciso. Ya me
lo sé de memoria, de modo que dejo el papel encima de mi pupitre y me
coloco frente a la clase.
—Quisiera hacer una pregunta.
El corazón me late deprisa cuando advierto que es la primera vez que
hablo en voz alta con Tom en su clase desde que empecé a asistir a ella,
hace un mes. Vacila, como si no supiera si aceptar que pueda tener una
pregunta que formularle, y hace un ligero gesto con la cabeza en señal de
asentimiento.
—¿Hay una duración mínima? —pregunto.
No sé qué habrá pensado que iba a preguntar, pero parece aliviado de
que sea eso.
—No, mientras se entienda lo que quieres decir. Recuerda que no hay
normas establecidas.
Se le quiebra un poco la voz al responder y advierto en su rostro que
conserva fresco en su memoria lo sucedido anoche entre nosotros. Mejor
que mejor.
—Muy bien. Allá voy —balbuceo—. Mi poesía se titula «Verde».
Me coloco frente a la clase y recito de memoria mi poema, toda
orgullosa.

Según el diccionario de sinónimos...,
y según yo misma...,
hay más de treinta formas distintas
de poner verde
a alguien:

Exclamo a toda pastilla las siguientes palabras y toda la clase se
estremece... incluido Tom.

Burro, estúpido, cruel, cabrón, descortés, duro, malvado,
odioso, desalmado, vicioso, despiadado, implacable,
despótico, malévolo, execrable, bastardo,
bárbaro, resentido, bruto, insensible, degenerado,
salvaje, depravado, avieso, fiero, rudo, inconmovible,
rencoroso, pernicioso, inhumano, monstruoso,
sanguinario, inexorable
y, la que más me gusta a mí, ¡gilipollas!

Echo una ojeada a Tom antes de volver a mi asiento: se ha puesto
colorado y aprieta los dientes. Eddie es la primera en aplaudir, seguida
por el resto de las compañeras de clase. Me cruzo de brazos y clavo la
mirada en mi pupitre.
—¡Joder, tía! —suelta Javi—. ¿Quién te ha cabreado tanto?
Suena el timbre y los alumnos empiezan a salir en fila. Tom no dice
ni una palabra. Me pongo a guardar mis cosas en el bolso y Eddie se me
acerca corriendo.
—¿Ya has hablado con tu madre? —me pregunta.
—¿Con mi madre? ¿De qué?
No tengo ni la menor idea de a qué se refiere.
—De salir. Nick te invitó ayer a salir, ¿no? ¿No le dijiste que tenías
que preguntárselo a tu madre?
—Ah, eso —respondo.
Y ¿eso ocurrió ayer? Me da la impresión de que fue hace un siglo.
Echo un vistazo hacia donde está Tom y veo que me observa, a la espera
de que conteste a Eddie y con la cara totalmente inexpresiva. En este
momento me gustaría que no fuera tan hermético. Supongo que en su
fuero interno se siente celoso, de modo que me lanzo:
—Sí, claro. Dile a Nick que acepto encantada —miento sin apartar los
ojos de Tom.
Él coge el bolígrafo y el cuaderno, abre uno de los cajones del
escritorio, los echa dentro y lo cierra de golpe. Eddie se sobresalta y se
vuelve a mirarlo. Consciente de haber llamado la atención hacia su
persona, él se pone de pie y, actuando como si no estuviéramos presentes,
empieza a borrar la pizarra. Eddie se vuelve otra vez hacia mí.
—¡Estupendo! Por cierto, hemos decidido salir el jueves, así, después
de Getty, podemos ir al slam. Como sólo disponemos de unas cuantas
semanas, mejor nos lo quitamos de en medio. ¿Quieres que te pasemos a
buscar?
—Vale.
Eddie bate palmas, entusiasmada, y sale del aula dando brincos. Tom
sigue borrando la pizarra limpia, mientras yo me dirijo a la salida.
—Layken —me llama.
Noto aspereza en su voz.
Me detengo junto a la puerta, pero sin volverme hacia él.
—Tu madre trabaja los jueves por la noche. Siempre llamo a una
canguro los jueves, porque voy a las sesiones de slam. Lleva a Kel a mi
casa antes de salir, si quieres.
Me limito a irme sin responder.
Durante la comida me siento incómoda. Eddie ya ha informado a
Nick de que he aceptado salir con ellos, de modo que todo el mundo habla
de nuestros nuevos planes. Todo el mundo menos yo. Dejando aparte
algún gesto de la cabeza y algún murmullo de asentimiento, no digo nada.
