CAPITULO 2.-
It won’t
take long for me
To tell you
who I am.
Well you
hear this voice right now,
Well that’s
pretty much all I am.2
Gimmeakiss,
THE AVETT BROTHERS.
TRADUCCION:
«No tardaré mucho / en decirte quién soy.
/ Pues bien, ahora oyes esta voz; / pues bien, eso es casi
todo
lo que soy.»
La tarde
siguiente, cuando me dispongo a elegir lo que me voy a poner,
me
cuesta encontrar ropa limpia adecuada para este clima. No tengo
demasiadas
camisas de invierno, aparte de las que ya me he puesto esta
semana.
Elijo una morada de manga larga, la huelo y decido que está
bastante
limpia. La rocío con perfume, por si acaso. Me cepillo los
dientes,
me retoco el maquillaje, me vuelvo a cepillar los dientes y me
suelto
la coleta. Me rizo algunos mechones de pelo y saco de mi cajón
unos
pendientes de plata. Oigo que llaman a la puerta del cuarto de baño.
Entra mi
madre con un montón de toallas. Abre el armario que está
junto a
la ducha y las guarda dentro.
—¿Vas a
algún sitio? —pregunta.
Se
sienta en el borde de la bañera y yo sigo arreglándome.
—Sí, a
algún sitio. —Trato de disimular mi sonrisa mientras me
pongo
los pendientes—. La verdad es que no sé lo que vamos a hacer,
porque
en realidad ni siquiera he aceptado salir con él.
Se pone
de pie, va hacia la puerta y se apoya en el marco. Me mira en
el
espejo. Ha envejecido mucho en el poco tiempo transcurrido desde la
muerte
de mi padre. El contraste de sus brillantes ojos verdes con su cutis
de
porcelana solía ser impresionante. Ahora se le marcan los pómulos por
encima
de las sombras hundidas de las mejillas y las ojeras le apagan el
tono
esmeralda de los ojos. Parece cansada... y triste.
—Bueno,
ya has cumplido los dieciocho y ya te he dado todos los
consejos
que necesitas en la vida para salir con un chico —dice—. De
todos
modos, por si acaso, te haré un breve resumen: no pidas nada que
contenga
cebolla ni ajo, no pierdas de vista tu copa y utiliza siempre
protección.
—¡Pufff,
mamá! —Pongo los ojos en blanco—. Ya sabes que me
conozco
las normas y ya sabes que no te tienes que preocupar por la
última.
Por favor, no vayas a hacerle también a Tom un resumen de tus
normas.
¡Prométemelo!
Me lo
promete.
—Cuéntame
algo de Tom. ¿Trabaja? ¿Estudia? ¿A qué se dedica? ¿Es
un
asesino en serie?
Lo dice
con tanta sinceridad...
Recorro
la poca distancia que separa el cuarto de baño de mi
dormitorio
y me agacho para revisar mis zapatos. Me sigue y se sienta en
mi cama.
—A decir
verdad, mamá, no sé nada sobre él. Ni siquiera sabía su
edad
hasta que él te la dijo.
—¡Qué
bien! —dice.
—¿Bien?
—La miro a mi vez—. ¿Cómo es que te parece bien que no
sepa
nada de él? Vamos a estar a solas unas cuantas horas. ¿Y si es un
asesino
en serie?
Cojo mis
botas y me acerco a la cama para ponérmelas.
—Tendréis
mucho de qué hablar. Se supone que para eso sales con
alguien
por primera vez.
—Tienes
razón —reconozco.
Mi madre
me ha dado excelentes consejos. Siempre ha sabido lo que
yo
quería oír, pero me decía lo que yo necesitaba saber. Mi padre fue su
primer
novio, de modo que a menudo me he preguntado cómo es que sabe
tanto
sobre salir con chicos y relaciones. Sólo ha estado con una persona y
se
supone que la mayor parte del conocimiento procede de la experiencia.
Será la
excepción, me imagino.
—¿Mamá?
—le digo, mientras me pongo las botas—. Sé que sólo
tenías
dieciocho años cuando conociste a papá. Vamos, que eso es muy
pronto
para encontrar a la persona con la que vas a compartir el resto de
tu vida.
¿Alguna vez te has arrepentido?
En lugar
de responder de inmediato, se tumba en la cama y entrelaza
las
manos por debajo de la cabeza, mientras reflexiona sobre lo que le he
preguntado.
—Nunca
me he arrepentido. Lo he cuestionado, desde luego, pero
arrepentirme,
nunca.
—Y ¿hay
alguna diferencia? —pregunto.
—Claro
que sí. El arrepentimiento es contraproducente: es mirar
atrás a
un pasado que no puedes cambiar. Cuestionar las cosas cuando
ocurren
puede impedir que te arrepientas en el futuro. He cuestionado
mucho mi
relación con tu padre. Todo el tiempo estamos tomando
decisiones
espontáneas que nos dicta el corazón. Una relación se basa en
muchas
más cosas, además del amor.
