CAPITULO 4.-
I am sick of
wanting,
And it’s
evil how it’s got me,
And every day is worse
Than the one before.
TRADUCCION: «Estoy harto de desear /
—es horrible lo fuerte que me ha dado— / y cada día es peor / que el anterior.»
Tom
apoya la espalda contra las taquillas. Tiene los pies y los brazos
cruzados
y mira al suelo. La revelación me ha cogido tan de improviso
que casi
no puedo mantenerme erguida. Me dirijo a la pared de enfrente y
me
afirmo en ella.
—¿Yo?
—respondo—. ¿Cómo es posible que no mencionaras que
eres
profesor? Y ¿cómo puedes serlo, si sólo tienes veintiún años?
—Mira,
Layken... —dice sin hacer caso a mis preguntas.
No me ha
llamado «Lake».
—Me
parece que ha habido un gran malentendido entre nosotros. —
No me
mira a los ojos mientras habla—. Tenemos que hablar, pero, sin
duda,
éste no es el momento oportuno.
—De
acuerdo —digo.
Quisiera
añadir algo más, pero no puedo. Posiblemente, me echaría a
llorar.
Se abre
la puerta del aula de Tom y aparece Eddie. Ruego, de forma
egoísta,
que ella también esté equivocada: espero que ésa no sea mi
asignatura
optativa.
—Venía a
buscarte, Layken —me dice—. Te he guardado un asiento.
—Mira a
Tom y otra vez a mí y se da cuenta de que ha interrumpido una
conversación—.
Perdón, señor Kaulitz; no sabía que estuviera aquí fuera.
—Está
bien, Eddie. Sólo repasaba su horario con Layken.
Después
de decirlo se dirige hacia el aula y sostiene la puerta para
que
entremos las dos.
Sigo a
Eddie a regañadientes, entro sorteando a Tom y me dirijo al
único
asiento vacío que queda en la clase, justo delante del escritorio del
profesor.
No sé qué voy a hacer para quedarme toda la hora en esta aula.
Las
paredes no dejan de moverse cuando trato de concentrarme, de modo
que
cierro los ojos. Necesito agua.
—¿Quién
es la tía buena? —pregunta el chaval que sé que se llama
Javier.
—¡Calla, Javi! —dice Tom con brusquedad, mientras se dirige a su
escritorio
con una pila de papeles en la mano.
Varios
alumnos lanzan una pequeña exclamación de asombro ante su
reacción.
Supongo que Tom tampoco está hoy como de costumbre.
—¡Tranquilo,
señor Kaulitz! Sólo se lo decía como un cumplido.
Está
buena. Fíjese.
Al
decirlo, Javi se echa atrás en su silla y me observa.
—¡Vete,
Javi! —ordena Tom y señala la puerta del aula.
—¡Joder,
señor Kaulitz! ¿Qué le pasa al profe? Como ya le he dicho,
yo
sólo...
—Como he
dicho yo, ¡vete! ¡En mi clase nadie falta al respeto a las
mujeres!
Javi
coge sus libros y replica:
—De
acuerdo. ¡Les faltaré al respeto en el pasillo!
Cuando
la puerta se cierra tras él, lo único que se oye en el aula es el
lejano
tictac del segundero del reloj que hay encima de la pizarra. Aunque
no me dé
la vuelta, siento la mayor parte de los ojos de la clase clavados
en mí,
esperando alguna reacción. Ya no me resulta fácil pasar
desapercibida.
—Clase,
tenemos una nueva alumna. Su nombre es Layken Cohen —
dice Tom,
tratando de aflojar la tensión—. Se ha acabado el repaso.
Guardad
vuestros apuntes.
—¿No le
va a pedir que se presente? —pregunta Eddie.
—Lo dejaremos
para otro momento. —Tom levanta una pila de
papeles—.
Ahora tenemos examen.
Me
alegro de que Tom me haya ahorrado el tener que ponerme al
frente
de la clase y hablar. Es lo último que sería capaz de hacer en este
momento.