No tengo apetito, de modo que Nick se come casi toda mi comida. Con la
cuchara, paseo por mi bandeja el arroz con leche, que va incorporando
rastros de ketchup aquí y allá. Me recuerda los restos del muñeco de nieve
asesinado en la entrada de mi casa. Durante varios días, cada vez que salía
dando marcha atrás, la rueda patinaba sobre su cuerpo duro como el hielo.
Me pregunto si mi todoterreno sería igual de silencioso si atropellara a
Tom, si sin querer diera marcha atrás y le pasara por encima y después
pusiera primera y siguiera adelante.
—Layken, ¿no le vas a hacer caso? —dice Eddie.
Alzo la mirada y veo a Tom de pie detrás de Nick, contemplando el
revoltijo que he creado en mi bandeja.
—¿Cómo dices? —pregunto a Eddie.
—El señor Kaulitz quiere hablar contigo —dice, mientras lo señala
con la cabeza.
—Seguro que te has metido en un lío por haber dicho «gilipollas» —
comenta Nick.
Me llevo la mano a la garganta, temerosa de que esté a punto de
estallar. Pero ¿qué hace? ¿Cómo me pide que vaya con él delante de todo
el mundo? ¿Acaso se ha vuelto loco?
Deslizo la silla hacia atrás y dejo la bandeja en la mesa, mientras lo
observo con cautela. Sale de la cafetería en dirección a su aula y lo sigo.
Es un buen trecho: una caminata embarazosa, tensa y en silencio.
—Tenemos que hablar —dice, mientras cierra la puerta a sus
espaldas—. Ahora.
No sé si en este momento es Tom. No entiendo desde qué ángulo se
me viene encima. No sé si obedecerlo... o pegarle un puñetazo. Me quedo
cerca de la puerta, me cruzo de brazos y me esfuerzo por parecer
enfadada.
—¡Pues habla! —digo.
—¡Joder, Lake! Que no soy tu enemigo. Deja de aborrecerme.
Es Tom.
Me abalanzo hacia él y alzo las manos, frustrada.
—¿Que deje de aborrecerte? ¡A ver si te aclaras, Tom! Anoche me
dijiste que dejara de quererte... ¿y ahora me pides que deje de aborrecerte?
Me dices que no quieres que te espere y, sin embargo, ¡te comportas como
un adolescente inmaduro cuando accedo a salir con Nick! Quieres que
actúe como si no te conociera, pero ¡después me sacas del comedor
delante de todo el mundo! Tenemos toda esta fachada entre nosotros,
como si fuéramos otras personas todo el tiempo, ¡y es agotador! Nunca sé
cuándo eres Tom o el señor Kaulitz y no tengo la menor idea de cuándo se
supone que soy Layken o Lake...
Estoy harta de que me líe. Tan harta estoy que me dejo caer en la silla
que ocupo durante sus clases. No sé lo que piensa, porque permanece de
pie, impasible, inexpresivo. Pasa a mi lado poco a poco y toma asiento en
el pupitre detrás del mío. Sigo mirando al frente y él se inclina hacia
delante lo suficiente para susurrar algo. Mi cuerpo se tensa y siento una
opresión en el pecho cuando abre la boca.
—No pensé que sería tan difícil.
No quiero darle la satisfacción de dejarle ver las lágrimas que me
surcan las mejillas.
—Lamento lo que te dije antes acerca del jueves —dice—. Fui
sincero en su mayor parte. Sé que necesitarás a alguien que cuide a Kel y
que he puesto el slam como tarea obligatoria, pero no debería haber
reaccionado así; por eso te he pedido que vinieras: para disculparme. No
volverá a suceder. Te lo juro.
Se abre la puerta del aula y Tom se pone de pie de un salto. Su
movimiento brusco sobresalta a Eddie, que nos observa con curiosidad
desde la entrada. Sostiene la mochila que he dejado en la cafetería. No
puedo ocultar las lágrimas que me siguen asomando a los ojos, de modo
que miro hacia otro lado. No hay nada que Tom o yo podamos hacer a
estas alturas para ocultar la tensión entre nosotros.
Eddie levanta las palmas y deposita con suavidad mi mochila en el
pupitre más cercano a la puerta. Sale del aula caminando hacia atrás y
susurra:
—Disculpen... Ya me marcho.
Cierra la puerta al salir.
Tom se pasa las manos por el pelo y se pone a dar vueltas por el aula.
—Genial... —farfulla.
—Ya está bien, Tom —le digo, mientras me pongo de pie y me dirijo
hacia mi mochila—. Si me pregunta, le diré que estabas molesto conmigo
porque he dicho «gilipollas»... y «burro»... y «cabrón»... y «bastar»...
—¡Ya te he entendido!