—¿Por
eso siempre me dices que le haga más caso a mi cabeza que a
mi
corazón?
Mi madre
se incorpora en la cama y me coge las manos.
—Lake,
¿quieres que te dé un consejo de verdad que no incluya una
lista de
cosas que no te conviene comer?
¿Me ha
estado ocultando algo?
—Desde
luego —respondo.
Su voz
ya no tiene el mismo tono autoritario y maternal, y me da la
impresión
de que no se trata de una conversación de madre a hija, sino de
mujer a
mujer. Sube las piernas y las cruza encima de la cama, al estilo
indio, y
me mira de frente.
—Hay
tres preguntas que toda mujer debe poder responder
afirmativamente
antes de comprometerse con un hombre. Si respondes
que no a
alguna de las tres, sal corriendo.
—Sólo
vamos a salir —protesto, riendo—. No creo que vaya a haber
ningún
compromiso.
—Ya lo
sé, Lake, pero te lo digo en serio. Si no puedes responder que
sí a
estas tres preguntas, no pierdas el tiempo en una relación.
Cuando
abro la boca, siento que me limito a reforzar el hecho de que
soy su
hija. No la interrumpo más.
—¿Te
trata siempre con respeto? Ésa es la primera pregunta. La
segunda
es: si dentro de veinte años sigue siendo exactamente igual que
ahora,
¿aún querrías casarte con él? Y, por último, si te inspira para que
quieras
ser mejor como persona. Si encuentras a alguien con quien puedas
responder
afirmativamente a las tres preguntas, quiere decir que has dado
con un
buen hombre.
Respiro
hondo, mientras sigo asimilando sus sabios consejos.
—¡Guau!
¡Qué preguntas tan intensas! —digo—. Y ¿pudiste
responder
que sí a todas cuando estabas con papá?
—Pues sí
—responde sin vacilar—, cada segundo que estuve con él.
Los ojos
se le llenan de tristeza al acabar la frase. Amaba a mi padre
y
enseguida me arrepiento de haber tocado el tema. La rodeo con los
brazos y
la estrecho. Hace tanto que no la abrazo que siento una punzada
de
remordimiento. Me besa el pelo, se aparta y sonríe.
Me pongo
de pie y me paso las manos por la camisa para alisarla.
—¿Y
bien? ¿Qué tal estoy?
—Pareces
una mujer —dice, y suspira.
Como son
las siete y media en punto, voy a la sala de estar, cojo la
chaqueta
que Tom insistió en prestarme el día anterior y me acerco a la ventana. Lo veo
salir de su casa, de modo que salgo yo también y me
detengo en el camino de
entrada. Me ve cuando está abriendo
la puerta de
su
coche.
—¡¿Estás
lista?! —me grita.
—¡Sí!
—¡Entonces
ven!
No me
muevo. Me quedo allí y me cruzo de brazos.
—¿Qué
haces?
Levanta
los brazos, derrotado, y se echa a reír.
—¡Has
dicho que pasarías a buscarme a las siete y media! ¡Estoy
esperando
a que vengas a buscarme!
Sonríe y
se mete en el coche. Retrocede por su entrada y entra en la
mía
hasta que la puerta del acompañante queda a mi lado. Baja del coche y
da la
vuelta para abrirla. Antes de subirme, le echo un vistazo. Lleva unos
vaqueros
holgados y una camisa negra de manga larga que le marca el
contorno
de los brazos. Al ver aquellos brazos bien definidos, me decido
a
devolverle la chaqueta.
—Antes
de que me olvide —le digo al entregársela—, te he
comprado
esto.
Sonríe
al cogerla y se la pone.
—¡Qué
bien! Muchas gracias —dice—. Si hasta tiene mi olor.
Espera a
que me ponga el cinturón de seguridad antes de cerrar la
puerta.
Mientras da la vuelta para subir por el otro lado, advierto que el
coche
huele como a... queso, pero no a uno viejo ni rancio, sino fresco. A
cheddar,
tal vez. Me ruge el estómago. Siento curiosidad: ¿adónde iremos
a cenar?
Cuando
Tom se sube al coche, coge una bolsa del asiento trasero.
—No
tenemos tiempo para comer, de modo que he preparado
sándwiches
de queso fundido.
Me
entrega un bocadillo y un refresco.
—¡Vaya,
qué original! —exclamo y miro lo que tengo en las manos
—. Y
¿adónde vamos con tanta prisa? —Desenrosco el tapón—.
Evidentemente,
no a un restaurante.
Desenvuelve
su bocadillo y le pega un mordisco.
—Es una
sorpresa —afirma con la boca llena de pan. Conduce con
una
mano, mientras come con la otra—. Sé mucho más sobre ti de lo que
tú sabes
de mí, de modo que esta noche quiero mostrarte cómo soy.
—Me
tienes intrigada —le digo.
Y es
verdad.
