domingo, 6 de marzo de 2016

4 - PRIMERA PARTE

CAPITULO 4.-
I am sick of wanting,
And it’s evil how it’s got me,
And every day is worse
Than the one before.
TRADUCCION: «Estoy harto de desear / —es horrible lo fuerte que me ha dado— / y cada día es peor / que el anterior.»

Tom apoya la espalda contra las taquillas. Tiene los pies y los brazos
cruzados y mira al suelo. La revelación me ha cogido tan de improviso
que casi no puedo mantenerme erguida. Me dirijo a la pared de enfrente y
me afirmo en ella.
—¿Yo? —respondo—. ¿Cómo es posible que no mencionaras que
eres profesor? Y ¿cómo puedes serlo, si sólo tienes veintiún años?
—Mira, Layken... —dice sin hacer caso a mis preguntas.
No me ha llamado «Lake».
—Me parece que ha habido un gran malentendido entre nosotros. —
No me mira a los ojos mientras habla—. Tenemos que hablar, pero, sin
duda, éste no es el momento oportuno.
—De acuerdo —digo.
Quisiera añadir algo más, pero no puedo. Posiblemente, me echaría a
llorar.
Se abre la puerta del aula de Tom y aparece Eddie. Ruego, de forma
egoísta, que ella también esté equivocada: espero que ésa no sea mi
asignatura optativa.
—Venía a buscarte, Layken —me dice—. Te he guardado un asiento.
—Mira a Tom y otra vez a mí y se da cuenta de que ha interrumpido una
conversación—. Perdón, señor Kaulitz; no sabía que estuviera aquí fuera.
—Está bien, Eddie. Sólo repasaba su horario con Layken.
Después de decirlo se dirige hacia el aula y sostiene la puerta para
que entremos las dos.
Sigo a Eddie a regañadientes, entro sorteando a Tom y me dirijo al
único asiento vacío que queda en la clase, justo delante del escritorio del
profesor. No sé qué voy a hacer para quedarme toda la hora en esta aula.
Las paredes no dejan de moverse cuando trato de concentrarme, de modo
que cierro los ojos. Necesito agua.
—¿Quién es la tía buena? —pregunta el chaval que sé que se llama
Javier. —¡Calla, Javi! —dice Tom con brusquedad, mientras se dirige a su
escritorio con una pila de papeles en la mano.
Varios alumnos lanzan una pequeña exclamación de asombro ante su
reacción. Supongo que Tom tampoco está hoy como de costumbre.
—¡Tranquilo, señor Kaulitz! Sólo se lo decía como un cumplido.
Está buena. Fíjese.
Al decirlo, Javi se echa atrás en su silla y me observa.
—¡Vete, Javi! —ordena Tom y señala la puerta del aula.
—¡Joder, señor Kaulitz! ¿Qué le pasa al profe? Como ya le he dicho,
yo sólo...
—Como he dicho yo, ¡vete! ¡En mi clase nadie falta al respeto a las
mujeres!
Javi coge sus libros y replica:
—De acuerdo. ¡Les faltaré al respeto en el pasillo!
Cuando la puerta se cierra tras él, lo único que se oye en el aula es el
lejano tictac del segundero del reloj que hay encima de la pizarra. Aunque
no me dé la vuelta, siento la mayor parte de los ojos de la clase clavados
en mí, esperando alguna reacción. Ya no me resulta fácil pasar
desapercibida.
—Clase, tenemos una nueva alumna. Su nombre es Layken Cohen —
dice Tom, tratando de aflojar la tensión—. Se ha acabado el repaso.
Guardad vuestros apuntes.
—¿No le va a pedir que se presente? —pregunta Eddie.
—Lo dejaremos para otro momento. —Tom levanta una pila de
papeles—. Ahora tenemos examen.
Me alegro de que Tom me haya ahorrado el tener que ponerme al
frente de la clase y hablar. Es lo último que sería capaz de hacer en este
momento. Siento como si tuviera en la garganta una bola de algodón que
trato infructuosamente de tragar.
—Lake... —Tom vacila y después carraspea, al advertir su error—.
Layken, si tienes alguna otra cosa que hacer, adelante. La clase tiene que
realizar un examen sobre el capítulo.
—Prefiero hacer el examen —digo.
Tengo que concentrarme en algo.
Tom me entrega un cuestionario y, durante el tiempo que tardo en
completarlo, hago todo lo posible por concentrarme exclusivamente en
las preguntas, con la esperanza de encontrar una tregua en mi nueva
realidad. Acabo bastante rápido, pero sigo borrando y reescribiendo las
respuestas para no tener que hacer frente a lo evidente: que el tío del cual
me estoy enamorando resulta ser profesor mío.
Cuando suena el timbre de salida, observo al resto de la clase, que
pasa en fila junto al escritorio de Tom y deposita los exámenes boca abajo
en una pila. Eddie deja el suyo y se acerca a mi pupitre.
