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PASENSE PORFAVOR :))
AMOR EN VERSO 1° LIBRO (ADAPTADA - CANCELADA)
lunes, 21 de marzo de 2016
AVISO
Chicas!! lamento decir esto pero ... SE CANCELA LA NOVELA . yo tenia el documento de la novela en una memoria USB y desgraciadamente a mi memoria le entro virus y me borro todas las novelas que ya habia leido y que les iba a publicar entre esas la de AMOR EN VERSO .. ya la estuve buscando en internet pero no la puedo descargar ... espero y me disculpen .. les agregare otra novela para que no se qeden sin leer y otra vez lo siento espero y me comprendan ... bueno hasta pronto y mil disculpas .. ahorita cancelo la novela y agrego una nueva ... en verdad lo siento :(
miércoles, 16 de marzo de 2016
7 - PRIMERA PARTE
CAPITULO 7:
You can’t be
like me,
But be happy
that you can’t.
I see pain
but I don’t feel it.
I am like
the old Tin Man.
TRADUCCION:
«No puedes ser como yo, / pero puedes
darte por satisfecho de que así sea. / Veo el dolor, pero no lo siento. / Soy
como aquel hombre de hojalata.»
Según
Elisabeth Kübler-Ross, cuando muere un ser querido elaboramos el
duelo en
cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
Cuando
vivíamos en Texas, durante el último semestre del primer
año me
apunté a una clase de psicología. Estábamos hablando de la cuarta
etapa
cuando entró en el aula el director, pálido como un fantasma.
—Layken,
¿puedes salir un momento al pasillo, por favor?
El señor
Bass era un hombre agradable, panzudo, de manos
regordetas
y rellenito en lugares en los que parecía imposible ser
rechoncho.
Era un día de primavera de un frío insólito para Texas, aunque
nadie lo
habría dicho, por los círculos de sudor que tenía bajo los brazos.
Era el
tipo de director que se metía en su despacho, en lugar de dar vueltas
por los
pasillos. Jamás salía a buscar los problemas; esperaba que éstos
acudieran
a él. Entonces ¿por qué estaba allí?
Con una
sensación de vacío en la boca del estómago, me puse de pie
y caminé
lo más lento que pude hacia la puerta del aula. Él no me miraba a
la cara.
Recuerdo que lo miré de frente, pero sus ojos se clavaron en el
suelo.
Se compadecía de mí. ¿Por qué?
Cuando
salí al pasillo, estaba allí mi madre, con las mejillas surcadas
de
chorreones de rímel. Su mirada me reveló el motivo de su presencia:
por qué
estaba allí ella y mi padre no.
Moví la
cabeza de un lado a otro, sin querer convencerme de que era
cierto.
—¡No!
—exclamé varias veces.
Me rodeó
con sus brazos y se desplomó. En lugar de sostenerla,
simplemente
me fundí con ella. Aquel día, en el suelo del pasillo de mi
instituto,
experimenté la primera etapa de mi duelo: la negación.
Gavin se
prepara para interpretar su poesía. Está de pie al frente de la
clase,
con el papel temblándole entre los dedos; carraspea y se dispone a
leer.
Paso por
alto la presencia de Gavin y me concentro en Tom; me
pregunto
si las cinco etapas del duelo se aplicarán sólo a la muerte de un
ser
querido. ¿Servirán también cuando muere un aspecto de nuestra vida?
En ese
caso, no cabe duda de que estoy justo en mitad de la segunda etapa:
la ira.
—¿Cómo se
titula, Gavin? —pregunta Tom.
Está
sentado delante de su escritorio y va tomando notas en su
cuaderno
a medida que los alumnos hacen su presentación. Me cabrea que
esté tan
atento y concentrado en todo... menos en mí. Me enfurece su
capacidad
para hacerme sentir como si yo fuera un inmenso vacío
invisible.
Me irrita la forma en la que se detiene para morder el extremo
de su
bolígrafo. Anoche, los mismos labios que rodean la punta de su
espantoso
bolígrafo rojo me subían por el cuello.
Aparto
de mi cabeza la idea del beso con la misma rapidez con la que
se ha
colado. No sé cuánto tardaré, pero estoy decidida a cortar el dominio
que
ejerce sobre mí.
—Bueno,
la verdad es que no le he puesto ningún título —responde
Gavin,
que es el penúltimo en hacer su presentación—, pero supongo que
podríamos
llamarla «Declaración previa».
—«Declaración
previa», ¡adelante! —exclama Tom con una voz de
profesor
que también me pone furiosa.
—Ejem
—carraspea Gavin.
Las
manos le tiemblan aún más cuando empieza a leer.
Un millón, cincuenta y un mil
doscientos minutos.
Ésa es, aproximadamente, la cantidad
de minutos
que llevo queriéndote,
la cantidad de minutos que he
pensado en ti,
la cantidad de minutos que me he
preocupado por ti,
la cantidad de minutos que he dado
gracias a Dios por ti,
la cantidad de minutos que he dado
gracias a todos los
dioses
del universo por ti.
Un millón,
cincuenta y un mil
doscientos
minutos...
Un millón, cincuenta y un mil
doscientos minutos.
Ésa es la cantidad de veces que me
has hecho sonreír,
la cantidad de veces que me has
hecho soñar,
la cantidad de veces que me has
hecho creer,
la cantidad de veces que me has
hecho descubrir,
la cantidad de veces que me has
hecho adorar,
la cantidad de veces que me has
hecho valorar
mi vida.
Gavin se
dirige al fondo de la clase, donde está sentada Eddie. Hinca
una
rodilla en el suelo delante de ella y lee la última estrofa de su poesía.
Y exactamente dentro de un millón,
cincuenta y un mil
doscientos minutos te voy a proponer
matrimonio
y te voy a pedir que compartas
conmigo todos los minutos
que te quedan de vida.
Eddie,
radiante, se inclina hacia él y lo abraza. La clase está dividida:
los
chicos reniegan y las chicas se derriten. Yo me limito a moverme
inquieta
en mi asiento, preparándome para el último poema de hoy: el
mío.
—Gracias,
Gavin. Ya puedes tomar asiento. Lo has hecho muy bien.
Tom no
levanta la vista de sus notas cuando me llama para que lea mi
poema.
Pronuncia mi nombre en voz baja y llena de inquietud:
—Layken,
te toca a ti.
Estoy
preparada. Me gusta mi poema. Es breve, pero conciso. Ya me
lo sé de
memoria, de modo que dejo el papel encima de mi pupitre y me
coloco
frente a la clase.
—Quisiera
hacer una pregunta.
El
corazón me late deprisa cuando advierto que es la primera vez que
hablo en
voz alta con Tom en su clase desde que empecé a asistir a ella,
hace un
mes. Vacila, como si no supiera si aceptar que pueda tener una
pregunta
que formularle, y hace un ligero gesto con la cabeza en señal de
asentimiento.
—¿Hay
una duración mínima? —pregunto.
No sé
qué habrá pensado que iba a preguntar, pero parece aliviado de
que sea
eso.
—No,
mientras se entienda lo que quieres decir. Recuerda que no hay
normas
establecidas.
Se le
quiebra un poco la voz al responder y advierto en su rostro que
conserva
fresco en su memoria lo sucedido anoche entre nosotros. Mejor
que
mejor.
—Muy
bien. Allá voy —balbuceo—. Mi poesía se titula «Verde».
Me
coloco frente a la clase y recito de memoria mi poema, toda
orgullosa.
Según el diccionario de
sinónimos...,
y según yo misma...,
hay más de treinta formas distintas
de poner verde
a alguien:
Exclamo
a toda pastilla las siguientes palabras y toda la clase se
estremece...
incluido Tom.
Burro, estúpido, cruel, cabrón,
descortés, duro, malvado,
odioso, desalmado, vicioso,
despiadado, implacable,
despótico, malévolo, execrable,
bastardo,
bárbaro, resentido, bruto,
insensible, degenerado,
salvaje, depravado, avieso, fiero,
rudo, inconmovible,
rencoroso, pernicioso, inhumano,
monstruoso,
sanguinario, inexorable
y, la que más me gusta a mí,
¡gilipollas!
Echo una
ojeada a Tom antes de volver a mi asiento: se ha puesto
colorado
y aprieta los dientes. Eddie es la primera en aplaudir, seguida
por el
resto de las compañeras de clase. Me cruzo de brazos y clavo la
mirada
en mi pupitre.
—¡Joder,
tía! —suelta Javi—. ¿Quién te ha cabreado tanto?