Nos
acabamos los bocadillos, guardo la basura en la bolsa y la dejo
en el
asiento trasero. Trato de pensar en algo para romper el silencio y se
me
ocurre preguntarle por su familia.
—¿Cómo
son tus padres?
Inspira
hondo y a continuación exhala, como si mi pregunta no fuese
oportuna.
—No se
me da bien charlar, Lake. Dejémoslo para más adelante.
Tratemos
de disfrutar del viaje.
Me guiña
un ojo y se relaja más en el asiento.
«Conducir
en silencio, disfrutar del viaje...» Repito para mis adentros
lo que
ha dicho y espero no haber entendido bien sus intenciones. Ríe al
ver mi
cara de incertidumbre y se da cuenta de que he interpretado mal sus
palabras.
—¡No,
Lake! —dice—. Quiero decir que hablemos de algo que no
sea tan
previsible.
Suspiro
aliviada. Pensé que le había encontrado un defecto.
—Está
bien.
—Podemos
jugar a algo —propone—. Es un juego que se llama
«¿Qué
prefieres?» ¿Lo conoces?
Niego
con la cabeza.
—No,
pero, sin duda, prefiero que empieces tú.
—De
acuerdo. —Carraspea y calla durante unos cuantos segundos—.
Ya está.
¿Qué prefieres: pasar el resto de tu vida sin brazos o pasar el resto
de tu
vida con unos brazos que no pudieras controlar?
¡Válgame
Dios! He de decir que, francamente, esta cita no se parece
en nada
a ninguna de las que he tenido. De todos modos, resulta
agradablemente
inesperada.
—Pues...
—vacilo—, supongo que preferiría pasar el resto de mi vida
con unos
brazos que no pudiera controlar...
—¡Qué
dices! ¿En serio? Pero ¡no podrías controlarlos! —exclama y
empieza
a agitar los brazos dentro del coche—. ¡Podrían ponerse a dar
vueltas
como aspas y estarías todo el tiempo dándote puñetazos en la cara!
O, peor
aún, ¡podrían agarrar un cuchillo y clavártelo!
Me echo
a reír.
—No
sabía que hubiera respuestas correctas e incorrectas.
—¡Qué
desastre! —dice en broma—. Ahora te toca a ti.
—De
acuerdo. Déjame pensar.
—¡Has de
tener algo preparado! —exclama.
—¡Caray,
Tom! Si no hace ni treinta segundos que he oído hablar de
este
juego por primera vez... Dame un instante para pensar en algo.
Alarga
la mano y estrecha una de las mías.
—Te
estoy tomando el pelo.
Cambia
la mano de lugar y la pone debajo de la mía y nuestros dedos
se
entrelazan. Me encanta la facilidad con la que pasamos de una cosa a
otra,
como si lleváramos años cogiéndonos de la mano. Hasta ahora, todo
ha sido
fácil. Me gusta su sentido del humor. Me gusta que me resulte tan
sencillo
reírme con él, después de tantos meses sin reír. Me gusta que
estemos
cogidos de la mano. ¡Me gusta mucho!
—Ya
está: tengo una —digo—. ¿Qué prefieres: mearte encima una
vez al
día, en cualquier momento, o mear encima de otra persona?
—Depende
de encima de quién. ¿Podría mear encima de las personas
que no
me gustan o sería de cualquiera?
—De cualquiera.
—Mearme
encima —declara sin vacilar—. Ahora me toca a mí. ¿Qué
prefieres:
medir un metro veinte o medir dos metros?
—Medir
dos metros —respondo.
—¿Por
qué?
—No
puedes preguntar por qué —digo—. Vamos a ver: ¿te gustaría
beber
cuatro litros de grasa de tocino para desayunar todos los días? ¿O
preferirías
tener que cenar todas las noches dos kilos y medio de
palomitas
de maíz?
—Dos
kilos y medio de palomitas de maíz.
Me gusta
este juego. Me gusta que no le haya importado
impresionarme
con la cena. Me gusta no tener ni idea de adónde nos
dirigimos.
Hasta me gusta que no me haya hecho ningún cumplido por mi
ropa,
algo que —por lo visto— es lo primero que se suele decir cuando
sales
con alguien. Hasta ahora, me gusta todo lo que ha pasado esta noche.
Por lo
que a mí respecta, aunque siguiéramos dando vueltas en coche dos
horas
más, jugando simplemente a «¿Qué prefieres?», nunca me habría
divertido
más saliendo con un chico.
Pero eso
no pasa. Al final llegamos a nuestro destino y, en cuanto veo
el
cartel que hay en el edificio, me pongo tensa.
«CLUB N9NE»
—Esto...
Tom, no me gusta bailar.
Espero
que sea empático.
—Vale, a
mí tampoco.
Bajamos
del vehículo y nos encontramos delante del coche. No sé
muy bien
quién toma la iniciativa, pero una vez más nuestros dedos se
encuentran
en la oscuridad, me coge de la mano y me conduce a la
entrada.