—¿Qué tal? ¿Has logrado que te cambiaran el turno del comedor?
—Sí —le contesto.
—¡Guay! Te guardo un sitio —dice. Se detiene frente al escritorio de
Tom y él levanta la vista para mirarla. Ella extrae una lata roja de su bolso,
saca un puñado de pastillas, las deja sobre su escritorio y dice—: Pastillas
de menta.
Tom las observa sin entender.
—Me limito a hacer una suposición —susurra, aunque bastante alto
para que yo la oiga—, pero he oído que las pastillas de menta van muy
bien para la resaca.
Le acerca las pastillas y, una vez más, se marcha como si tal cosa.
Entonces sólo quedamos Tom y yo en el aula. Tengo tantas ganas de
hablar con él, tantas preguntas que hacerle..., pero sé que no es buen
momento. Cojo mi examen, me acerco a su escritorio y lo coloco en lo
alto de la pila.
—¿Tanto se me nota el mal humor? —pregunta.
Sigue mirando fijamente las pastillas de menta que están encima de su
escritorio; le cojo dos y salgo del aula sin responder.
Mientras trato de orientarme por los pasillos para encontrar el aula
de mi cuarta hora, veo un cuarto de baño y me escabullo allí enseguida.
Decido pasar el resto de la hora y todo el almuerzo en el compartimento
del lavabo. Me siento culpable —sé que Eddie me espera—, pero no estoy
en condiciones de hablar con nadie en este momento. En cambio, me paso
todo el tiempo leyendo y releyendo lo que hay escrito en las paredes del
compartimento y espero poder superar de algún modo el resto del día sin
echarme a llorar.
Tengo un recuerdo borroso de mis dos últimas clases y además, por
suerte, ninguno de los profesores demuestra tampoco el menor interés por
mí. No hablo con nadie ni nadie me dirige la palabra. No tengo ni idea de
si me han puesto deberes. Toda esta situación me absorbe por completo.
Voy hacia el coche buscando las llaves en mi bolso. Las extraigo y
trato de introducirlas en la cerradura, pero me tiemblan tanto las manos
que se me caen al suelo. Cuando subo al coche, ni me doy tiempo para
reflexionar antes de poner la marcha atrás y dirigirme a casa. En lo único
que quiero pensar en este momento es en mi cama.
Cuando me detengo en la entrada, apago el motor y espero. No
quiero encontrarme con Kel ni con mi madre todavía, de modo que echo
atrás el asiento, me tapo los ojos con los brazos y empiezo a llorar. Lo
repito todo una y otra vez en mi cabeza. ¿Cómo es posible que pasara una
velada entera con él sin enterarme de que era profesor? ¿Cómo es posible
que algo tan importante como su ocupación no surgiera en la
conversación? O, mejor aún, ¿cómo pude hablar tanto sin llegar a decirle
que todavía estaba en el instituto? ¡Con todo lo que le había contado de mí
misma! Siento que es lo que me merezco por haber dejado caer por fin
mis murallas.
Me seco los ojos con la manga y trato de ocultar las lágrimas.
Últimamente he aprendido a hacerlo bastante bien. Hasta hace seis meses,
casi no había tenido motivos para llorar. Cuando vivía en Texas, todo era
sencillo: hacía mis cosas, tenía un grupo numeroso de amigos, una escuela
que me gustaba mucho y hasta un hogar que me encantaba. Lloré mucho
las semanas siguientes a la muerte de mi padre, hasta que me di cuenta de
que ni Kel ni mi madre podrían superarla mientras no lo hiciera yo.
Empecé a esforzarme deliberadamente por participar más en la vida de
Kel. Nuestro padre también era su mejor amigo por aquel entonces y me
da la impresión de que fue Kel quien más perdió de los tres. Me interesé
por el béisbol infantil, sus clases de kárate y hasta la rama de los Lobatos
escultistas: todas las cosas que mi padre solía compartir con él. Nos
mantuvo ocupados tanto a Kel como a mí y, al final, el dolor empezó a
disminuir.
Hasta el día de hoy.
Un golpecito en la ventanilla del acompañante me devuelve a la
realidad. No quiero hacerle caso. No quiero ver a nadie y mucho menos
hablar con nadie. Me fijo y veo que hay alguien allí de pie: lo único visible
es su torso... y el distintivo de profesor.
Bajo la visera parasol y me miro en el espejo para limpiarme el
rímel. Miro por la ventanilla del conductor y presiono el botón automático
para quitar el seguro de la puerta, mientras me concentro en el enano de
jardín descalabrado y que me mira a su vez con una sonrisita petulante.