Suena el
timbre y los alumnos empiezan a salir en fila. Tom no dice
ni una
palabra. Me pongo a guardar mis cosas en el bolso y Eddie se me
acerca
corriendo.
—¿Ya has
hablado con tu madre? —me pregunta.
—¿Con mi
madre? ¿De qué?
No tengo
ni la menor idea de a qué se refiere.
—De
salir. Nick te invitó ayer a salir, ¿no? ¿No le dijiste que tenías
que
preguntárselo a tu madre?
—Ah, eso
—respondo.
Y ¿eso
ocurrió ayer? Me da la impresión de que fue hace un siglo.
Echo un
vistazo hacia donde está Tom y veo que me observa, a la espera
de que
conteste a Eddie y con la cara totalmente inexpresiva. En este
momento
me gustaría que no fuera tan hermético. Supongo que en su
fuero
interno se siente celoso, de modo que me lanzo:
—Sí,
claro. Dile a Nick que acepto encantada —miento sin apartar los
ojos de
Tom.
Él coge
el bolígrafo y el cuaderno, abre uno de los cajones del
escritorio,
los echa dentro y lo cierra de golpe. Eddie se sobresalta y se
vuelve a
mirarlo. Consciente de haber llamado la atención hacia su
persona,
él se pone de pie y, actuando como si no estuviéramos presentes,
empieza
a borrar la pizarra. Eddie se vuelve otra vez hacia mí.
—¡Estupendo!
Por cierto, hemos decidido salir el jueves, así, después
de
Getty, podemos ir al slam. Como sólo disponemos de unas cuantas
semanas,
mejor nos lo quitamos de en medio. ¿Quieres que te pasemos a
buscar?
—Vale.
Eddie
bate palmas, entusiasmada, y sale del aula dando brincos. Tom
sigue
borrando la pizarra limpia, mientras yo me dirijo a la salida.
—Layken
—me llama.
Noto
aspereza en su voz.
Me
detengo junto a la puerta, pero sin volverme hacia él.
—Tu
madre trabaja los jueves por la noche. Siempre llamo a una
canguro
los jueves, porque voy a las sesiones de slam. Lleva a Kel a mi
casa
antes de salir, si quieres.
Me
limito a irme sin responder.
Durante
la comida me siento incómoda. Eddie ya ha informado a
Nick de
que he aceptado salir con ellos, de modo que todo el mundo habla
de
nuestros nuevos planes. Todo el mundo menos yo. Dejando aparte
algún
gesto de la cabeza y algún murmullo de asentimiento, no digo nada.
No tengo
apetito, de modo que Nick se come casi toda mi comida. Con la
cuchara,
paseo por mi bandeja el arroz con leche, que va incorporando
rastros
de ketchup aquí y allá. Me recuerda los restos del muñeco de nieve
asesinado
en la entrada de mi casa. Durante varios días, cada vez que salía
dando
marcha atrás, la rueda patinaba sobre su cuerpo duro como el hielo.
Me
pregunto si mi todoterreno sería igual de silencioso si atropellara a
Tom, si sin
querer diera marcha atrás y le pasara por encima y después
pusiera
primera y siguiera adelante.
—Layken,
¿no le vas a hacer caso? —dice Eddie.
Alzo la
mirada y veo a Tom de pie detrás de Nick, contemplando el
revoltijo
que he creado en mi bandeja.
—¿Cómo
dices? —pregunto a Eddie.
—El
señor Kaulitz quiere hablar contigo —dice, mientras lo señala
con la
cabeza.
—Seguro
que te has metido en un lío por haber dicho «gilipollas» —
comenta
Nick.
Me llevo
la mano a la garganta, temerosa de que esté a punto de
estallar.
Pero ¿qué hace? ¿Cómo me pide que vaya con él delante de todo
el
mundo? ¿Acaso se ha vuelto loco?
Deslizo
la silla hacia atrás y dejo la bandeja en la mesa, mientras lo
observo
con cautela. Sale de la cafetería en dirección a su aula y lo sigo.
Es un
buen trecho: una caminata embarazosa, tensa y en silencio.
—Tenemos
que hablar —dice, mientras cierra la puerta a sus
espaldas—.
Ahora.
No sé si
en este momento es Tom. No entiendo desde qué ángulo se
me viene
encima. No sé si obedecerlo... o pegarle un puñetazo. Me quedo
cerca de
la puerta, me cruzo de brazos y me esfuerzo por parecer
enfadada.
—¡Pues
habla! —digo.
—¡Joder,
Lake! Que no soy tu enemigo. Deja de aborrecerme.
Es Tom.
Me
abalanzo hacia él y alzo las manos, frustrada.
—¿Que
deje de aborrecerte? ¡A ver si te aclaras, Tom! Anoche me
dijiste
que dejara de quererte... ¿y ahora me pides que deje de aborrecerte?
Me dices
que no quieres que te espere y, sin embargo, ¡te comportas como
un
adolescente inmaduro cuando accedo a salir con Nick! Quieres que
actúe
como si no te conociera, pero ¡después me sacas del comedor
delante
de todo el mundo! Tenemos toda esta fachada entre nosotros,
como si
fuéramos otras personas todo el tiempo, ¡y es agotador! Nunca sé
cuándo
eres Tom o el señor Kaulitz y no tengo la menor idea de cuándo se
supone
que soy Layken o Lake...
Estoy
harta de que me líe. Tan harta estoy que me dejo caer en la silla
que
ocupo durante sus clases. No sé lo que piensa, porque permanece de
pie,
impasible, inexpresivo. Pasa a mi lado poco a poco y toma asiento en
el
pupitre detrás del mío. Sigo mirando al frente y él se inclina hacia
delante
lo suficiente para susurrar algo. Mi cuerpo se tensa y siento una
opresión
en el pecho cuando abre la boca.
—No
pensé que sería tan difícil.
No
quiero darle la satisfacción de dejarle ver las lágrimas que me
surcan
las mejillas.
—Lamento
lo que te dije antes acerca del jueves —dice—. Fui
sincero
en su mayor parte. Sé que necesitarás a alguien que cuide a Kel y
que he
puesto el slam como tarea obligatoria, pero no debería haber
reaccionado
así; por eso te he pedido que vinieras: para disculparme. No
volverá
a suceder. Te lo juro.
Se abre
la puerta del aula y Tom se pone de pie de un salto. Su
movimiento
brusco sobresalta a Eddie, que nos observa con curiosidad
desde la
entrada. Sostiene la mochila que he dejado en la cafetería. No
puedo
ocultar las lágrimas que me siguen asomando a los ojos, de modo
que miro
hacia otro lado. No hay nada que Tom o yo podamos hacer a
estas
alturas para ocultar la tensión entre nosotros.
Eddie
levanta las palmas y deposita con suavidad mi mochila en el
pupitre
más cercano a la puerta. Sale del aula caminando hacia atrás y
susurra:
—Disculpen...
Ya me marcho.
Cierra
la puerta al salir.
Tom se
pasa las manos por el pelo y se pone a dar vueltas por el aula.
—Genial...
—farfulla.
—Ya está
bien, Tom —le digo, mientras me pongo de pie y me dirijo
hacia mi
mochila—. Si me pregunta, le diré que estabas molesto conmigo
porque
he dicho «gilipollas»... y «burro»... y «cabrón»... y «bastar»...
—¡Ya te
he entendido!
Tengo la
mano en el pomo de la puerta cuando vuelve a decir mi
nombre,
de modo que espero.
—También
quería disculparme... por lo de anoche —dice.
Me
vuelvo hacia él cuando hablo.
—¿Lamentas
lo ocurrido o lamentas haberlo cortado así?
Ladea la
cabeza y se encoge de hombros, como si no comprendiera
mi
pregunta.
—Todo.
No tendría que haber ocurrido.
—Cabrón
—concluyo.
Cuando
giro la llave, el motor de mi todoterreno se enciende con el
runrún
habitual y eso también me cabrea. Pego un puñetazo al volante y
expreso
un montón de deseos. Ojalá no hubiera conocido a Tom la misma
semana
que llegué aquí. Habría sido todo mucho más fácil si lo hubiese
conocido
en clase. O, mejor aún, ojalá no nos hubiéramos mudado jamás
a
Ypsilanti. Ojalá estuviese vivo mi padre. Ojalá mi madre fuera más
explícita
con respecto a sus recados. Ojalá Bill no viniese a casa todos
los días.
Verlo me hace pensar en Tom. Ojalá Tom no me hubiera
arreglado
el todoterreno. Detesto que tenga detalles así conmigo. Sería
mucho
más fácil aborrecerlo si de verdad fuera todo lo que lo he llamado.