Al acercarnos, observo un cartel en la puerta:
«CERRADO POR SLAM
LOS JUEVES
A PARTIR DE LAS 20.00 H.
ENTRADA LIBRE.
PARTICIPANTES: 3 DÓLARES».
Tom abre
la puerta sin leer el cartel. Estoy a punto de avisarlo de que
el club
está cerrado, pero parece saber lo que hace. Cuando atravieso la
entrada
tras él y entramos en la sala, una algarabía multitudinaria interrumpe
el silencio. A nuestra derecha hay un escenario vacío, y sillas y
mesas
distribuidas por toda la pista de baile. El lugar está de bote en bote.
Veo a un
grupo de chavales más jóvenes, como de catorce años o así, en
una mesa
cerca de la parte delantera. Tom tuerce a la izquierda y se dirige
a un
reservado vacío al fondo de la sala.
—Aquí se
está más tranquilo —dice.
—¿A qué
edad se puede entrar aquí en clubes como éste? —le
pregunto
sin dejar de observar al grupo de chavalines.
—En
realidad, esta noche no es un club —explica, mientras nos
metemos
rápidamente en el reservado.
Es
semicircular y da al escenario, de modo que voy hasta la mitad
para
poder ver mejor. Él se sienta a mi lado.
—Esta
noche toca slam —dice—. Todos los jueves cierran el club y
la gente
viene a competir en los slam de poesía.
—Y ¿eso
qué es? —pregunto.
—Son
recitales de poesía. —Me sonríe—. Es lo que más me chifla.
¿Será
posible que exista alguien así? ¿Un tío bueno que me haga reír
y al
que, además, le guste la poesía? Que alguien me pellizque, por favor.
Mejor
no: prefiero no despertarme.
—Conque
poesía, ¿eh? —digo—. ¿Y cada uno escribe la suya o recita
la de
otros autores?
Se echa
hacia atrás en el asiento y levanta la vista al escenario.
Advierto
la pasión en sus ojos cuando me lo describe:
—La
gente sube al escenario y se desahoga, usando sus palabras y el
movimiento
de su cuerpo —me explica—. Es increíble. Aquí no vas a oír
nada de
Dickinson ni de Frost.
—¿Es
como un certamen?
—Es
complejo —dice—. Cada club lo hace a su manera. Por lo
general,
durante un slam los jueces se eligen al azar entre el público y se
asignan
puntos por cada interpretación. Gana la persona que, al final de la
noche,
haya obtenido más puntos. Al menos aquí se hace así.
—Y ¿tú
participas?
—A
veces. Algunas veces hago de juez y otras me limito a observar.
—Y ¿hoy
vas a actuar?
—Nooo.
Hoy vengo sólo como espectador. En realidad, no he
preparado
nada.
¡Qué
desilusión! Me habría encantado verlo interpretar en el
escenario.
No me acabo de enterar de qué es la poesía slam, pero siento
mucha
curiosidad por verlo hacer cualquier cosa que requiera actuar.
—¡Qué
gandul! —digo.
Todo
está tranquilo por un rato, mientras observamos a la multitud
que
tenemos delante. Tom me da un codazo suave y me vuelvo hacia él.
—¿Quieres
beber algo? —pregunta.
—Sí, un
batido de chocolate, por favor.
Enarca
una ceja y sonríe.
—¿De
verdad quieres un batido de chocolate?
Confirmo
con la cabeza.
—Con
hielo.
—De
acuerdo —dice, y se desliza por el asiento para salir del
reservado—.
Marchando un batido de chocolate on the rocks.
Mientras
no está, el presentador sube al escenario para tratar de
entusiasmar
al personal. No hay nadie más al fondo de la sala, donde
estamos
nosotros, de modo que me siento medio ridícula al gritar «¡Sí!»
con el
resto de la multitud. Me hundo aún más en mi asiento y decido
limitarme
a ser una espectadora durante el resto de la velada.
El
presentador anuncia que ha llegado el momento de seleccionar a
los
miembros del jurado y la multitud empieza a gritar, porque casi todos
quieren
ser elegidos. Escogen a cinco personas al azar y las sientan a la
mesa de
votación. Cuando Tom regresa a nuestro reservado con las
bebidas,
el presentador anuncia que es la hora del sac y elige a alguien
también
al azar.
—¿Qué es
el sac? —le pregunto.
—El
«sacrificio». Es lo que se usa para preparar a los jueces. —Se
vuelve a
deslizar por el asiento del reservado y, no sé cómo, se me acerca
más que
antes—. Alguien interpreta algo fuera de concurso para que los
miembros
del jurado calibren la manera de puntuar.
—Y
¿pueden llamar a cualquiera? ¿Y si me hubieran elegido a mí,
por
ejemplo? —pregunto y de pronto me pongo nerviosa.
Me
sonríe.
—Supongo
que tendrías que traer algo preparado.