Tom se sube al asiento del acompañante y cierra la puerta. Baja unos
centímetros el respaldo del asiento y suspira, pero no dice nada. Creo que
ninguno de los dos sabe ya qué decir. Lo miro y veo su pie apoyado en el
tablero. Está tenso contra el respaldo y tiene los brazos cruzados. Mira
fijamente la nota que escribió esta mañana y que sigue encima de mi
consola. Supongo que ha llegado a las cuatro, después de todo.
—¿Qué piensas? —pregunta.
Subo la pierna derecha al asiento y la abrazo.
—Estoy hecha un lío, Tom, y no sé qué pensar.
Suspira y se vuelve para mirar por la ventanilla del acompañante.
—Perdón. Es todo culpa mía —dice.
—No es culpa de nadie —replico—. Para que haya culpa, tiene que
haber una decisión consciente y tú no lo sabías, Tom.
Se incorpora y se vuelve hacia mí. Ha desaparecido de sus ojos la
expresión juguetona que me cautivó.
—Es que de eso se trata, Lake: yo debería haberlo sabido. Mi
ocupación no sólo requiere una ética dentro del aula, sino que se ha de
aplicar a todos los aspectos de mi vida. Si no me di cuenta, quiere decir
que no estaba haciendo lo que tenía que hacer. Cuando me dijiste que
tenías dieciocho años, supuse que estabas en la universidad.
Parece dirigir toda su evidente frustración contra sí mismo.
—Hace apenas dos semanas que he cumplido los dieciocho —
contesto.
No sé por qué he sentido la necesidad de aclarárselo. Después de
decirlo, me doy cuenta de que parece como si le estuviera echando la
culpa. Si ya se inculpa él solito, no hace falta que me enfade yo también.
Lo que ha ocurrido es algo que ninguno de los dos podría haber previsto.
—Soy profesor en prácticas —dice, para tratar de explicarme—, en
cierto modo.
—¿En cierto modo?
—Cuando murieron mis padres, dupliqué todas mis clases. Ya tengo
suficientes créditos para graduarme un semestre antes. Como en la escuela
faltaba personal, me ofrecieron un contrato por un año. Me quedan tres
meses más de prácticas y después tengo un contrato hasta junio del año
que viene.
Presto atención y asimilo todo lo que dice, aunque en realidad lo
único que escucho es: «No podemos estar juntos... blablablá... no podemos
estar juntos».
Me mira a los ojos.
—Necesito este trabajo, Lake. Hace tres años que me esfuerzo por
conseguirlo. Estamos sin blanca. Mis padres me dejaron un montón de
deudas y, además, los gastos de matrícula. No puedo renunciar ahora.
Aparta la mirada, vuelve a apoyarse en el respaldo del asiento y se
pasa las manos por el cabello.
—Ya lo sé, Tom, y jamás te pediría que pusieras en peligro tu carrera.
Sería absurdo echarla por la borda por alguien que sólo conoces desde
hace una semana.
Sigue mirando por la ventanilla del acompañante.
—No digo que me lo vayas a pedir. Sólo quiero que entiendas cómo
he llegado hasta aquí.
—Lo comprendo —le digo—. Es ridículo suponer siquiera que haya
algo entre nosotros que estemos poniendo en peligro.
Echa otro vistazo a la nota que hay encima de mi consola y responde
en voz baja:
—Los dos sabemos que hay algo más que eso.
Sus palabras me hacen estremecer, porque en el fondo sé que tiene
razón. Lo que fuera que nos estuviera ocurriendo era algo más que un
mero capricho pasajero. En este momento no alcanzo a comprender cómo
será que te partan el corazón, pero, si produce aunque sólo sea un uno por
ciento más de dolor del que siento ahora, prefiero renunciar al amor: no
vale la pena.
Trato de impedir que los ojos se me vuelvan a llenar de lágrimas,
pero es inútil. Baja la pierna del tablero y me atrae hacia él. Hundo el
rostro en su camisa, me rodea con el brazo y me frota la espalda con
suavidad.
—Lo lamento muchísimo —dice—. Ojalá pudiera hacer algo para
cambiar la situación. Tengo que hacer las cosas bien... por Bill. —El
contacto físico entre nosotros parece más una despedida que un abrazo de
consuelo—. No sé qué va a pasar ahora ni cómo vamos a hacer la
transición.
—¿Qué transición? —De pronto me entra pánico ante la idea de
perderlo—. Pero... ¿y si hablas con la escuela? Diles que no lo sabíamos.
Pregúntales qué opciones tenemos...
A medida que las palabras salen de mi boca, advierto que me estoy
aferrando con desesperación a una esperanza. Es imposible que podamos
mantener una relación en este momento.
—No puedo, Lake —dice en voz baja—. No puede ser. No puede salir
bien.