¡Dios
mío! No puedo creer que le haya dicho todo eso, aunque no me
arrepiento.
Voy a
buscar a los niños a la escuela y los traigo a casa. Hoy llego
antes
que Tom, pero no me quedaré esperando junto a la ventana. Eso se
acabó.
—¡Estaremos en casa de Bill! —grita Kel y cierran la puerta de
un
golpe.
«Estupendo.»
Cuando
voy por el pasillo, oigo a mi madre hablando con alguien en
su
dormitorio, de modo que me detengo junto a la puerta. Sólo se oye una
parte de
la conversación, de lo cual deduzco que está hablando por
teléfono.
Por regla general, jamás cometería la indiscreción de aguzar el
oído
para escuchar lo que dice. Sin embargo, su comportamiento reciente
justifica
que sea algo cotilla o puede que sea mi comportamiento el que
justifique
cierta subversión. En cualquier caso, apoyo la oreja en la puerta.
—Ya lo
sé. ¡Ya lo sé! Se lo diré pronto —dice.
»No, me
parece mejor que hable yo sola con ellos...
»Desde
luego que sí. Yo también te quiero, cariño.
Se está
despidiendo. Me dirijo de puntillas a mi dormitorio, entro,
cierro
la puerta y resbalo hasta el suelo.
Siete
meses. Sólo ha tardado siete meses en encontrar un sustituto.
¡No es
posible que ya esté saliendo con alguien! Sin embargo, lo que ha
dicho
por teléfono no puede ser más evidente. Vuelvo a la primera etapa:
la
negación.
¿Cómo ha
podido hacer algo así? Y quienquiera que sea él, ¿ya
quiere
conocernos? Desde ya, no me cae bien. Y ¡qué cara tiene ella!
¿Cómo ha
podido meterse con Tom como lo ha hecho, cuando lo que está
haciendo
ella es igual de lamentable o incluso peor? La primera etapa es
sumamente
breve. Vuelvo a la segunda: la ira.
Decido
no sacar a relucir el tema enseguida. Antes de encararme con
ella,
quiero averiguar algo más. Quiero llevar las de ganar en esta
situación
y para eso tendré que pensar un poco.
—¿Lake?
¿Ya has vuelto?
Está
llamando a mi puerta y tengo que rodar hacia delante y
levantarme
de un salto para no cerrarle el paso cuando la abre. Al verme
brincar,
me observa con curiosidad.
—¿Qué
haces? —pregunta.
—Me
estiro. Me duele la espalda.
No traga
el anzuelo, de modo que entrelazo las manos por detrás,
extiendo
los brazos hacia arriba y me inclino hacia delante.
—Toma
una aspirina —dice.
—De
acuerdo.
—Esta
noche no trabajo, pero tengo sueño atrasado y hoy todavía no
he
dormido, así que me voy a acostar. ¿Te puedes encargar de que Kel se
dé un
baño antes de ir a la cama?
—Desde
luego.
Las dos
salimos al pasillo.
—Espera...
mamá...
Se
vuelve hacia mí y se le cierran los párpados sobre los ojos rojos.
—Voy a
salir el jueves por la noche. ¿Puedo?
Me
dirige una mirada cargada de sospecha.
—¿Con
quién?
—Eddie,
Gavin y Nick.
—¿Con
tres chavales? No vas a ninguna parte con tres chavales.
—No,
Eddie es una chica. Es amiga mía. Gavin es su novio y salimos
dos
parejas juntas. Yo salgo con Nick.
Los ojos
le brillan un poquito.
—Ah, de
acuerdo, está bien. —Sonríe y abre la puerta de su
dormitorio—.
Espera —dice—: el jueves trabajo. ¿Qué hacemos con Kel?
—Tom
tiene una canguro los jueves. Ya me ha dicho que Kel se puede
quedar
en su casa.
Parece
satisfecha, aunque sólo por un instante.
—¿Qué
Tom está de acuerdo en pagar una canguro... para que cuide a
Kel...
para que tú salgas con alguien?
«¡Mierda!
No se me había ocurrido que fuera a verlo así...»
—Mamá,
han pasado semanas. Hemos salido una sola vez. Se ha
acabado.
Me mira
fijamente durante varios segundos.
—Mmm...
Regresa
a su habitación. No las tiene todas consigo.
Su
sospecha me produce una ligera satisfacción. Piensa que le estoy
mintiendo.
Estamos igualadas.
—No voy
a ir a la tercera hora —digo a Eddie cuando salimos de la
clase de
historia.
—¿Por
qué no?
—No me
apetece. Me duele la cabeza. Creo que iré a sentarme en el
patio
para que me dé el aire.
Me
vuelvo y me dispongo a salir al patio, pero me coge del brazo.
—Layken,
¿tiene esto algo que ver con lo que ocurrió ayer con el
señor
Kaulitz a la hora de comer? ¿Ha pasado algo?
Le
sonrío para tranquilizarla.
—No, no
pasa nada. Sólo quiere que me abstenga de seguir usando un
vocabulario
tan colorido en su clase.
Frunce
la boca y se aleja sin tenerlas todas consigo, igual que mi
madre
anoche.
En el
patio no hay nadie. Supongo que ningún otro alumno necesita
tomarse
un respiro del profesor del cual está enamorado en secreto. Me
siento
en un banco y me saco el teléfono del bolsillo. Nada. Sólo he
hablado
con Kerris una vez desde que me he mudado. Era con la que
mejor me
llevaba en Texas, aunque en realidad su mejor amiga era otra.
Es
extraño que tu mejor amiga tenga una mejor amiga mejor que tú. Yo lo
atribuía
a que estaba demasiado ocupada para tener una mejor amiga, pero
tal vez
se debiera a algo más. Puede que yo no supiera escuchar. Puede que
no
supiera compartir.
—¿Te
molesta si me quedo contigo?
Alzo la
mirada y veo que Eddie toma asiento en el banco frente al
mío.
—Desgracia
compartida, menos sentida —le digo.
—«¿Desgracia?»
Y ¿por qué te sientes desgraciada? Mañana por la
noche
sales con un chico y yo soy tu mejor amiga —dice.
Mi mejor
amiga. Tal vez. Ojalá.
—Supongo
que a Tom no se le ocurrirá venir a buscarnos, ¿verdad?
—le
pregunto.
Ladea la
cabeza y me mira.
—¿Tom?
¿Acaso te refieres al señor Kaulitz?
¡Por Dios!
Acabo de llamarlo «Tom». Ya alberga sospechas. Sonrío y
le
suelto la primera excusa que me viene a la cabeza.
—Sí, el
señor Kaulitz. Es que en mi otro instituto llamábamos a los
profesores
por el nombre de pila.
No dice
nada. Está toqueteando la pintura del banco con su uña azul.
Tiene
pintadas nueve uñas de color verde y sólo lleva una azul.
—Te voy
a decir una cosa —dice con voz serena—. Puede que meta
la pata
o puede que no, pero, diga lo que diga, no quiero que me
interrumpas.
Asiento
con la cabeza.
—Me
parece que lo que estaba ocurriendo ayer a la hora de comer
era algo
más que un mero tirón de orejas por usar palabras inadecuadas.
No sé
cuánto más y, francamente, no es asunto mío. Sólo quiero que sepas
que puedes
hablar conmigo, si lo necesitas. Jamás se lo contaría a nadie.
Aparte
de que no tengo a nadie a quien contarle nada, salvo Gavin...
—¿A
nadie? ¿Mejores amigas? ¿Hermanos? —pregunto con la
esperanza
de cambiar de tema.
—Pues
no. No tengo a nadie más que él —dice—. Vamos a ver, en
teoría,
a decir verdad, he tenido diecisiete hermanas, doce hermanos, seis
madres y
siete padres.
Como no
sé si se está quedando conmigo o no, por las dudas no me
río.
—Hogares
de acogida —aclara—. Voy por el séptimo en nueve años.
—Vaya,
lo lamento.
No sé
qué otra cosa decir.
—No
tiene importancia. He vivido con Joel durante cuatro de esos
nueve
años. Es mi padre de acogida y va bien. Estoy contenta y él recibe su
cheque.
—¿Y
alguno de tus veintinueve hermanos tenía algún vínculo de
sangre
contigo?
Se echa
a reír.
—Guau,
sí que prestas atención. Pues no: soy hija única. Mi madre
era
aficionada al crac barato y a los bebés caros.
Se da
cuenta de que no la entiendo.