Bebe un
sorbo de su bebida, se apoya en el respaldo del asiento y
encuentra
mi mano en la oscuridad. Sin embargo, esta vez nuestros dedos
no se
entrelazan, sino que coloca mi mano sobre su pierna y, con las
yemas de
los dedos, empieza a seguir el contorno de mi muñeca. Me
repasa
con suavidad cada uno de los dedos y me va siguiendo las líneas y
las
curvas de toda la mano. Las yemas de sus dedos parecen impulsos
eléctricos
que me atraviesan la piel.
—Lake
—dice en voz baja, mientras sus caricias me suben hasta la
muñeca y
regresan a las yemas de mis dedos sin detenerse—, no sé qué es
lo que
tienes... pero me gustas.
Desliza
los dedos entre los míos y sujeta mi mano en la suya,
mientras
vuelve a concentrarse en el escenario. Inhalo, alargo la otra
mano
para coger mi batido de chocolate y me lo bebo todo de golpe. Me
agrada
sentir el hielo contra los labios. Me refresca.
Llaman a
una joven con pinta de tener unos veinticinco años. Anuncia
que va a
interpretar un poema suyo titulado «Jersey azul». Las luces se van
apagando
poco a poco y a ella la ilumina un foco. Levanta el micrófono y
da un
paso al frente, mirando al suelo. Se hace el silencio entre el público
y lo
único que se oye en toda la sala es el sonido de su respiración,
amplificado
por los altavoces.
Sin
dejar de mirar fijamente al suelo, acerca la mano al micrófono y
empieza
a darle golpecitos con los dedos en un movimiento repetitivo que
resuena
como el latido de un corazón. Cuando se pone a recitar, me doy
cuenta
de que estoy conteniendo la respiración.
Pum, pum,
pum, pum,
pum, pum.
¿Lo oyes?
Su voz
se detiene en la palabra «oyes».
Es el
latido de mi corazón.
Vuelve a
dar golpecitos en el micrófono.
Pum, pum,
pum, pum,
pum, pum.
¿Lo oyes?
Es el latido de tu corazón.
Empieza
a hablar más deprisa y mucho más alto que antes.
Era el 1 de octubre. Llevaba puesto
mi jersey
azul, el que me compré en Dillard’s,
¿te acuerdas?
El del dobladillo en punto doble,
con agujeros en las bocamangas
por los que podía asomar los
pulgares
cuando hacía frío pero no me
apetecía ponerme guantes.
Era el mismo jersey que, según tú,
hacía que mis ojos
parecieran reflejos de las estrellas
en el océano.
Aquella noche me prometiste amor
eterno...
y, ¡tío!,
¡cómo lo has cumplido!
Después llegó el 1 de diciembre.
Llevaba
puesto mi jersey azul, el que me
compré
en Dillard’s, ¿te acuerdas? El del
dobladillo en punto doble,
con
agujeros en las bocamangas por los
que podía asomar
los pulgares cuando hacía frío pero
no me apetecía
ponerme guantes. Era el mismo jersey
que, según tú, hacía
que
mis ojos parecieran reflejos de las
estrellas en el océano.
Te dije que llevaba tres semanas de
retraso.
Me dijiste que era el destino.
Aquella noche me prometiste amor
eterno...
y, ¡tío!,
¡cómo lo has cumplido!
Era el 1 de mayo. Llevaba puesto mi
jersey
azul, aunque entonces el dobladillo
de punto doble
estaba gastado y ponía a prueba la
resistencia
de las hebras, bien tensas contra mi
vientre abultado.
Te acuerdas, ¿no? El que me compré
en Dillard’s.
El que tiene agujeros en las
bocamangas por los que
podía asomar los pulgares cuando
hacía frío pero no
me apetecía ponerme guantes. Era el
mismo jersey que,
según tú, hacía que mis ojos
parecieran reflejos
de las estrellas en el océano.
El MISMO jersey que me ARRANCASTE
del cuerpo
cuando me arrojaste al suelo y
me llamaste puta
y me dijiste
que no me querías
más.
Pum, pum,
pum, pum,
pum, pum.
¿Lo oyes? Es el latido
de mi corazón.
Pum, pum,
pum, pum,
pum, pum.
¿Lo oyes? Es el latido
de tu corazón.
Se
produce un largo silencio, mientras se sujeta la barriga con las
manos y
las lágrimas le ruedan por las mejillas.
¿Lo oyes? Claro que no. Es el
silencio de mi vientre,
¡porque tú
ME
ARRANCASTE
EL
JERSEY!
Se
vuelven a encender las luces y el público reacciona con estruendo.
Respiro
hondo y me enjugo las lágrimas. Que haya podido hipnotizar a
todo el
público con unas palabras interpretadas con tanta vehemencia me
deja
pasmada. ¡Sólo con palabras! Me aficiono de inmediato y quiero oír
más. Tom
me pasa el brazo por los hombros y se apoya en el respaldo del
asiento conmigo, con lo
cual me devuelve a la realidad —¿Qué te
ha parecido? —pregunta.