Se oye un portazo y Kel y Bill vienen dando saltos por el camino
de entrada. De inmediato nos separamos y cambiamos de posición el
respaldo de los asientos. Me apoyo en el reposacabezas y cierro los ojos,
mientras trato de que se me ocurra alguna escapatoria para nuestra
situación. Tiene que haber alguna.
Cuando los niños han cruzado la calle y se encuentran a salvo en la
casa de Tom, se vuelve hacia mí:
—¿Layken? —dice con nerviosismo—. Hay algo más que te tengo
que decir.
¡Dios mío! ¿Algo más? ¿Qué otra cosa podrá ser relevante en este
momento?
—Necesito que mañana vayas a secretaría y que te borres de mi clase.
Creo que no deberíamos vernos más.
Siento que me demudo y me pongo pálida. Me empiezan a sudar las
manos y el coche se vuelve demasiado pequeño para los dos. Lo dice en
serio. Lo que hubiese habido entre nosotros hasta ahora se ha acabado. Me
va a dejar fuera de su vida por completo.
—¿Por qué?
Ni siquiera intento disimular el dolor que me produce.
Carraspea.
—Lo que hay entre nosotros no es apropiado. Tenemos que
separarnos.
Mi dolor no tarda en sucumbir a la ira que se acumula dentro de mí.
—¿Que no es apropiado? ¿Que nos separemos? Pero ¡si vives
enfrente de mi casa, Tom!
Abre la puerta y se apea del coche. Lo imito y la cierro de un portazo.
—Los dos tenemos la madurez suficiente para saber lo que es
apropiado. Tú eres la única persona que conozco por aquí. Por favor, no
me pidas que me comporte como si no te conociera —le suplico.
—¡Vamos, Lake! Eso no es justo —dice con el mismo tono que yo y
me doy cuenta de que le he tocado la fibra sensible—. No puedo hacer eso.
No podemos ser sólo amigos y ésa es la única posibilidad que tenemos.
No puedo evitar sentir que estamos pasando por una ruptura
espantosa, cuando ni siquiera hemos tenido una relación. Estoy enfadada
conmigo misma. Ignoro si sólo estoy disgustada por lo que acaba de
ocurrir hoy o por toda mi vida a lo largo de este año.
Sólo sé una cosa con certeza: que la única vez que me he sentido feliz
últimamente ha sido estando con Tom. Oírle decir que ni siquiera podemos
ser amigos me hace daño. Me asusta volver a ser como he sido estos
últimos seis meses, alguien de quien no me siento orgullosa.
Abro la puerta y cojo mi bolso y las llaves.
—Me estás diciendo que es todo o nada, ¿verdad?, y, como
evidentemente no puede ser todo... —Vuelvo a cerrar la puerta de golpe y
me dirijo hacia mi casa—. ¡Te habrás librado de mí mañana antes de la
tercera hora!
Mientras lo digo, derribo al enano de un puntapié.
Entro en casa y arrojo las llaves en dirección a la barra de la cocina
con tanta fuerza que resbalan por toda la superficie y caen al suelo. Me
piso el tacón de la bota con la punta y me la quito en la entrada de una
patada. Entonces entra mi madre.
—¿Qué ha pasado? —pregunta—. ¿Eras tú la que gritaba?
—Nada —le digo—, no ha pasado nada. ¡Absolutamente nada!
Recojo mis botas, voy a mi habitación y doy un portazo.
Cierro la puerta con llave y voy derecha a la cesta de la ropa. La
levanto, arrojo al suelo todo lo que contiene y reviso hasta dar con lo que
busco. Introduzco la mano en el bolsillo de mis vaqueros y extraigo el clip
morado. Me acerco a la cama, la abro y me echo encima. Cierro el puño
en torno al clip, me llevo las manos a la cara y lloro hasta quedarme
dormida.
Despierto a medianoche. Me quedo tumbada un momento con la
esperanza de llegar a la conclusión de que todo ha sido una pesadilla, pero
no lo consigo. Cuando me destapo, el clip se me cae de las manos y
aterriza en el suelo. Aquel trocito de plástico es tan antiguo que debe de
estar cubierto de pintura con plomo. Recuerdo cómo me sentí el día que
mi padre me lo dio y que toda la tristeza y los temores desaparecieron en
cuanto me lo puso en el pelo.
Me agacho y lo recojo del suelo y lo aprieto en el centro para abrirlo
con un chasquido. Muevo una parte de mi flequillo al lado contrario y me
pongo el clip. Espero que la magia surta efecto, pero —no podía ser de
otra manera— todo me sigue haciendo daño. Me quito el clip del pelo, lo

arrojo al otro lado de la habitación y vuelvo a meterme en la cama.



HOLA!!! AQUI ESTA EL CUARTO COMO LO PROMETI ... SI MAÑANA ESTA LLENO DE COMENTARIOS AGREGO EN LA NOCHE SINO HASTA EL MARTES ... 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO Y FELIZ DOMINGO :))

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