—Trató
de venderme. No te preocupes: nadie me quiso o tal vez ella
pidiera
demasiado. Cuando tenía nueve años, me ofreció a una mujer en el
aparcamiento
de Walmart. Le contó entre sollozos que no podía hacerse
cargo de
mí, blablablá, y me ofreció en venta por cien dólares. No era la
primera
vez que lo intentaba en mis propias narices. Como yo ya estaba
hasta el
gorro, miré a la mujer de frente y le espeté: «¿Está casada?
¡Seguro
que su marido es muy cachondo!». Mi madre me pegó un revés
por
arruinarle la operación y me abandonó en el aparcamiento. La mujer
me llevó
a la comisaría y allí me dejó. No volví a ver a mi madre nunca
más.
—¡Por
Dios, Eddie! Es increíble.
—Lo sé,
pero así es.
Me tumbo
en el banco y miro al cielo. Ella hace lo mismo.
—Me
dijiste que el nombre de Eddie te viene de familia —le digo—.
¿De qué
familia?
—No te
rías.
—¿Y si
me parece gracioso?
Pone los
ojos en blanco.
—Mi
primera familia de acogida tenía un DVD de un comediante
llamado
Eddie Izzard. Me daba la impresión de que mi nariz era igual que
la suya.
Vi aquel DVD millones de veces, como si él fuera mi padre.
Después
pedía a la gente que me llamara «Eddie». Durante un tiempo
probé
con Izzard, pero no funcionó.
Las dos
nos echamos a reír. Me quito la chaqueta, me la pongo por
encima y
meto dentro los brazos al revés, para que me caliente las partes
del
cuerpo que han estado expuestas al frío demasiado rato. Cierro los
ojos.
—He
tenido unos padres increíbles —suspiro.
—Y ¿qué
ha sido de ellos?
—Mi
padre murió hace siete meses y mi madre nos ha trasladado
aquí,
diciendo que era por cuestiones financieras, pero ahora no estoy
segura
de que nos haya dicho la verdad. Ya sale con alguien, de modo que,
por el
momento, he de decir que han sido increíbles.
—¡Qué
putada!
Las dos
nos quedamos allí tumbadas, cavilando sobre las cartas que
nos han
tocado. Las mías no son nada en comparación con las suyas. Las
cosas
que habrá visto. Kel tiene ahora la misma edad que ella cuando entró
en el
primer hogar de acogida. No sé cómo va por ahí tan contenta, tan
llena de
vida. Guardamos silencio. Reina una calma tranquilizadora. Me
pregunto
para mis adentros si esto será lo que se siente cuando tienes un
mejor
amigo.
Se
incorpora en el banco al cabo de un rato, con las manos estiradas
por
delante, mientras bosteza.
—Antes,
cuando te he dicho lo de Joel... y que para él soy un cheque,
¿no? No
es así. En realidad, se ha portado muy bien conmigo. A veces,
cuando
las cosas se ponen demasiado reales, me dejo llevar por el
sarcasmo.
Le
sonrío comprensiva.
—Gracias
por hacer novillos conmigo. La verdad es que lo
necesitaba.
—Gracias
por necesitarlo. Parece que yo también. En cuanto a Nick,
es buen
tío, pero no es para ti. Ya se lo diré yo. De todos modos, tienes que
salir
con nosotros mañana.
—Ya lo
sé. De lo contrario, Chuck Norris me dará caza y me pegará
una
patada en el culo.
Doy la
vuelta a la chaqueta y pongo bien los brazos, mientras
atravesamos
la puerta y regresamos al pasillo.
—Entonces,
si «Eddie» es algo que te has inventado, ¿cuál es tu
nombre
de verdad? —le pregunto antes de separarnos.
Sonríe y
se encoge de hombros.
—Por el
momento, digamos que es Eddie.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL CAPITULO DE HOY ... TRES O MAS Y AGREGO MAÑANA SINO EL VIERNES ... BUENO SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO ... HASTA PRONTO ... :))
NOTA: YA AGREGUE EN LA NOVELA DE "EL PRINCIPÉ OSCURO" PARA LOS QUE NO TENGAN EL LINK O QUIERAN LEER LAS DEMAS NOVELAS QUE EH PUBLICADO - TANTO ADAPTADAS COMO MIAS - ARRIBA ESTAN LOS LINKS .. SOLO BUSCAN LA NOVELA QUE QUIERAN O LA DE EL PRINCIPE OSCURO Y LES MANDARA A LA PAG .. ES TODO.
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viernes, 11 de marzo de 2016
6 - PRIMERA PARTE
CAPITULO
6.-
Your heart
says not again.
What kind of
mess have you got me in?
But when the
feeling’s there,
It can lift
you up and take you anywhere.
TRADUCCION:
Tu corazón dice no otra vez.
¿En qué clase de lío se me puso?
Pero cuando hay la sensación,
Se puede levantar hacia arriba y te
llevará a ninguna parte.
Las
semanas siguientes se me pasan volando, porque tengo más deberes y
me siento
más sola en la clase de Tom. Desde el día del asesinato del
muñeco
de nieve, no hemos vuelto a hablar y ni siquiera nos hemos
mirado a
los ojos. Huye de mí como de la peste.
No me
estoy adaptando demasiado bien a Michigan. Es posible que
todo lo
ocurrido con Tom haya acabado por complicar más el traslado. Lo
único
que me apetece es dormir, supongo que porque cuando dormimos
sufrimos
menos.
Eddie
sigue presentándome posibles candidatos para ocupar la plaza
vacante
—salta a la vista— en mi departamento de novios, pero los he
rechazado
a todos. Al final ha recurrido a cambiar de lugar con Nick en la
clase de
Tom, con la esperanza de que algo florezca entre nosotros.
No será
así.
—Oye,
Layken —me sonríe Nick, mientras se sienta en su nuevo
puesto,
más cerca de mí—. Tengo otro para ti. ¿Te lo cuento?
Sólo en
la última semana, he tenido que soportar que Nick me cuente
como
mínimo tres chistes al día sobre Chuck Norris. Supone —
erróneamente—
que, como soy de Texas, debo de estar obsesionada con la
serie «Walker, Ranger de Texas».
—Adelante.
Ya no
sigo tratando de arrebatarle esa ilusión: es inútil.
—A Chuck
Norris le acaban de adjudicar una cuenta de gmail. La
dirección
es <gmail@chucknorris.com>.
Tardo un
segundo en pillarlo. Por lo general, soy rápida con los
chistes,
pero últimamente la cabeza me va lenta y con razón.
—Muy
gracioso —respondo sin entusiasmo, para tratar de
apaciguarlo.
—Chuck
Norris ha contado hasta el infinito. Dos veces.
Aunque no
tenía ganas de reírme, lo he hecho. Nick me fastidia
bastante,
pero su ignorancia resulta simpática.
Cuando
Tom entra en la clase, sus ojos van como flechas hacia Nick.
Aunque
sigue sin mirarme, me gusta imaginar que siente un arrebato de
celos.
Últimamente me he propuesto prestar más atención a Nick cuando
Tom
entra en el aula. Detesto este deseo nuevo que se ha apoderado de mí
—el
deseo de poner celoso a Tom— y sé que le he de poner un corto antes de
que Nick
empiece a hacerse ilusiones, pero no puedo. Siento que es el
único
aspecto de toda esta situación que controlo hasta cierto punto.
—Coged
vuestras libretas: hoy vamos a escribir poesía —dice Tom,
mientras
se sienta delante de su escritorio.
La mitad
de la clase rezonga. Oigo que Eddie bate palmas.
—¿Podemos
trabajar en equipo? —pregunta Nick.
Empieza
a acercar su pupitre al mío.
Tom lo
fulmina con la mirada:
—No.
Nick se
encoge de hombros y vuelve a poner el pupitre en su sitio.
—Cada
uno de vosotros tiene que escribir un poema breve que
mañana
interpretará delante de la clase.
Empiezo
a tomar apuntes sobre la tarea, porque no quiero observarlo
mientras
habla. Quedarme en su clase no ha sido buena idea. No me puedo
concentrar
en nada de lo que dice. Todo el tiempo me estoy preguntando
qué le
pasará por la cabeza, si pensará en nosotros y lo que hará en su casa
por la
noche. Ni siquiera cuando estoy en la mía puedo pensar en otra cosa
que no
sea él. Me doy cuenta de que lanzo miradas a la acera de enfrente
siempre
que tengo ocasión. La verdad es que, aunque hubiera cambiado de
clase,
habría sido lo mismo: habría vuelto corriendo a casa para poder
observar
por la ventana cuando llega él. El juego que estoy jugando
conmigo
misma me resulta de lo más agotador. Ojalá encontrara la forma
de sacudirme
la influencia que ejerce sobre mí. Por lo visto, él ha
conseguido
superarlo.