Acepto
su abrazo y acerco la cabeza a su hombro, mientras los dos
miramos
por encima de la multitud. Me apoya la barbilla en la cabeza.
—Ha sido
increíble —susurro.
Me pasa
la mano por la mejilla y me roza la frente con los labios.
Cierro
los ojos, sin saber hasta cuándo se podrán poner a prueba mis
emociones.
Hace tres días estaba hecha polvo, amargada, desesperada.
Hoy me
he despertado feliz por primera vez en meses. Me siento
vulnerable.
Trato de disimular mis emociones, pero me da la impresión de
que todo
el mundo sabe lo que pienso y lo que siento y no me agrada. No
me gusta
ser un libro abierto. Siento como si estuviera en el escenario,
desahogándome
con él, y me da pánico.
Seguimos
abrazados mientras varias personas más interpretan sus
obras.
La poesía es tan inmensa y electrizante como el público. Nunca he
reído ni
he llorado tanto. Estos poetas son capaces de atraernos a un
mundo
totalmente nuevo y nos hacen observar desde una posición
privilegiada
cosas que no hemos visto jamás. Nos hacen sentir amor y
odio en
verso. Nos hacen sentir como si fuéramos la madre que ha
perdido
a su bebé o el niño que ha matado a su padre o incluso el hombre
que se
colocó por primera vez y se comió cinco platos de beicon. Siento
una
conexión con estos poetas y sus historias y, además, siento una
conexión
más profunda con Tom. No puedo concebir que tenga valor
suficiente
para subir al escenario y desnudar su alma como estas personas.
Ver para
creer. Tengo que verlo hacer algo así.
El
presentador hace un último llamamiento a los asistentes.
Me
vuelvo hacia él.
—Tom, no
puedes traerme aquí y no participar. ¿No puedes hacer
una?
¡Por favor, por favor, por favor!
Apoya la
cabeza en el respaldo del reservado.
—Me
pides demasiado, Lake. Ya te he dicho que no he preparado
nada
nuevo.
—Recita
algo viejo, entonces —le propongo—, ¿o acaso todas estas
personas
te ponen nervioso?
Inclina
la cabeza hacia mí y me sonríe.
—Todas
estas personas no. Sólo una de ellas.
De
pronto me muero de ganas de besarlo. Me contengo por el
momento
y sigo suplicándole. Junto las manos por debajo de mi barbilla.
—No me
obligues a rogarte —le digo.
—¡Si ya
lo estás haciendo! —Al cabo de unos segundos, separa el
brazo de
mis hombros y se inclina hacia delante—. De acuerdo, de
acuerdo
—dice, sonriendo, y se mete una mano en el bolsillo—, pero te lo
advierto:
tú te lo has buscado.
Extrae
la billetera justo cuando el presentador anuncia el comienzo
de la
segunda ronda. Tom se pone de pie con sus tres dólares en alto.
—¡Me apunto!
El
presentador se protege los ojos con la mano y los entorna para
mirar al
público, tratando de averiguar quién ha hablado.
—Damas y
caballeros, aquí tenemos a un viejo conocido nuestro, el
señor
Tom Kaulitz. Me alegro de que por fin te sumes a nosotros —dice
por el
micrófono para fastidiarlo.
Tom se
abre paso entre la multitud, sube al escenario y se coloca bajo
la luz
del foco.
—¿Cómo
se titula tu obra de esta noche, Tom? —le pregunta el
presentador.
—«La
muerte» —responde Tom, mirando directo hacia mí, por
encima
de la multitud.
Se le
borra la sonrisa del rostro y comienza su actuación.
La muerte, lo único inevitable en la
vida.
A nadie le gusta hablar de la
muerte, porque
se entristece.
No quieren imaginar cómo continuará
la vida
sin ellos,
todos sus seres queridos se apenarán
por un tiempo, pero seguirán
respirando.
No quieren imaginar que la vida
seguirá adelante
sin ellos,
que sus hijos seguirán creciendo,
se casarán,
envejecerán...
No quieren imaginar que la vida
seguirá
adelante sin ellos,
que se venderán sus bienes
materiales
y se pondrá fin a sus historias
clínicas.
Su nombre se convertirá en un
recuerdo
para todos sus conocidos.
No quieren imaginar que la vida
seguirá adelante
sin ellos, de modo que, en lugar de
aceptarlo sin ambages,
soslayan el tema por completo,
esperando y rogando que, de alguna
manera...
pase de largo.
Que se olvide de ellos
y pase al siguiente de la fila.
No, no querían imaginar que la vida
seguiría
adelante...
sin ellos.
Pero la muerte
no
lo olvidó,
sino que se dieron de bruces con la
muerte,
que adoptó la forma de un camión de
dieciocho ruedas
tras una nube de niebla.
No.
La muerte no se olvidó de ellos.
Si al menos hubieran estado
preparados, aceptado lo
inevitable, trazado planes y
comprendido que
lo que estaba en juego no eran sólo
sus vidas...