Siento como si tuviera en la garganta una bola de algodón que
trato
infructuosamente de tragar.
—Lake...
—Tom vacila y después carraspea, al advertir su error—.
Layken,
si tienes alguna otra cosa que hacer, adelante. La clase tiene que
realizar
un examen sobre el capítulo.
—Prefiero
hacer el examen —digo.
Tengo
que concentrarme en algo.
Tom me
entrega un cuestionario y, durante el tiempo que tardo en
completarlo,
hago todo lo posible por concentrarme exclusivamente en
las
preguntas, con la esperanza de encontrar una tregua en mi nueva
realidad.
Acabo bastante rápido, pero sigo borrando y reescribiendo las
respuestas
para no tener que hacer frente a lo evidente: que el tío del cual
me estoy
enamorando resulta ser profesor mío.
Cuando
suena el timbre de salida, observo al resto de la clase, que
pasa en fila
junto al escritorio de Tom y deposita los exámenes boca abajo
en una
pila. Eddie deja el suyo y se acerca a mi pupitre.
—¿Qué
tal? ¿Has logrado que te cambiaran el turno del comedor?
—Sí —le
contesto.
—¡Guay!
Te guardo un sitio —dice. Se detiene frente al escritorio de
Tom y él
levanta la vista para mirarla. Ella extrae una lata roja de su bolso,
saca un
puñado de pastillas, las deja sobre su escritorio y dice—: Pastillas
de
menta.
Tom las
observa sin entender.
—Me
limito a hacer una suposición —susurra, aunque bastante alto
para que
yo la oiga—, pero he oído que las pastillas de menta van muy
bien
para la resaca.
Le acerca
las pastillas y, una vez más, se marcha como si tal cosa.
Entonces
sólo quedamos Tom y yo en el aula. Tengo tantas ganas de
hablar
con él, tantas preguntas que hacerle..., pero sé que no es buen
momento.
Cojo mi examen, me acerco a su escritorio y lo coloco en lo
alto de
la pila.
—¿Tanto
se me nota el mal humor? —pregunta.
Sigue
mirando fijamente las pastillas de menta que están encima de su
escritorio;
le cojo dos y salgo del aula sin responder.
Mientras
trato de orientarme por los pasillos para encontrar el aula
de mi cuarta
hora, veo un cuarto de baño y me escabullo allí enseguida.
Decido
pasar el resto de la hora y todo el almuerzo en el compartimento
del
lavabo. Me siento culpable —sé que Eddie me espera—, pero no estoy
en
condiciones de hablar con nadie en este momento. En cambio, me paso
todo el
tiempo leyendo y releyendo lo que hay escrito en las paredes del
compartimento
y espero poder superar de algún modo el resto del día sin
echarme
a llorar.
Tengo un
recuerdo borroso de mis dos últimas clases y además, por
suerte,
ninguno de los profesores demuestra tampoco el menor interés por
mí. No
hablo con nadie ni nadie me dirige la palabra. No tengo ni idea de
si me
han puesto deberes. Toda esta situación me absorbe por completo.
Voy
hacia el coche buscando las llaves en mi bolso. Las extraigo y
trato de
introducirlas en la cerradura, pero me tiemblan tanto las manos
que se
me caen al suelo. Cuando subo al coche, ni me doy tiempo para
reflexionar
antes de poner la marcha atrás y dirigirme a casa. En lo único
que
quiero pensar en este momento es en mi cama.
Cuando
me detengo en la entrada, apago el motor y espero. No
quiero
encontrarme con Kel ni con mi madre todavía, de modo que echo
atrás el
asiento, me tapo los ojos con los brazos y empiezo a llorar. Lo
repito
todo una y otra vez en mi cabeza. ¿Cómo es posible que pasara una
velada
entera con él sin enterarme de que era profesor? ¿Cómo es posible
que algo
tan importante como su ocupación no surgiera en la
conversación?
O, mejor aún, ¿cómo pude hablar tanto sin llegar a decirle
que
todavía estaba en el instituto? ¡Con todo lo que le había contado de mí
misma!