Tengo la mano en el pomo de la puerta cuando vuelve a decir mi
nombre, de modo que espero.
—También quería disculparme... por lo de anoche —dice.
Me vuelvo hacia él cuando hablo.
—¿Lamentas lo ocurrido o lamentas haberlo cortado así?
Ladea la cabeza y se encoge de hombros, como si no comprendiera
mi pregunta.
—Todo. No tendría que haber ocurrido.
—Cabrón —concluyo.

Cuando giro la llave, el motor de mi todoterreno se enciende con el
runrún habitual y eso también me cabrea. Pego un puñetazo al volante y
expreso un montón de deseos. Ojalá no hubiera conocido a Tom la misma
semana que llegué aquí. Habría sido todo mucho más fácil si lo hubiese
conocido en clase. O, mejor aún, ojalá no nos hubiéramos mudado jamás
a Ypsilanti. Ojalá estuviese vivo mi padre. Ojalá mi madre fuera más
explícita con respecto a sus recados. Ojalá Bill no viniese a casa todos
los días. Verlo me hace pensar en Tom. Ojalá Tom no me hubiera
arreglado el todoterreno. Detesto que tenga detalles así conmigo. Sería
mucho más fácil aborrecerlo si de verdad fuera todo lo que lo he llamado.
¡Dios mío! No puedo creer que le haya dicho todo eso, aunque no me
arrepiento.
Voy a buscar a los niños a la escuela y los traigo a casa. Hoy llego
antes que Tom, pero no me quedaré esperando junto a la ventana. Eso se
acabó. —¡Estaremos en casa de Bill! —grita Kel y cierran la puerta de
un golpe.
«Estupendo.»
Cuando voy por el pasillo, oigo a mi madre hablando con alguien en
su dormitorio, de modo que me detengo junto a la puerta. Sólo se oye una
parte de la conversación, de lo cual deduzco que está hablando por
teléfono. Por regla general, jamás cometería la indiscreción de aguzar el
oído para escuchar lo que dice. Sin embargo, su comportamiento reciente
justifica que sea algo cotilla o puede que sea mi comportamiento el que
justifique cierta subversión. En cualquier caso, apoyo la oreja en la puerta.
—Ya lo sé. ¡Ya lo sé! Se lo diré pronto —dice.
»No, me parece mejor que hable yo sola con ellos...
»Desde luego que sí. Yo también te quiero, cariño.
Se está despidiendo. Me dirijo de puntillas a mi dormitorio, entro,
cierro la puerta y resbalo hasta el suelo.
Siete meses. Sólo ha tardado siete meses en encontrar un sustituto.
¡No es posible que ya esté saliendo con alguien! Sin embargo, lo que ha
dicho por teléfono no puede ser más evidente. Vuelvo a la primera etapa:
la negación.
¿Cómo ha podido hacer algo así? Y quienquiera que sea él, ¿ya
quiere conocernos? Desde ya, no me cae bien. Y ¡qué cara tiene ella!
¿Cómo ha podido meterse con Tom como lo ha hecho, cuando lo que está
haciendo ella es igual de lamentable o incluso peor? La primera etapa es
sumamente breve. Vuelvo a la segunda: la ira.
Decido no sacar a relucir el tema enseguida. Antes de encararme con
ella, quiero averiguar algo más. Quiero llevar las de ganar en esta
situación y para eso tendré que pensar un poco.
—¿Lake? ¿Ya has vuelto?
Está llamando a mi puerta y tengo que rodar hacia delante y
levantarme de un salto para no cerrarle el paso cuando la abre. Al verme
brincar, me observa con curiosidad.
—¿Qué haces? —pregunta.
—Me estiro. Me duele la espalda.
No traga el anzuelo, de modo que entrelazo las manos por detrás,
extiendo los brazos hacia arriba y me inclino hacia delante.
—Toma una aspirina —dice.
—De acuerdo.
—Esta noche no trabajo, pero tengo sueño atrasado y hoy todavía no
he dormido, así que me voy a acostar. ¿Te puedes encargar de que Kel se
dé un baño antes de ir a la cama?
—Desde luego.
Las dos salimos al pasillo.
—Espera... mamá...
Se vuelve hacia mí y se le cierran los párpados sobre los ojos rojos.
—Voy a salir el jueves por la noche. ¿Puedo?
Me dirige una mirada cargada de sospecha.
—¿Con quién?
—Eddie, Gavin y Nick.
—¿Con tres chavales? No vas a ninguna parte con tres chavales.
—No, Eddie es una chica. Es amiga mía. Gavin es su novio y salimos
dos parejas juntas. Yo salgo con Nick.