—Tenéis
que empezar con apenas unas diez oraciones para la
presentación
de mañana. Después podemos ampliarlo a lo largo de las
próximas
semanas, para daros algo que preparar para el slam —dice Tom
—, y no
penséis que me he olvidado. Hasta ahora, nadie de esta clase se ha
presentado
al slam. Habíamos hecho un trato.
Toda la
clase empieza a protestar.
—¡El
trato no era ése! Usted dijo que bastaba con observar. ¿O es que
ahora
además tenemos que interpretar? —pregunta Gavin.
—No.
Bueno, no en sentido estricto. Todos los presentes tienen que
asistir
a una sesión. No hace falta que interpretéis una poesía. Sólo quiero
que
vayáis como espectadores. No obstante, cabe la posibilidad de que os
elijan
para el «sacrificio», de modo que no estaría mal que llevaseis algo
preparado.
Varios
alumnos preguntan al mismo tiempo qué es el «sacrificio».
Tom
explica el término y que pueden elegir a cualquier persona al azar;
por
consiguiente, quiere que todo el mundo tenga preparada una poesía
antes de
la noche en la que va a asistir, por si acaso.
—¿Y si
queremos interpretar una poesía? —pregunta Eddie.
—Hagamos
una cosa. Os propongo otro trato: quien quiera participar
de forma
voluntaria no tendrá que presentarse al examen final.
—Guay.
Trato hecho —dice Eddie.
—¿Y si
no vamos? —pregunta Javi.
—Entonces,
te estarás perdiendo algo alucinante y, además, recibirás
un
insuficiente en participación —responde Tom.
Ante la
respuesta de Tom, Javi pone los ojos en blanco y refunfuña.
—Y,
vamos a ver, ¿sobre qué clase de cosas podemos escribir? —
pregunta
Eddie.
Tom se
sitúa delante del escritorio y se sienta a unos centímetros de
mí.
—No hay
ninguna norma. Podéis escribir sobre cualquier cosa: el
amor, la
comida, vuestro hobby, algo importante que os haya pasado en la
vida.
Podéis hablar de lo mucho que aborrecéis a vuestro profesor de
poesía.
Escribid sobre cualquier cosa, mientras sea algo que os apasione.
Si el
público no percibe vuestra pasión, no os sentirá a vosotros... y eso
nunca
tiene gracia, creedme.
Lo dice como
si hablara por experiencia.
—¿Y
sobre sexo? ¿Podemos escribir sobre eso? —pregunta Javi.
Es
evidente que le está buscando las cosquillas, pero Tom sigue
impertérrito.
—Sobre
lo que tú quieras, siempre que no te metas en problemas con
tus
padres.
—¿Y si
no nos dejan ir? Quiero decir, después de todo, es un club
nocturno
—pregunta un alumno desde el fondo de la clase.
—Si
tienen alguna reserva, lo comprendo. Si hay algún padre o
madre al
que no le parezca bien, estoy dispuesto a hablar con ellos al
respecto.
Tampoco quiero que el transporte sea una excusa. El club queda
bastante
lejos, de modo que, si eso plantea algún problema, llevaré un
vehículo
de la escuela. Cualquiera que sea el obstáculo, lo resolveremos.
Me
apasiona la poesía slam y me da la impresión de que os hago un flaco
servicio
como profesor si no os brindo la oportunidad de experimentarla
en
persona.
»Durante
toda la semana iré respondiendo a vuestras preguntas sobre
el
trabajo semestral, pero, por el momento, dediquémonos a la tarea de
hoy.
Tenéis toda la hora para acabar la poesía. Empezaremos a
presentarlas
mañana. Manos a la obra.
Abro mi
libreta y la apoyo en mi pupitre. La miro fijamente y no
tengo ni
la menor idea de lo que puedo escribir. Últimamente sólo he
estado
pensando en Tom y de ninguna manera puedo escribir una poesía
acerca
de él.
Cuando
acaba la hora, lo único que he escrito en la hoja es mi
nombre.
Alzo la mirada hacia Tom, que está sentado frente a su escritorio,
mordiéndose
la comisura del labio inferior. Tiene los ojos clavados en mi
pupitre,
en la poesía que aún no he escrito. Mira hacia arriba y ve que lo
observo.
Es la primera vez que nos miramos a los ojos en tres semanas y,
aunque
parezca extraño, no aparta la vista de inmediato. Si tuviera idea de
lo mucho
que me afecta aquel gesto con el labio, dejaría de hacerlo. La
intensidad
de sus ojos me hace enrojecer y de pronto el aula se vuelve
cálida;
los mantiene clavados en mí hasta que suena el timbre que da por
concluida
la clase. Se pone de pie y se dirige a abrir la puerta para dejar
pasar a
los alumnos que salen. Enseguida guardo la libreta y me cuelgo la
mochila
al hombro. No lo miro a la cara cuando salgo del aula, pero noto
que me
observa.
Justo
cuando pensaba que se había olvidado de mí, va y me hace esto.
Me paso
el resto del día muy callada, tratando de analizar lo que ha hecho.
Al
final, la única conclusión a la que llego es que está tan confundido
como yo.
Me
agrada sentir el calor del sol cayéndome en la cara mientras voy
hacia mi
todoterreno. Ha hecho un frío de locos a principios de octubre y,
según el
pronóstico, las próximas dos semanas nos traerán una tregua de
la nieve
antes de que comience el invierno. Introduzco la llave de contacto
y la
giro.
No pasa
nada.
Fantástico:
mi todoterreno no arranca. No tengo ni idea de lo que
estoy
haciendo, pero aprieto el botón para abrir el capó y echo un vistazo.
Hay un
montón de cables y piezas metálicas y eso es todo lo que puedo
comprender
desde un punto de vista mecánico. Sé el aspecto que tiene la
batería,
de modo que saco una palanca del maletero y la golpeo con ella.
Tras un
nuevo fracaso al tratar de hacerla arrancar, recurro a golpear un
poco más
fuerte, hasta que me encuentro aporreando la batería, de pura
frustración.
—No te
lo recomiendo.
Tom se
detiene a mi lado con la mochila colgada sobre el pecho: tiene
mucho
aspecto de profesor y menos de Tom.
—Ya me
has dejado claro que la mayor parte de las cosas que hago
no te
parecen recomendables —le digo y vuelvo a concentrar la atención debajo del
capó.
—¿Qué le
pasa? ¿No arranca?
Se
agacha debajo del capó y se pone a tontear con los cables.
No
entiendo lo que hace. Primero me dice que no quiere hablarme en
público;
después se me queda mirando fijamente en clase, y ahora está
debajo
de mi capó, tratando de ayudarme. No me gustan nada las
contradicciones.
—¿Qué
haces, Tom?
Sale de
debajo del capó y me mira con la cabeza de lado.
—¿Qué te
parece que estoy haciendo? Intento averiguar qué le pasa a
tu
todoterreno.
Da la
vuelta hasta el asiento del conductor y trata de arrancar el
motor.
Lo sigo
hasta la puerta.
—Quiero
decir, ¿por qué lo haces? Me has dejado muy claro que no
quieres
que te dirija la palabra.
—Layken,
eres una alumna que se ha quedado varada en el
aparcamiento.
No puedo ir a buscar mi coche y, simplemente, pasar de
largo.
Ya sé
que, al referirse a mí como «una alumna», no lo hace como un
agravio,
pero lo siento así, sin ninguna duda. Se da cuenta de que no ha
elegido
bien las palabras, suspira, se apea del coche y vuelve a mirar
debajo
del capó.
—Oye,
que no es lo que he querido decir —se defiende y juguetea
con
otros cables.
Meto la
cabeza bajo el capó, a su lado, tratando de parecer natural
mientras
continúo con mi argumento.
—Ha sido
muy difícil, Tom. A ti te ha resultado de lo más sencillo
aceptarlo
y seguir adelante, pero para mí no ha sido tan fácil. No puedo
pensar
en nada más.
Tom se
agarra al borde del capó con las manos y vuelve la cabeza
hacia
mí.
—¿Te
parece que para mí ha sido sencillo? —susurra.
—Pues es
la impresión que das.
—Lake,
nada de todo esto ha sido fácil. He tenido que hacer un gran
esfuerzo
para venir todos los días a trabajar, sabiendo que es precisamente
este
trabajo lo que nos separa. —Se da la vuelta y se apoya en el coche—.