Siento que es lo que me merezco por haber dejado caer por fin
mis
murallas.
Me seco
los ojos con la manga y trato de ocultar las lágrimas.
Últimamente
he aprendido a hacerlo bastante bien. Hasta hace seis meses,
casi no
había tenido motivos para llorar. Cuando vivía en Texas, todo era
sencillo:
hacía mis cosas, tenía un grupo numeroso de amigos, una escuela
que me
gustaba mucho y hasta un hogar que me encantaba. Lloré mucho
las
semanas siguientes a la muerte de mi padre, hasta que me di cuenta de
que ni
Kel ni mi madre podrían superarla mientras no lo hiciera yo.
Empecé a
esforzarme deliberadamente por participar más en la vida de
Kel.
Nuestro padre también era su mejor amigo por aquel entonces y me
da la
impresión de que fue Kel quien más perdió de los tres. Me interesé
por el
béisbol infantil, sus clases de kárate y hasta la rama de los Lobatos
escultistas:
todas las cosas que mi padre solía compartir con él. Nos
mantuvo
ocupados tanto a Kel como a mí y, al final, el dolor empezó a
disminuir.
Hasta el
día de hoy.
Un
golpecito en la ventanilla del acompañante me devuelve a la
realidad.
No quiero hacerle caso. No quiero ver a nadie y mucho menos
hablar
con nadie. Me fijo y veo que hay alguien allí de pie: lo único visible
es su
torso... y el distintivo de profesor.
Bajo la
visera parasol y me miro en el espejo para limpiarme el
rímel.
Miro por la ventanilla del conductor y presiono el botón automático
para
quitar el seguro de la puerta, mientras me concentro en el enano de
jardín
descalabrado y que me mira a su vez con una sonrisita petulante.
Tom se
sube al asiento del acompañante y cierra la puerta. Baja unos
centímetros
el respaldo del asiento y suspira, pero no dice nada. Creo que
ninguno
de los dos sabe ya qué decir. Lo miro y veo su pie apoyado en el
tablero.
Está tenso contra el respaldo y tiene los brazos cruzados. Mira
fijamente
la nota que escribió esta mañana y que sigue encima de mi
consola.
Supongo que ha llegado a las cuatro, después de todo.
—¿Qué
piensas? —pregunta.
Subo la
pierna derecha al asiento y la abrazo.
—Estoy
hecha un lío, Tom, y no sé qué pensar.
Suspira
y se vuelve para mirar por la ventanilla del acompañante.
—Perdón.
Es todo culpa mía —dice.
—No es
culpa de nadie —replico—. Para que haya culpa, tiene que
haber
una decisión consciente y tú no lo sabías, Tom.
Se
incorpora y se vuelve hacia mí. Ha desaparecido de sus ojos la
expresión
juguetona que me cautivó.
—Es que
de eso se trata, Lake: yo debería haberlo sabido. Mi
ocupación
no sólo requiere una ética dentro del aula, sino que se ha de
aplicar
a todos los aspectos de mi vida. Si no me di cuenta, quiere decir
que no
estaba haciendo lo que tenía que hacer. Cuando me dijiste que
tenías
dieciocho años, supuse que estabas en la universidad.
Parece
dirigir toda su evidente frustración contra sí mismo.
—Hace
apenas dos semanas que he cumplido los dieciocho —
contesto.
No sé
por qué he sentido la necesidad de aclarárselo. Después de
decirlo,
me doy cuenta de que parece como si le estuviera echando la
culpa.
Si ya se inculpa él solito, no hace falta que me enfade yo también.
Lo que
ha ocurrido es algo que ninguno de los dos podría haber previsto.
—Soy
profesor en prácticas —dice, para tratar de explicarme—, en
cierto
modo.
—¿En
cierto modo?
—Cuando
murieron mis padres, dupliqué todas mis clases. Ya tengo
suficientes
créditos para graduarme un semestre antes. Como en la escuela
faltaba
personal, me ofrecieron un contrato por un año. Me quedan tres
meses
más de prácticas y después tengo un contrato hasta junio del año
que
viene.