Es posible que, legalmente, me
consideraran adulto a los
diecinueve años, pero aún sentía
del todo
que apenas tenía diecinueve.
Desprevenido
y abrumado
por tener de pronto
a mi cargo
toda la vida de una personita de
siete años.
La muerte, lo único inevitable en la
vida.
Tom se
aparta del foco y baja del escenario sin esperar a saber su
puntuación.
Para mi sorpresa, deseo que tarde en regresar a nuestro
reservado
para darme tiempo a asimilarlo. No tengo la menor idea de
cómo
reaccionar. No sabía que su vida fuera así, de que Bill fuera toda
su vida.
Su interpretación me ha dejado pasmada, pero sus palabras me
hacen
polvo. Me enjugo las lágrimas con el dorso de la mano. No sé si
lloro
porque Tom haya perdido a sus padres, por las responsabilidades
que
entraña su muerte o por el mero hecho de que haya dicho la verdad.
Ha
hablado de un aspecto de la muerte y la pérdida que nadie parece tener
en
cuenta hasta que es demasiado tarde, un aspecto con el cual,
lamentablemente,
yo también estoy familiarizada. El Tom que he visto
subir al
escenario no es el mismo que observo venir hacia mí. Me
encuentro
en un conflicto, estoy confundida y, sobre todo, de sconcertada.
Ha
estado magnífico.
Advierte
que me estoy enjugando las lágrimas.
—Te he
avisado —dice, mientras vuelve a tomar asiento en el
reservado.
Coge su
copa, bebe un sorbo y revuelve los cubitos de hielo con la
pajita.
No sé qué decirle. Él lo ha expuesto todo allí arriba, bien de frente.
Me dejo
llevar por mis emociones. Me acerco a él y le cojo la mano
y deja otra vez la
copa en la mesa. Se vuelve hacia mí y me dirige una
sonrisa
triste, como esperando que yo diga algo. Como no digo nada, alza
la mano
hasta mi cara y me seca una lágrima y después, con el dorso, me
acaricia
la mejilla. No comprendo la conexión que siento con él. Todo
parece
ir tan rápido. Apoyo la mano sobre la suya y me la acerco a la boca
y
entonces, con suavidad, le beso la palma mientras nos miramos a los
ojos. De
repente nos convertimos en las dos únicas personas de toda la
sala y
el ruido exterior se pierde a lo lejos.
Acerca
la otra mano a mi mejilla y se inclina poco a poco hacia
delante.
Cierro los ojos y siento su aliento cada vez más cerca a medida
que me
atrae hacia él. Sus labios rozan los míos, pero apenas. Me besa
lentamente
el labio inferior y después el superior. Tiene los labios fríos,
húmedos
todavía de la bebida.
Me acerco aún más a él
para devolverle el
beso,
pero se aparta cuando mi boca reacciona. Abro los ojos y veo que
me
sonríe, sin dejar de sujetarme la cara entre las manos.
—Paciencia
—susurra.
Cierra
los ojos, se inclina hacia mí y me besa con suavidad la mejilla.
Cierro
los ojos e inhalo, tratando de calmar mis tremendas ganas de
estrecharlo
entre mis brazos y devolverle el beso. No sé cómo puede tener
tanto
dominio de sí mismo. Apoya la frente en la mía y desliza las manos
hacia
abajo por mis brazos. Nuestras miradas se encuentran cuando
abrimos
los ojos. En aquel momento comprendo al fin por qué mi madre
había
aceptado su destino a los dieciocho años.
—Guau
—espiro.
—Pues sí
—concuerda conmigo—, guau.
Seguimos
mirándonos a los ojos unos cuantos segundos más hasta
que el
público prorrumpe en exclamaciones otra vez. Están anunciando a
los que
se han clasificado para la segunda ronda cuando Tom me coge de
la mano
y susurra:
—Vámonos.
Mientras
voy saliendo del reservado, me da la impresión de que todo
el
cuerpo está a punto de fallarme. Nunca me había pasado nada parecido.
Jamás.
Cuando
nos ponemos de pie, seguimos con las manos unidas
mientras
me conduce a través de la multitud, cada vez más numerosa, y
llegamos
al aparcamiento. No me doy cuenta del calor que tengo hasta que
percibo
en la piel el aire frío de Michigan. Me siento excitante o excitada
—no sé
cuál de las dos— y lo único que sé es que deseo que las dos
últimas
horas de mi vida se repitan por toda la eternidad.
—¿No
quieres quedarte? —le pregunto.
—Lake,
llevas días mudándote y deshaciendo maletas. Tienes que
dormir.
Su
mención del sueño me produce un bostezo involuntario.
—No me
parece mal dormir —digo.
Me abre
la puerta, pero, antes de que me suba al coche, me estrecha
entre
sus brazos y me acerca a él en un fuerte abrazo. Nos quedamos allí
de pie
varios minutos, aferrándonos al momento. Podría acostumbrarme a
esa
sensación que me resulta totalmente desconocida. Siempre he sido de
lo más
cautelosa. Ignoraba que existiese en mí aquella faceta nueva que
Tom hace
florecer.