Si no
fuera por Bill, habría renunciado el día que te vi en el pasillo,
me
habría tomado un año sabático... y habría esperado a que acabaras los
estudios
para regresar. —Se vuelve hacia mí y baja aún más la voz—.
Créeme,
he pensado en todas las posibilidades. ¿Cómo te parece que me
siento
al saber que soy el motivo que te hace sufrir, que soy el motivo por
el cual
estás tan triste?
Su
sinceridad me sorprende. No tenía ni idea.
—Yo...
Perdón... Pensaba que...
Tom me
interrumpe en mitad de la frase y se vuelve otra vez hacia el
coche.
—La batería está bien. Da la impresión de que podría ser el
alternador.
—¿No te arranca el coche?
—pregunta Nick, acercándose a
nosotros,
lo cual
explica el repentino comportamiento cauteloso de Tom.
—No y,
según el señor Kaulitz, necesito un alternador nuevo.
—¡Qué
putada! —exclama Nick y mira debajo del capó—. Te puedo
llevar a
casa, si quieres.
Cuando
me dispongo a rechazar su ofrecimiento, Tom interviene:
—Eso
sería estupendo, Nick —dice, mientras cierra el capó.
Lo
fulmino con la mirada, pero él hace caso omiso de mi protesta
silenciosa.
Tom se aleja y me deja con Nick y sin ninguna otra opción para
regresar
a casa.
—Estoy
aparcado por allí —dice Nick y se dirige a su coche.
—Deja
que coja primero mis cosas.
Agarro
el bolso y, cuando las busco con la mano, veo que las llaves
del
coche no están. Tom ha debido de llevárselas sin querer. No cierro con
el
seguro, por si no las tiene: no quiero sumar también los honorarios del
cerrajero
a nuestra deuda, que no para de aumentar.
—¡Guau!
¡Qué coche más chulo! —digo cuando llegamos al de Nick.
Es un
pequeño coche deportivo negro. No estoy segura del modelo,
pero no
tiene ni una mota de polvo.
—No es
mío —dice cuando nos subimos—, sino de mi padre, pero
me deja
conducirlo cuando no trabaja.
—Es
chulo, de todos modos. ¿Te importaría pasar por la escuela
primaria
Chapman? Tengo que recoger a mi hermano pequeño.
—No hay
ningún problema —responde y sale del aparcamiento hacia
la
izquierda—. Entonces, chica nueva, ¿aún echas de menos Texas?
Ya llevo
un mes aquí y me sigue llamando «chica nueva».
—Sí —me
limito a responder.
Intenta
mantener una conversación sobre temas triviales, pero trato
sus
preguntas como si fueran retóricas, aunque no lo son. No puedo dejar
de
pensar en lo que me estaba diciendo Tom antes de que él nos
interrumpiera.
Finalmente se da por enterado de que no estoy por la labor
y
enciende la radio.
Cuando
llegamos a la escuela de Kel, me apeo para que me vea, ya
que no
estoy en mi coche. Al divisarme, viene corriendo hacia mí, seguido
de Bill.
—Eh,
¿qué le ha pasado a tu todoterreno?
—No
arranca. Sube, que Nick nos lleva a casa.
—Vale.
Bill viene hoy con nosotros.
Abro la
puerta de atrás y los dos suben al pequeño asiento trasero.
Enseguida
empiezan a hacer comentarios admirativos. Dedican el resto del
breve
trayecto a comparar Transformers y a hablar del coche de Nick.
Cuando
llegamos a casa, Kel y Bill saltan del coche y entran
corriendo.
Doy las gracias a Nick y sigo a los niños hacia la casa, cuando
oigo que
Nick abre su puerta.
—Espera,
Layken —me llama.
¡Ay!
Casi lo consigo. Cuando me vuelvo, está de pie en la entrada y
parece
nervioso.
—Esta
semana, Eddie, Gavin y yo vamos a ir a Getty. ¿Quieres venir?
Definitivamente,
no tendría que haber coqueteado con Nick. Me
siento
culpable, porque sé a ciencia cierta que le he dado las señales
erróneas.
—No lo
sé. Tendré que consultarlo con mi madre. Te contesto
mañana,
¿vale?
Advierto
sus ojos ilusionados y desearía haberme adelantado y
haberle
dicho que no. No quiero seguir dándole esperanzas.
—Sí,
mañana. Hasta entonces —dice Nick.
Cuando
entro en casa, Kel y Bill están sentados a la barra con los
deberes
sobre la mesa.
—Bill,
¿es que ahora vives con nosotros o qué?
Me mira
con sus grandes ojos cafeces, tan parecidos a los de Tom.
—Me
puedo ir a casa, si quieres.
—Que no;
que era broma. Me gusta que estés aquí: así, el renacuajo
este no
se mete conmigo.
Pellizco
los hombros de Kel y voy a coger algo de beber.
—Y ese
Nick ¿es tu novio? Pensé que mi hermano iba a ser tu novio.
El comentario
de Bill me coge desprevenida y escupo el zumo
que
tengo en la boca.
—No,
ninguno de los dos es novio mío. Tu hermano y yo sólo somos
amigos,
Bill.
—Pero,
Layken —dice Kel, mirando a Bill con una sonrisa
pícara—,
te vi besarlo la noche que te trajo a casa. En la entrada. Yo estaba
mirando
por la ventana de mi dormitorio.
Se me
atora el corazón en la garganta, me acerco y apoyo las manos
con
firmeza en la barra, frente a ellos.
—Kel, no
vuelvas a repetir jamás lo que acabas de decir. ¿Me oyes?
Se le agrandan
los ojos y tanto Bill como él se echan atrás en la
silla a
medida que yo me inclino hacia ellos por encima de la barra.
—Lo digo
en serio. No has visto lo que te parece haber visto. Tom
podría
tener muchos problemas si repites lo que has dicho. De verdad.
Los dos
asienten con la cabeza y yo retrocedo y me dirijo a mi
habitación.
Saco la libreta del bolso y me dejo caer junto a ella en la cama
para
ponerme a hacer los deberes, pero no puedo concentrarme: la mera
idea de
que se llegue a saber algo sobre Tom y sobre mí me distrae. Por
mucho
que deteste que no podamos estar juntos, detesto aún más la
posibilidad
de que lo echen. Necesita ese trabajo. Tom sólo tenía un año
más que
yo cuando murieron sus padres y, básicamente, desde entonces el
padre es
él. Cuanto más lo pienso, más me arrepiento de haber sido tan
dura con
él y con la decisión que ha tomado. El dolor que me produce que
no
podamos estar juntos no es nada en comparación con lo que Tom debe
de estar
pasando. Cada día lo considero menos un igual y más me siento
su
alumna.
Decido
ponerme a trabajar en la poesía, que ni siquiera he
comenzado
aún, pero, cuando entra mi madre al cabo de media hora, sigo
mirando
fijamente la página en blanco.
—¿Dónde
está tu todoterreno?
—Ay, me
olvidé de decírtelo: no arranca. Es el alternador o algo así.
Está
aparcado en el instituto.
—¿Cómo
te puedes olvidar de decirme algo así? —protesta, y su
frustración
resulta evidente.
—Perdón.
Estabas durmiendo cuando llegué y, como sé que has
estado
mala esta semana, no he querido despertarte.
Suspira
y se sienta en mi cama.
—No sé
cuándo podré llevarlo a arreglar. Trabajo los próximos días.
¿Te
importa si se queda en el instituto un par de días, hasta que encuentre
alguna
solución?
—Mañana
lo pregunto, aunque dudo de que se den cuenta siquiera de
que está
allí.
—De acuerdo.
Bueno, me voy a trabajar.
Se pone
de pie para marcharse.
—Pero si
tu turno no empieza hasta dentro de unas horas...
—Tengo
cosas que hacer —se apresura a responder.
Cierra
la puerta y me deja cuestionándome la validez de su respuesta.
Me estoy
secando el pelo después de darme una ducha cuando me
parece
oír el timbre de la puerta. Apago el secador y presto atención hasta
que, al
cabo de un momento, vuelve a sonar.
—¡Kel!
¡Llaman a la puerta! —grito, mientras me pongo el pantalón
del
chándal.
Me
recojo el cabello, húmedo todavía, con una goma y lo vuelvo a
recoger por
la mitad en lo alto de la cabeza; después me pongo una
camiseta
sin mangas. Suena otra vez el timbre.
Me
acerco a la puerta y espío por la mirilla: es Tom. Tiene los brazos
cruzados
y mira fijamente al suelo. Me da un vuelco el corazón al verlo
allí y
me vuelvo para echarme un vistazo en el espejo de la entrada. Desde
luego,
tengo todo el aspecto de estar recién salida de la ducha, pero por lo
menos no
llevo puestas las zapatillas de andar por casa de Kel. ¡Ay! Y ¿qué
más da?
Abro y
le hago señas para que entre. Se adelanta lo suficiente para
que
pueda cerrar la puerta, pero no da un paso más.
—Vengo a
buscar a Bill. Es la hora del baño.
Sigue
con los brazos cruzados y sus palabras son cortantes. Lo
interpreto
como una señal de que, por el momento, no voy a conseguir de
él
ninguna confesión más, de modo que le pido que espere mientras voy a
buscarlo.
Miro en el dormitorio de Kel, en el de mi madre y, por último,
en el
mío y se me acaban las habitaciones.
—Aquí no
hay nadie, Tom —le digo cuando regreso a la sala de estar.
—Tienen
que estar aquí. En mi casa no están.
Recorre
el pasillo y mira en las habitaciones, mientras los llama. Yo
abro la
puerta del patio, enciendo la luz exterior y reviso rápidamente
aquel
espacio reducido.
—Atrás
no están —le anuncio cuando volvemos a encontrarnos en la
sala de
estar.
—Miraré
de nuevo en mi casa —dice.
Cruza la
calle y voy tras él. Fuera está oscuro y ha bajado mucho la
temperatura.
Cada vez me inquieto más. Sé que Kel y Bill no pueden
estar al
aire libre a estas horas. Si no se encuentran en ninguna de las dos
casas,
no se me ocurre dónde pueden haberse metido.
Tom
recorre con rapidez toda su casa. Como en realidad nunca he
pasado
de la entrada, no me parece oportuno seguirlo, de modo que me
quedo en
la puerta y espero.
—Aquí no
están —dice sin poder disimular la incertidumbre.
Me llevo
las manos a la boca para ahogar un grito, al advertir la
gravedad
de la situación. Tom detecta el temor en mis ojos y me abraza.
—Los
encontraremos. Tienen que estar jugando en alguna parte. —Su
tranquilidad
es efímera, porque me suelta y vuelve a salir por la puerta
principal—.
Mira en el jardín de atrás; nos encontramos delante.
Los dos
los llamamos a gritos y el pánico me sube por el pecho.
Recuerdo
lo ocurrido una vez, cuando estaba cuidando a Kel, que tenía
cuatro
años, y pensé que lo había perdido. Lo busqué por toda la casa
durante
veinte minutos, hasta que finalmente no supe qué hacer y avisé a
mi
madre. Ella llamó enseguida a la policía, que llegó al cabo de unos
minutos.
No habían acabado de registrar la casa cuando por fin llegó ella
y el
pánico que vi en sus ojos cuando entró por la puerta me atravesó el
corazón
y las dos nos echamos a llorar. Después de buscarlo durante más
de
quince minutos, un agente encontró a Kel durmiendo como un tronco
encima
de las toallas dobladas del armario del cuarto de baño. Según
parece,
se estaba escondiendo de mí y se había quedado dormido.
Abrigo
la esperanza de experimentar la misma sensación de alivio
cuando
examino el jardín de atrás de Tom, pero allí no están. Regreso por
el
costado de la casa y veo a Tom mirando el interior de su coche. Cuando
me ve
correr hacia él, se lleva el dedo a la boca para indicarme que no
haga
ruido. Echo un vistazo al asiento trasero y veo a Kel y a Bill
agachados
en el suelo, con los dedos y las manos en forma de pistolas,
planchando
la oreja.
Lanzo un
suspiro de alivio.
—Como
vigilantes serían un desastre —susurra.
—Pues
sí.
Nos
quedamos los dos allí, mirando a nuestros hermanos pequeños.
Tom me
rodea con el brazo y me aprieta rápidamente los hombros. Sin
embargo,
su abrazo no dura mucho, así que ya sé que no es más que una
manifestación
de alivio al ver que nuestros hermanos están a salvo.
—Ah,
antes de que los despiertes, dentro tengo algo para ti.
Se
dirige a su casa, de modo que lo sigo y entro en la cocina tras él.
El
corazón me continúa latiendo con fuerza en el pecho, aunque no
puedo
distinguir si es una secuela de la búsqueda de nuestros hermanos o
si se
debe al simple hecho de estar en su presencia.
Extrae
algo de su cartera y me lo entrega.
—Tus
llaves —dice y las deja caer en mi mano.
—Gracias
—le digo algo desilusionada.
No sé
qué esperaba que tuviera, aunque fantaseaba con que fuera su
carta de
renuncia.
—Ahora
va bien. Supongo que podrás volver con él a casa mañana.
Se
acerca al sofá y toma asiento.
—¿Qué
dices? ¿Lo has arreglado? —pregunto.
—Bueno,
no lo he arreglado yo. Conozco a un tío y le ha cambiado
el
alternador esta tarde.
Me
vuelve a la cabeza lo que dijo en el aparcamiento. En realidad,
dudo de
que se molestara en cambiarle el alternador al coche de cualquier otro alumno.
—Tom, no
tenías que hacerlo —le digo y me siento a su lado en el
sofá—.
Gracias, de todos modos. Te lo pagaré.
—No te
preocupes. Me habéis ayudado mucho con Bill
últimamente.
Es lo menos que puedo hacer.
Una vez
más, no sé qué decir a continuación. Se repite la sensación
del
primer día, cuando, de pie en su cocina, me preguntaba qué podía
hacer,
después de que me ayudase con la venda. Debería marcharme,
supongo,
pero me gusta estar aquí, a su lado, aunque me vuelva a
encontrar
en deuda con él. Recupero la confianza suficiente para seguir
hablando.
—Entonces
¿podemos reanudar nuestra última conversación? —le
pregunto.
Se
acomoda en el sofá y apoya los pies en la mesa de centro que
tenemos
delante.
—Depende
—dice—. ¿Has encontrado alguna solución?
—Pues no
—respondo en el preciso instante en el que me viene a la
mente
una posibilidad. Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá y le
propongo
mi idea con mansedumbre—: Supón que lo que sentimos se
vuelve
más... complejo.
Hago una
breve pausa, porque no sé cómo va a tomar mi nueva
sugerencia,
de modo que prosigo con pies de plomo.
—No me
opongo a la idea de acabar el instituto por libre.
—Eso es
ridículo —espeta y me mira con severidad—. Ni se te
ocurra.
No vas a dejar de ir a clase de ninguna manera, Lake.
Vuelvo a
ser «Lake».
—Sólo
era una idea —digo.
—Menuda
idea. ¡Vaya tontería!
Nos
quedamos pensando en silencio y a ninguno de los dos se nos
ocurre
otra solución. Mantengo la cabeza apoyada en el respaldo del sofá
y lo
observo. Entrelaza las manos por detrás de la cabeza y mira al techo.
Tiene
las mandíbulas bien apretadas y, distraído, hace crujir los nudillos.
Ya no
lleva la misma ropa que cuando se viste de profesor, sino una
camiseta
blanca lisa y ajustada con unos pantalones de chándal de color
gris,
casi idénticos a los míos. Advierto por primera vez que tiene el
cabello
húmedo. Hacía semanas que no lo tenía tan cerca y estaba
empezando
a olvidar su olor. Inhalo y me llega el aroma de su loción para
después
de afeitar. Huele igual que el aire de Texas cuando está a punto de
empezar
a llover.
Tiene
una pizca de espuma de afeitar justo debajo de la oreja
izquierda.
Instintivamente, le acerco la mano al cuello para quitársela. Se
estremece
y se vuelve hacia mí, de modo que me pongo a la defensiva y
levanto
el dedo para mostrarle el motivo por el cual lo he tocado. Me coge
la mano
y me refriega el dedo contra la camiseta para quitarle la espuma
sobrante.
Nuestras
manos descansan en su pecho y seguimos mirándonos en
silencio.
Apoyo la palma sobre su corazón y lo siento latir con rapidez. Sé
que este
contacto entre nosotros no está bien, pero resulta de lo más
agradable.
Deja mi
mano en su pecho, que sube y baja al ritmo de su respiración.
Advierto
en sus ojos exactamente la misma mirada que cuando me
observaba
hoy en clase, pero esta vez mi reacción física es más intensa y
me
esfuerzo por controlar la fuerza que me impele a acercarme a él y a
besarlo.
Hace más de un mes que quiero hablar así con él. Aún tenía
muchas
cosas que expresar antes de que él empezara a actuar como si yo
no
existiera. Me temo que mi aislamiento se reanudará en cuanto salga de
su casa
esta noche, de modo que me atrevo a decirle lo que le quiero
transmitir
hace semanas.
—¿Tom?
—susurro—. Te esperaré... hasta que acabe el instituto.
Exhala y
cierra los ojos, mientras me pasa el pulgar por el dorso de
la mano.
—Eso es
mucho esperar, Lake. En un año pueden pasar muchas cosas.
Siento
en la palma de la mano que aumentan sus latidos.
No sé
qué me pasa, pero me acerco a él y vuelvo su rostro hacia el
mío.
Necesito que se fije en mí.
No me
mira a los ojos, sino que se concentra en la mano que sube
lentamente
por mi brazo. Las mismas sensaciones que me invadieron la
primera
noche que nos besamos vuelven en tropel. ¡Cómo he echado de
menos el
contacto físico con él!
Desplaza
la mano a mi hombro, pasa los dedos por debajo del tirante
de mi
camiseta y va siguiendo poco a poco sus bordes. Sus movimientos
son
lentos y metódicos: baja los pies de la mesita que tiene delante y gira
el
cuerpo hacia mí. Su expresión parece cargada de conflicto, pero se
adelanta
despacio y apoya los labios en mi hombro. Le pongo las manos
en la
nuca e inhalo. Se le acelera la respiración a medida que sus labios me
rozan el
hombro hasta llegar a mi cuello. La habitación empieza a dar
vueltas
y cierro los ojos. Sus labios recorren mi mandíbula y se acercan a
mi boca.
Cuando siento que se aleja, abro los ojos: me está observando.
Percibo
en su mirada un instante brevísimo de vacilación justo antes de
que sus
labios envuelvan los míos.
Con
anterioridad, sus besos habían sido muy suaves y delicados.
Ahora lo
impulsa un ansia diferente. Desliza las manos por debajo de mi
camiseta
y me coge por la cintura. Devuelvo sus besos con la misma
pasión
febril. Le paso las manos por el pelo y lo acerco a mí, mientras me
tumbo en
el sofá. En cuanto empieza a dejar caer el cuerpo sobre el mío,
sus
labios se alejan y se incorpora.
—¡Basta!
—dice—. No podemos seguir adelante.
Cierra
los ojos con fuerza y apoya la cabeza en el respaldo del sofá.
Me
incorporo, sin hacer caso de su protesta; mis manos le suben por
el
cuello hasta el pelo. Apoyo los labios en los suyos y me siento en su
regazo.
Vuelve a ponerme las manos en torno a la cintura, me acerca a él y
devuelve
mi beso con más intensidad aún.
Tiene
razón: cada vez son mejores.
Mis
manos encuentran el borde inferior de su camiseta y se la subo.
Nuestros
labios se separan por un instante, mientras la camiseta pasa entre
nosotros.
Le pongo las manos en el pecho y recorro con ellas el contorno
de sus
músculos mientras nos seguimos besando. Me coge por los brazos
y me
hace descender sobre el sofá. Espero que vuelva a encontrar mi boca,
pero,
por el contrario, se aparta de mí y se pone de pie.
—¡Levántate,
Layken! —me ordena.
Me coge
de la mano y me obliga a ponerme de pie.
Me
enderezo, atrapada todavía en aquel instante y sin dejar de jadear.
—Esto...
¡no puede ser! —Él también trata de respirar con normalidad
—. Ahora
soy tu profesor. Todo ha cambiado... Esto no está bien.
¡Qué
inoportuno! Me flaquean las rodillas, de modo que me siento
otra vez
en el sofá en busca de apoyo.
—No diré
nada, Tom. Te lo juro.
No
quiero que se arrepienta de lo que acaba de ocurrir entre
nosotros.
Por un instante, me ha dado la impresión de que volvíamos a
donde
teníamos que estar; ahora, al cabo de unos segundos, estoy confusa
de
nuevo.
—Lo
siento, Layken, pero esto no está bien —dice, mientras va de un
lado a
otro—. No es bueno para ninguno de los dos. No te conviene.
—¿Y tú
qué sabes acerca de lo que me conviene? —respondo con
brusquedad.
Me
vuelvo a poner a la defensiva.
Deja de
caminar de un lado a otro y se vuelve hacia mí.
—No me
vas a esperar. No dejaré que renuncies al que debería ser el
mejor
año de tu vida. He tenido que crecer demasiado deprisa, pero no te
lo voy a
quitar a ti también. No sería justo. No quiero que me esperes,
Layken.
Su
cambio de actitud y la manera en la que pronuncia mi nombre
completo
hacen que la habitación se quede sin oxígeno. Me mareo.
—No voy
a renunciar a nada —respondo con voz débil.
Si
hubiera podido hacer acopio de suficiente energía, lo habría
gritado.
Coge la
camiseta y se la pasa por la cabeza, mientras se aleja aún más
de mí.
Va al otro extremo de la sala de estar y da la vuelta por detrás del
sofá. Se
apoya en el respaldo y deja caer la cabeza entre los hombros, sin
mirarme
a los ojos.
—Mi vida
está llena de responsabilidades. ¡Estoy criando a un niño,
por el
amor de Dios! No podría dar prioridad a tus necesidades. ¿Es que
no lo
ves? Ni siquiera podría ponerlas en segundo lugar. —Alza la cabeza
poco a
poco y me vuelve a mirar—. Y tú te mereces algo mejor que el
tercer
puesto.
Voy
hacia él, me arrodillo delante, encima del sofá, y apoyo las
manos
sobre las suyas.
—Sé que
tienes que dar más importancia a tus responsabilidades que
a mí y
por eso te quiero esperar, Tom. Eres una buena persona. Y esto, esto
que tú
consideras un defecto... es lo que me enamora de ti.
Mis
últimas palabras se me escurren como si hubiera perdido el
escaso
autocontrol que aún me quedaba. De todos modos, no me
arrepiento
de haberlas dicho.
Retira
las manos de debajo de las mías y las coloca con firmeza a
ambos
lados de mi cara. Me mira directamente a los ojos.
—No te
estás enamorando de mí. —Lo dice como si fuera una orden
—. No te
puedes enamorar de mí.
Sus ojos
son duros y vuelve a apretar las mandíbulas. Siento que se
me
empiezan a llenar los ojos de lágrimas, pero entonces me suelta y se
dirige a
la puerta.
—Lo que
ha ocurrido esta noche... —al hablar hace un gesto en
dirección
al sofá— no puede volver a suceder. No se repetirá jamás.
Lo dice
como si tratara de convencer a alguien más que a mí.
Sale
dando un portazo y me quedo sola en su sala de estar. Me aprieto
el
estómago con las manos y se me intensifica la náusea. Me temo que, a
menos
que recupere pronto la compostura, no podré estar de pie el tiempo
suficiente
para llegar hasta mi casa. Inhalo por la nariz y exhalo por la
boca y
empiezo la cuenta atrás a partir del diez.
Es una
táctica de superación que aprendí de mi padre cuando era
pequeña.
Yo solía experimentar lo que mis padres llamaban «sobrecargas
emocionales».
Mi padre me rodeaba entonces con sus brazos y me
apretaba
lo más fuerte que podía, mientras contábamos hacia atrás.
Algunas
veces fingía los berrinches sólo para que él tuviera que
estrecharme.
Lo que no daría yo en este preciso instante por un abrazo de
mi
padre...
Se abre la
puerta y vuelve a entrar Tom con Bill dormido en
brazos.
—Kel se
ha despertado y está yendo a tu casa. Deberías ir tú también
—dice en
voz baja.
Me
siento totalmente avergonzada: avergonzada por lo que acaba de
ocurrir
entre nosotros y porque me esté haciendo sentir desesperada y más
débil
que él. Cojo con brusquedad las llaves de la mesa de centro, me
dirijo
hacia la puerta y me detengo frente a él.
—¡Eres
un imbécil! —le digo.
Me
vuelvo y me marcho dando un portazo.
En
cuanto llego a mi dormitorio, me desplomo en la cama y me echo
a
llorar. Aunque sea negativa, por fin me llega la inspiración para
componer
mis versos. Agarro un bolígrafo y me pongo a escribir,
mientras
voy secando las lágrimas que emborronan el papel.
HOLA!!! SIG CAP ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA SINO HASTA EL LUNES ... DOMINGO AUN NO SE ... BUENO HASTA PRONTO Y GRACIAS POR LEER :))
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