Presto
atención y asimilo todo lo que dice, aunque en realidad lo
único
que escucho es: «No podemos estar juntos... blablablá... no podemos
estar
juntos».
Me mira
a los ojos.
—Necesito
este trabajo, Lake. Hace tres años que me esfuerzo por
conseguirlo.
Estamos sin blanca. Mis padres me dejaron un montón de
deudas
y, además, los gastos de matrícula. No puedo renunciar ahora.
Aparta
la mirada, vuelve a apoyarse en el respaldo del asiento y se
pasa las
manos por el cabello.
—Ya lo
sé, Tom, y jamás te pediría que pusieras en peligro tu carrera.
Sería
absurdo echarla por la borda por alguien que sólo conoces desde
hace una
semana.
Sigue
mirando por la ventanilla del acompañante.
—No digo
que me lo vayas a pedir. Sólo quiero que entiendas cómo
he
llegado hasta aquí.
—Lo
comprendo —le digo—. Es ridículo suponer siquiera que haya
algo
entre nosotros que estemos poniendo en peligro.
Echa
otro vistazo a la nota que hay encima de mi consola y responde
en voz
baja:
—Los dos
sabemos que hay algo más que eso.
Sus
palabras me hacen estremecer, porque en el fondo sé que tiene
razón.
Lo que fuera que nos estuviera ocurriendo era algo más que un
mero
capricho pasajero. En este momento no alcanzo a comprender cómo
será que
te partan el corazón, pero, si produce aunque sólo sea un uno por
ciento
más de dolor del que siento ahora, prefiero renunciar al amor: no
vale la
pena.
Trato de
impedir que los ojos se me vuelvan a llenar de lágrimas,
pero es
inútil. Baja la pierna del tablero y me atrae hacia él. Hundo el
rostro
en su camisa, me rodea con el brazo y me frota la espalda con
suavidad.
—Lo
lamento muchísimo —dice—. Ojalá pudiera hacer algo para
cambiar
la situación. Tengo que hacer las cosas bien... por Bill. —El
contacto
físico entre nosotros parece más una despedida que un abrazo de
consuelo—.
No sé qué va a pasar ahora ni cómo vamos a hacer la
transición.
—¿Qué
transición? —De pronto me entra pánico ante la idea de
perderlo—.
Pero... ¿y si hablas con la escuela? Diles que no lo sabíamos.
Pregúntales
qué opciones tenemos...
A medida
que las palabras salen de mi boca, advierto que me estoy
aferrando
con desesperación a una esperanza. Es imposible que podamos
mantener
una relación en este momento.
—No
puedo, Lake —dice en voz baja—. No puede ser. No puede salir
bien.
Se oye
un portazo y Kel y Bill vienen dando saltos por el camino
de
entrada. De inmediato nos separamos y cambiamos de posición el
respaldo
de los asientos. Me apoyo en el reposacabezas y cierro los ojos,
mientras
trato de que se me ocurra alguna escapatoria para nuestra
situación.
Tiene que haber alguna.
Cuando
los niños han cruzado la calle y se encuentran a salvo en la
casa de
Tom, se vuelve hacia mí:
—¿Layken?
—dice con nerviosismo—. Hay algo más que te tengo
que
decir.
¡Dios
mío! ¿Algo más? ¿Qué otra cosa podrá ser relevante en este
momento?
—Necesito
que mañana vayas a secretaría y que te borres de mi clase.
Creo que
no deberíamos vernos más.
Siento
que me demudo y me pongo pálida. Me empiezan a sudar las
manos y
el coche se vuelve demasiado pequeño para los dos. Lo dice en
serio.
Lo que hubiese habido entre nosotros hasta ahora se ha acabado. Me
va a
dejar fuera de su vida por completo.
—¿Por
qué?
Ni
siquiera intento disimular el dolor que me produce.
Carraspea.
—Lo que
hay entre nosotros no es apropiado. Tenemos que
separarnos.
Mi dolor
no tarda en sucumbir a la ira que se acumula dentro de mí.