Los ojos le brillan un poquito.
—Ah, de acuerdo, está bien. —Sonríe y abre la puerta de su
dormitorio—. Espera —dice—: el jueves trabajo. ¿Qué hacemos con Kel?
—Tom tiene una canguro los jueves. Ya me ha dicho que Kel se puede
quedar en su casa.
Parece satisfecha, aunque sólo por un instante.
—¿Qué Tom está de acuerdo en pagar una canguro... para que cuide a
Kel... para que tú salgas con alguien?
«¡Mierda! No se me había ocurrido que fuera a verlo así...»
—Mamá, han pasado semanas. Hemos salido una sola vez. Se ha
acabado.
Me mira fijamente durante varios segundos.
—Mmm...
Regresa a su habitación. No las tiene todas consigo.
Su sospecha me produce una ligera satisfacción. Piensa que le estoy
mintiendo. Estamos igualadas.

—No voy a ir a la tercera hora —digo a Eddie cuando salimos de la
clase de historia.
—¿Por qué no?
—No me apetece. Me duele la cabeza. Creo que iré a sentarme en el
patio para que me dé el aire.
Me vuelvo y me dispongo a salir al patio, pero me coge del brazo.
—Layken, ¿tiene esto algo que ver con lo que ocurrió ayer con el
señor Kaulitz a la hora de comer? ¿Ha pasado algo?
Le sonrío para tranquilizarla.
—No, no pasa nada. Sólo quiere que me abstenga de seguir usando un
vocabulario tan colorido en su clase.
Frunce la boca y se aleja sin tenerlas todas consigo, igual que mi
madre anoche.
En el patio no hay nadie. Supongo que ningún otro alumno necesita
tomarse un respiro del profesor del cual está enamorado en secreto. Me
siento en un banco y me saco el teléfono del bolsillo. Nada. Sólo he
hablado con Kerris una vez desde que me he mudado. Era con la que
mejor me llevaba en Texas, aunque en realidad su mejor amiga era otra.
Es extraño que tu mejor amiga tenga una mejor amiga mejor que tú. Yo lo
atribuía a que estaba demasiado ocupada para tener una mejor amiga, pero
tal vez se debiera a algo más. Puede que yo no supiera escuchar. Puede que
no supiera compartir.
—¿Te molesta si me quedo contigo?
Alzo la mirada y veo que Eddie toma asiento en el banco frente al
mío.
—Desgracia compartida, menos sentida —le digo.
—«¿Desgracia?» Y ¿por qué te sientes desgraciada? Mañana por la
noche sales con un chico y yo soy tu mejor amiga —dice.
Mi mejor amiga. Tal vez. Ojalá.
—Supongo que a Tom no se le ocurrirá venir a buscarnos, ¿verdad?
—le pregunto.
Ladea la cabeza y me mira.
—¿Tom? ¿Acaso te refieres al señor Kaulitz?
¡Por Dios! Acabo de llamarlo «Tom». Ya alberga sospechas. Sonrío y
le suelto la primera excusa que me viene a la cabeza.
—Sí, el señor Kaulitz. Es que en mi otro instituto llamábamos a los
profesores por el nombre de pila.
No dice nada. Está toqueteando la pintura del banco con su uña azul.
Tiene pintadas nueve uñas de color verde y sólo lleva una azul.
—Te voy a decir una cosa —dice con voz serena—. Puede que meta
la pata o puede que no, pero, diga lo que diga, no quiero que me
interrumpas.
Asiento con la cabeza.
—Me parece que lo que estaba ocurriendo ayer a la hora de comer
era algo más que un mero tirón de orejas por usar palabras inadecuadas.
No sé cuánto más y, francamente, no es asunto mío. Sólo quiero que sepas
que puedes hablar conmigo, si lo necesitas. Jamás se lo contaría a nadie.
Aparte de que no tengo a nadie a quien contarle nada, salvo Gavin...
—¿A nadie? ¿Mejores amigas? ¿Hermanos? —pregunto con la
esperanza de cambiar de tema.
—Pues no. No tengo a nadie más que él —dice—. Vamos a ver, en
teoría, a decir verdad, he tenido diecisiete hermanas, doce hermanos, seis
madres y siete padres.
Como no sé si se está quedando conmigo o no, por las dudas no me
río.
—Hogares de acogida —aclara—. Voy por el séptimo en nueve años.
—Vaya, lo lamento.
No sé qué otra cosa decir.
—No tiene importancia. He vivido con Joel durante cuatro de esos
nueve años. Es mi padre de acogida y va bien. Estoy contenta y él recibe su
cheque.