Al final
nos separamos y nos subimos al coche. Cuando salimos del
aparcamiento,
apoyo la cabeza en la ventanilla y observo el club, que se va
empequeñeciendo
en el espejo retrovisor.
—¿Tom?
—digo en voz baja sin apartar la mirada del edificio que
desaparece
a nuestras espaldas—. Te lo agradezco.
Me coge
la mano y al final me quedo dormida, sonriendo.
Despierto
cuando me abre la puerta: estamos en la entrada de mi casa.
Se
agacha, me da la mano y me ayuda a apearme. No recuerdo cuándo fue
la
última vez que me quedé dormida en un vehículo en marcha. Tom tenía
razón:
realmente estoy cansada. Me restriego los ojos y vuelvo a bostezar
mientras
me acompaña hasta la puerta. Me pasa los brazos por la cintura y
elevo los
míos hasta sus hombros. Nuestros cuerpos encajan a la
perfección.
Un escalofrío me baja por el cuerpo mientras su aliento me
calienta
el cuello. No puedo creer que nos hayamos conocido hace apenas
tres
días; da la impresión de que llevemos años haciendo esto.
—Piensa
—le digo— que estarás fuera tres días y eso es lo mismo
que hace
que te conozco.
Se echa
a reír y me acerca aún más a él.
—Serán
los tres días más largos de mi vida —declara.
Conociendo
a mi madre, estoy segura de que tenemos público y por
eso me
alegro de que se despida con un simple beso en la mejilla.
Retrocede
con lentitud, sus dedos se van separando de los míos y al final
se
sueltan. Mi brazo cae, inerte, a mi lado, mientras lo observo subirse al
coche.
Arranca el motor y baja la ventanilla.
—Lake,
como el trayecto hasta mi casa es tan largo —dice—, ¿por
qué no
me das un beso de despedida?
Río, me
acerco al coche y me inclino por su ventanilla, esperando
otro
beso en la mejilla, pero me pone la mano en la nuca, me acerca a él
con
suavidad y nuestros labios se abren al encontrarse. Ninguno de los dos
se
contiene esta vez. Introduzco la mano por la ventanilla y le paso los
dedos
por la parte posterior del cabello, mientras seguimos besándonos.
Hago
acopio de todo lo que tengo para no abrir la puerta y subirme a su
regazo.
La puerta que se interpone entre nosotros da la impresión de ser
una
barricada.
Por fin
nos detenemos. Nuestros labios siguen en contacto, porque
ninguno
de los dos se quiere separar.
—¡Ostras!
—susurra él junto a mis labios—. Cada vez es mejor.
—Hasta
dentro de tres días —le digo—, y conduce con cuidado esta
noche
hasta tu casa.
Le doy
un último beso y me aparto a regañadientes de la ventanilla.
Retrocede
por el camino de entrada y sigue hasta el suyo. Siento la
tentación
de correr tras él y volver a besarlo para confirmar su teoría,
pero la
venzo y me doy la vuelta para entrar en mi casa.
—¡Lake!
Me
vuelvo; cierra la puerta del coche y trota hacia mí. Cuando llega a
mi lado,
sonríe.
—Me he
olvidado de decirte algo —dice, mientras me estrecha de
nuevo
entre sus brazos—. Estás preciosa esta noche.
Me besa
en la coronilla, me suelta y vuelve a ir hacia su casa.
Tal vez
estuviera equivocada antes, cuando pensé que me gustaba que
no me
hubiese hecho ningún cumplido. ¡Desde luego que estaba
equivocada!
Cuando llega a la puerta de su casa, se vuelve y sonríe antes
de
entrar.
Tal como
me lo imaginaba, mi madre está sentada en el sofá con un
libro y
trata de no mostrar interés cuando entro en casa.
—¿Y?
¿Cómo te ha ido? ¿Es un asesino en serie? —pregunta.
Ya no
puedo dejar de sonreír. Me acerco al sofá frente al suyo, me
dejo
caer en él como una muñeca de trapo y suspiro.
—Tenías
razón, mamá. Me encanta Michigan.
HOLA!!! SEGUNDO CAP ... YA SABEN TRES O MAS Y AGREGO ... TRATARE DE QUE SEAN TODAS LAS NOCHES PERO NO ASEGURO NADA A LO MEJOR UN DIA SI UN DIA NO ... TODO DEPENDE DE COMO LES VAYA GUSTANDO LA NOVE Y COMENTEN MUCHOOOOO!!! BUENO 3 O MAS Y AGREGO EL TRES :)) ES DE UN LIBRO -NO DE FACEBOOK- QUE LEI HACE YA 7 MESES Y ESTA HERMOSO ... LEANLA Y VERAN COMO SE ENAMORARAN DE ELLA ... HASTA PRONTO :))