—¿Que no
es apropiado? ¿Que nos separemos? Pero ¡si vives
enfrente
de mi casa, Tom!
Abre la
puerta y se apea del coche. Lo imito y la cierro de un portazo.
—Los dos
tenemos la madurez suficiente para saber lo que es
apropiado.
Tú eres la única persona que conozco por aquí. Por favor, no
me pidas
que me comporte como si no te conociera —le suplico.
—¡Vamos,
Lake! Eso no es justo —dice con el mismo tono que yo y
me doy
cuenta de que le he tocado la fibra sensible—. No puedo hacer eso.
No
podemos ser sólo amigos y ésa es la única posibilidad que tenemos.
No puedo
evitar sentir que estamos pasando por una ruptura
espantosa,
cuando ni siquiera hemos tenido una relación. Estoy enfadada
conmigo
misma. Ignoro si sólo estoy disgustada por lo que acaba de
ocurrir
hoy o por toda mi vida a lo largo de este año.
Sólo sé
una cosa con certeza: que la única vez que me he sentido feliz
últimamente
ha sido estando con Tom. Oírle decir que ni siquiera podemos
ser
amigos me hace daño. Me asusta volver a ser como he sido estos
últimos
seis meses, alguien de quien no me siento orgullosa.
Abro la
puerta y cojo mi bolso y las llaves.
—Me
estás diciendo que es todo o nada, ¿verdad?, y, como
evidentemente
no puede ser todo... —Vuelvo a cerrar la puerta de golpe y
me
dirijo hacia mi casa—. ¡Te habrás librado de mí mañana antes de la
tercera
hora!
Mientras
lo digo, derribo al enano de un puntapié.
Entro en
casa y arrojo las llaves en dirección a la barra de la cocina
con
tanta fuerza que resbalan por toda la superficie y caen al suelo. Me
piso el
tacón de la bota con la punta y me la quito en la entrada de una
patada.
Entonces entra mi madre.
—¿Qué ha
pasado? —pregunta—. ¿Eras tú la que gritaba?
—Nada
—le digo—, no ha pasado nada. ¡Absolutamente nada!
Recojo
mis botas, voy a mi habitación y doy un portazo.
Cierro
la puerta con llave y voy derecha a la cesta de la ropa. La
levanto,
arrojo al suelo todo lo que contiene y reviso hasta dar con lo que
busco.
Introduzco la mano en el bolsillo de mis vaqueros y extraigo el clip
morado.
Me acerco a la cama, la abro y me echo encima. Cierro el puño
en torno
al clip, me llevo las manos a la cara y lloro hasta quedarme
dormida.
Despierto
a medianoche. Me quedo tumbada un momento con la
esperanza
de llegar a la conclusión de que todo ha sido una pesadilla, pero
no lo
consigo. Cuando me destapo, el clip se me cae de las manos y
aterriza
en el suelo. Aquel trocito de plástico es tan antiguo que debe de
estar
cubierto de pintura con plomo. Recuerdo cómo me sentí el día que
mi padre
me lo dio y que toda la tristeza y los temores desaparecieron en
cuanto
me lo puso en el pelo.
Me
agacho y lo recojo del suelo y lo aprieto en el centro para abrirlo
con un
chasquido. Muevo una parte de mi flequillo al lado contrario y me
pongo el
clip. Espero que la magia surta efecto, pero —no podía ser de
otra
manera— todo me sigue haciendo daño. Me quito el clip del pelo, lo
arrojo
al otro lado de la habitación y vuelvo a meterme en la cama.
HOLA!!! AQUI ESTA EL CUARTO COMO LO PROMETI ... SI MAÑANA ESTA LLENO DE COMENTARIOS AGREGO EN LA NOCHE SINO HASTA EL MARTES ... 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO Y FELIZ DOMINGO :))
No puede ser!
ResponderEliminarVirgi sube de una vez.
Quiero saber q pasara!
Me encanta esta novelada
ResponderEliminarSigue porfiss
Seguilaaa
ResponderEliminarMe encantoooo esta buenisimaaaaa
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