—¿Y alguno de tus veintinueve hermanos tenía algún vínculo de
sangre contigo?
Se echa a reír.
—Guau, sí que prestas atención. Pues no: soy hija única. Mi madre
era aficionada al crac barato y a los bebés caros.
Se da cuenta de que no la entiendo.
—Trató de venderme. No te preocupes: nadie me quiso o tal vez ella
pidiera demasiado. Cuando tenía nueve años, me ofreció a una mujer en el
aparcamiento de Walmart. Le contó entre sollozos que no podía hacerse
cargo de mí, blablablá, y me ofreció en venta por cien dólares. No era la
primera vez que lo intentaba en mis propias narices. Como yo ya estaba
hasta el gorro, miré a la mujer de frente y le espeté: «¿Está casada?
¡Seguro que su marido es muy cachondo!». Mi madre me pegó un revés
por arruinarle la operación y me abandonó en el aparcamiento. La mujer
me llevó a la comisaría y allí me dejó. No volví a ver a mi madre nunca
más.
—¡Por Dios, Eddie! Es increíble.
—Lo sé, pero así es.
Me tumbo en el banco y miro al cielo. Ella hace lo mismo.
—Me dijiste que el nombre de Eddie te viene de familia —le digo—.
¿De qué familia?
—No te rías.
—¿Y si me parece gracioso?
Pone los ojos en blanco.
—Mi primera familia de acogida tenía un DVD de un comediante
llamado Eddie Izzard. Me daba la impresión de que mi nariz era igual que
la suya. Vi aquel DVD millones de veces, como si él fuera mi padre.
Después pedía a la gente que me llamara «Eddie». Durante un tiempo
probé con Izzard, pero no funcionó.
Las dos nos echamos a reír. Me quito la chaqueta, me la pongo por
encima y meto dentro los brazos al revés, para que me caliente las partes
del cuerpo que han estado expuestas al frío demasiado rato. Cierro los
ojos.
—He tenido unos padres increíbles —suspiro.
—Y ¿qué ha sido de ellos?
—Mi padre murió hace siete meses y mi madre nos ha trasladado
aquí, diciendo que era por cuestiones financieras, pero ahora no estoy
segura de que nos haya dicho la verdad. Ya sale con alguien, de modo que,
por el momento, he de decir que han sido increíbles.
—¡Qué putada!
Las dos nos quedamos allí tumbadas, cavilando sobre las cartas que
nos han tocado. Las mías no son nada en comparación con las suyas. Las
cosas que habrá visto. Kel tiene ahora la misma edad que ella cuando entró
en el primer hogar de acogida. No sé cómo va por ahí tan contenta, tan
llena de vida. Guardamos silencio. Reina una calma tranquilizadora. Me
pregunto para mis adentros si esto será lo que se siente cuando tienes un
mejor amigo.
Se incorpora en el banco al cabo de un rato, con las manos estiradas
por delante, mientras bosteza.
—Antes, cuando te he dicho lo de Joel... y que para él soy un cheque,
¿no? No es así. En realidad, se ha portado muy bien conmigo. A veces,
cuando las cosas se ponen demasiado reales, me dejo llevar por el
sarcasmo.
Le sonrío comprensiva.
—Gracias por hacer novillos conmigo. La verdad es que lo
necesitaba.
—Gracias por necesitarlo. Parece que yo también. En cuanto a Nick,
es buen tío, pero no es para ti. Ya se lo diré yo. De todos modos, tienes que
salir con nosotros mañana.
—Ya lo sé. De lo contrario, Chuck Norris me dará caza y me pegará
una patada en el culo.
Doy la vuelta a la chaqueta y pongo bien los brazos, mientras
atravesamos la puerta y regresamos al pasillo.
—Entonces, si «Eddie» es algo que te has inventado, ¿cuál es tu
nombre de verdad? —le pregunto antes de separarnos.
Sonríe y se encoge de hombros.
—Por el momento, digamos que es Eddie.



HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL CAPITULO DE HOY ... TRES O MAS Y AGREGO MAÑANA SINO EL VIERNES ... BUENO SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO ... HASTA PRONTO ... :))
NOTA: YA AGREGUE EN LA NOVELA DE "EL PRINCIPÉ OSCURO" PARA LOS QUE NO TENGAN EL LINK O QUIERAN LEER LAS DEMAS NOVELAS QUE EH PUBLICADO - TANTO ADAPTADAS COMO MIAS - ARRIBA ESTAN LOS LINKS .. SOLO BUSCAN LA NOVELA QUE QUIERAN O LA DE EL PRINCIPE OSCURO Y LES MANDARA A LA PAG .. ES TODO.

3 comentarios: