domingo, 28 de febrero de 2016

1 - PRIMERA PARTE

CAPITULO 1:
I’m as nowhere as I can be,
Could you add some somewhere to me?1
Salina, THE AVETT BROTHERS
TRADUCCION: «Estoy en medio de la nada —más, imposible—, / pero ¿podrías añadirme un poco más de
nada?»
THE AVERT BROTHERS

Kel y yo metemos en el camión de alquiler para mudanzas las dos últimas
cajas. Cuando deslizo la puerta y la cierro con el seguro, estoy guardando
bajo llave los recuerdos de dieciocho años, todos los cuales incluyen a mi
padre. Han pasado seis meses desde su muerte, bastante lejana para que mi
hermano Kel, de nueve años, no llore cada vez que hablamos de él, pero a
la vez bastante reciente para obligarnos a aceptar las secuelas financieras
que acarrea para una familia que, como ahora es monoparental, no se
puede permitir el lujo de seguir viviendo en Texas, en la única casa que he
conocido.
—Vamos, Lake, no seas tan pesimista —dice mi madre cuando me
entrega las llaves de la casa—. Me parece que Michigan te gustará mucho.
Jamás me llama por mi nombre legítimo. Mi padre y ella tardaron
nueve meses en decidir el nombre que me pondrían: a ella le gustaba
«Layla», por la canción de Eric Clapton, y a mi padre, «Kennedy», por
algún Kennedy.
«No importa cuál de los Kennedy —solía decir—: ¡me gustan todos!»
Yo tenía casi tres días cuando el hospital los obligó a tomar una
decisión. Aceptaron coger las tres primeras letras de cada nombre y quedó
«Layken», aunque ninguno de los dos me llamó nunca así.
Remedo el tono de mi madre:
—Vamos, mamá, ¡no seas tan optimista! Michigan no me va a gustar
nada.
Mi madre siempre ha sido capaz de transmitir todo un sermón con
una sola mirada. Recibo esa mirada.
Subo los escalones del porche y entro a dar un repaso antes de cerrar
con llave por última vez. En todas las habitaciones hay un vacío
inquietante. No tengo la impresión de estar recorriendo la casa en la que
he vivido desde que nací. Los seis últimos meses han sido un torbellino de
emociones, todas negativas. Que nos fuéramos de aquella casa era
inevitable —me doy cuenta—, pero esperaba quedarme hasta acabar el
instituto.
Me detengo en lo que ya no será más nuestra cocina y vislumbro un
clip de plástico de color morado que asoma por debajo del armario, en el
lugar donde solía estar la nevera. Lo recojo, le quito el polvo y jugueteo
con él metiéndomelo entre los dedos.
«Te volverá a crecer», me dijo mi padre.
Yo tenía cinco años. Mi madre había dejado las tijeras de podar en la
repisa del cuarto de baño y, por lo visto, hice lo que suelen hacer la
mayoría de los niños de esa edad: me corté el pelo.
«Mamá se va a enfadar mucho conmigo», lloriqueé.
Yo pensaba que, si me cortaba el pelo, volvería a crecer de inmediato
y nadie se daría cuenta. Me corté un trozo bastante ancho del flequillo y
me quedé sentada delante del espejo como una hora, esperando que
volviera a crecer. Recogí del suelo los cabellos castaños lisos y los
sostuve en la mano, tratando de encontrar una forma de volver a
pegármelos en la cabeza, y después me eché a llorar.
Cuando mi padre entró en el cuarto de baño y vio lo que había hecho,
se limitó a reír, me cogió en brazos y me sentó sobre la repisa.
«Mamá no se va a dar cuenta, Lake —prometió, mientras retiraba
algo del botiquín—. Por casualidad, guardo aquí algo de magia. —Abrió
la palma de la mano y me mostró el clip morado—. Mientras lo lleves en
el pelo, tu madre no se enterará. —Me cepilló el pelo que quedaba y puso
el clip en su sitio. A continuación me volvió de cara al espejo—. ¿Lo ves?
¡Ni se nota!»
Observé nuestra imagen reflejada en el espejo y me sentí la niña más
afortunada del mundo: no conocía a ningún otro padre que tuviera clips
mágicos.
Llevé aquella horquilla en el pelo todos los días durante dos meses y
mi madre no la mencionó ni una sola vez. Ahora que lo pienso, supongo
que él debió de contarle lo ocurrido, pero, a los cinco años, yo creía en su
magia.
Físicamente, me parezco más a mi madre que a él. Las dos somos de
mediana estatura. Como ha pasado dos embarazos, mis vaqueros no le
caben, pero podemos compartir casi todo lo demás. Las dos tenemos el
cabello castaño que, según el clima, puede quedar liso u ondulado. Sus
ojos son de un esmeralda más intenso que los míos, aunque tal vez sólo
destaquen más por la palidez de su cutis.
Salí a mi padre en muchos aspectos importantes. Teníamos el mismo
sentido del humor cáustico, el mismo carácter, la misma pasión por la
música, la misma risa. Kel es totalmente distinto. Se parece físicamente a
nuestro padre, con su cabello rubio ceniza y sus facciones suaves. Es más
bien menudo para sus nueve años, pero compensa la falta de estatura con
su personalidad.
Me acerco al fregadero, abro el grifo y friego con el pulgar los trece
años de mugre acumulada en el clip. Kel entra en la cocina caminando
hacia atrás justo cuando me estoy secando las manos en los vaqueros. Es
un niño extraño, pero lo quiero muchísimo. Le gusta jugar a algo que él
llama «el día invertido», durante el cual se pasa casi todo el tiempo
caminando hacia atrás, hablando al revés y hasta empezando a comer por
el postre. Supongo que, como hay tanta diferencia de edad entre él y yo y
al no tener más hermanos, necesita encontrar alguna forma de

entretenerse.
—¡Prisa des te que mamá dice, Layken! —dice, invirtiendo el orden
de la frase.
Me guardo la horquilla en el bolsillo de los vaqueros, salgo y cierro
con llave la puerta de casa por última vez.
En el transcurso de los días siguientes, mi madre y yo nos turnamos
para conducir mi todoterreno y el camión de mudanzas y sólo paramos
dos veces en un hotel para dormir. Kel nos acompaña alternativamente a
ella y a mí y el último día viaja conmigo en el camión. Completamos
durante la noche el agotador tramo final de nueve horas y sólo nos
detenemos una vez para hacer un breve descanso. A medida que nos
acercamos a nuestra nueva ciudad, Ypsilanti, presto atención a mi entorno
y al hecho de que, aunque estamos en septiembre, tengo encendida la
calefacción. No cabe duda de que tendré que cambiar mi vestimenta.
Cuando giro por última vez a la derecha para entrar en nuestra calle,
el GPS me comunica que «ha llegado a su destino».
—Mi destino —río en voz alta para mí misma.
Mi GPS no tiene ni idea.
La calle sin salida no es muy larga y está bordeada por unas ocho
casas de ladrillo de una sola planta a cada lado. Hay una canasta de
baloncesto en la entrada de una de las casas, lo cual me hace concebir
esperanzas de que Kel encuentre a alguien con quien jugar. La verdad es
que parece un barrio agradable. Los jardines tienen el césped cuidado y las
aceras están limpias, aunque hay mucho hormigón. Demasiado. Ya echo de
menos mi casa.
Nuestro nuevo casero nos ha enviado fotos por correo electrónico,
de modo que enseguida me doy cuenta de cuál es nuestra casa. Es pequeña.
¡Muy pequeña! La de Texas era un chalet estilo californiano con
muchísimo terreno. La ínfima porción de tierra que rodea esta casa está
ocupada, prácticamente, por hormigón y enanos de jardín. La puerta
principal permanece abierta y veo a un señor mayor —el propietario,
supongo— que sale y nos hace gestos con la mano.
Avanzo como cincuenta metros por delante de la casa para poder
subir marcha atrás hacia la entrada, de modo que la parte posterior del
camión quede delante de la puerta. Antes de poner la palanca de cambios
en marcha atrás, alargo el brazo y sacudo a Kel para despertarlo. Lleva
durmiendo como un lirón desde Indiana.
—Despierta, Kel —susurro—. Hemos llegado a nuestro destino.
Estira las piernas y bosteza; después apoya la frente en la ventanilla
para echar un vistazo a nuestra nueva casa.
—¡Mira! ¡Hay un niño en el jardín! —dice Kel—. ¿Vivirá también
con nosotros?
—Espero que no —respondo—. Supongo que es un vecino. Baja y ve
a presentarte mientras acomodo el vehículo.
Cuando consigo colocar el camión en el sitio correcto, pongo la
palanca de cambios en punto muerto, bajo las ventanillas y apago el
motor. Mi madre detiene el todoterreno a mi lado y la observo apearse y
saludar al casero. Me encojo unos cuantos centímetros en el asiento y
apoyo el pie en el salpicadero, mientras observo a Kel y a su nuevo
amigo, que luchan con espadas imaginarias en la calle. ¡Qué envidia! Me
da envidia que acepte la mudanza con tanta facilidad, mientras yo quedo
como la hija enfadada y resentida.
Al principio, cuando mamá decidió que nos mudábamos, se disgustó,
sobre todo porque estaba en plena temporada de la liga de béisbol infantil.
Tenía amigos a los que echaría de menos, pero, a los nueve años, tu mejor
amigo suele ser imaginario y transatlántico. Mi madre lo consoló
enseguida con la promesa de que podría apuntarse a hockey, algo que él
quería hacer en Texas, aunque era un deporte difícil de encontrar en el sur
rural. Cuando ella se lo prometió, él se mostró contento, incluso entusiasmado, con la idea de venir a Michigan.
Entiendo que tuviéramos que mudarnos. Mi padre se ganaba bastante
bien la vida dirigiendo una tienda de pinturas. Mi madre trabajaba a
discreción como enfermera, cuando hacía falta, pero sobre todo se
ocupaba de la casa y de nosotros. Como un mes después de la muerte de
mi padre, consiguió un trabajo de jornada completa. Observé el efecto que
producía en ella el estrés por la muerte de mi padre, sumado al hecho de
ser la nueva jefa de la familia.
Una noche, durante la cena, nos explicó que no cobraba lo suficiente
para seguir pagando las facturas y la hipoteca. Dijo que había un trabajo
con el que podría ganar más, pero que tendríamos que mudarnos. Se lo
había ofrecido Brenda, una vieja amiga del instituto. Habían crecido juntas
en la ciudad natal de mi madre, Ypsilanti, justo a las afueras de Detroit. Le
pagaban más de lo que podía conseguir en Texas, de modo que no tenía
más remedio que aceptar. No la culpo por la mudanza. Mis abuelos han
fallecido y no tiene a nadie que la ayude. Comprendo que tuviéramos que
cambiar de casa, pero comprender algo no siempre lo facilita.
—Layken, ¡date por muerta! —grita Kel por la ventanilla abierta,
mientras me atraviesa el cuello con su espada imaginaria. Se queda
esperando que me desplome, pero me limito a poner los ojos en blanco—.
Te he clavado mi espada. ¡Te tienes que morir!
—Aunque no te lo creas, ya estoy muerta —farfullo, mientras abro la
puerta y me apeo.
Kel deja caer los hombros y baja la vista al hormigón, con la espada
imaginaria mustia a un lado del cuerpo. Tras él, su nuevo amigo pone la
misma cara de derrotado. Me arrepiento enseguida de haberles transmitido
mi mal humor.
—Ya estoy muerta —digo, poniendo voz de monstruo lo mejor que
puedo—, ¡porque soy una zombi!
Cuando extiendo los brazos hacia delante, inclino la cabeza a un lado
y gorgoteo, empiezan a chillar.
—¡Cerebros! —mascullo y echo a andar tras ellos con las piernas
rígidas alrededor del camión—. ¡Cerebros!
Rodeo lentamente la parte delantera del vehículo con los brazos
extendidos al frente y advierto que alguien coge a mi hermano y a su
nuevo amigo por el cuello de la camiseta.
—¡Aquí los tienes! —grita el desconocido, sujetando a los dos niños
que chillan.
Parece un par de años mayor que yo y es bastante más alto. La
mayoría de las chicas dirían que está como un queso, pero yo no soy
como la mayoría. Los chavales agitan los brazos y a él se le notan los
músculos bajo la camisa mientras se esfuerza por mantenerlos agarrados.
Al contrario de lo que ocurre con Kel y conmigo, no cabe duda de
que ellos dos son hermanos. Dejando aparte la evidente diferencia de edad,
son idénticos. Los dos tienen la piel tersa y aceitunada, el cabello negro
azabache y hasta el mismo corte de pelo muy corto. Ríe cuando Kel se
suelta y empieza a apuñalarlo con su supuesta espada. Me mira y,
moviendo los labios, dice «Socorro». Entonces caigo en la cuenta de que
me he quedado paralizada con mi pose de zombi.
Mi primera reacción habría sido volver a meterme en el camión de
mudanzas y esconderme en el suelo por el resto de mi vida, pero en
cambio aúllo «¡Cerebros!» una vez más y arremeto contra el niño más
pequeño con la intención de morderle la coronilla. Agarro a Kel y a su
amiguito y empiezo a hacerles cosquillas hasta que los dos se dejan caer
uno encima del otro sobre la entrada de hormigón.
Cuando me enderezo, el hermano mayor me tiende la mano.
—Hola, me llamo Tom. Vivimos enfrente —dice y señala la casa que
queda justo frente a la nuestra.
Le estrecho la mano.
—Soy Layken y supongo que vivo aquí —respondo y echo un vistazo
a la casa que tengo a mis espaldas.
Sonríe. El apretón de manos se prolonga y ninguno de los dos dice
nada. ¡Cómo detesto las situaciones embarazosas!
—Vale, bienvenidos a Ypsilanti —dice, separa la mano de la mía y se
la mete en el bolsillo de la chaqueta—. Y ¿de dónde venís?
—¿De Texas? —respondo.
No sé por qué doy a mi respuesta la entonación de una pregunta. Ni
siquiera sé por qué me estoy cuestionando que parezca una pregunta.
Tampoco sé por qué estoy analizando el motivo por el cual estoy
analizando. Me aturullo. Debe de ser por la falta de sueño de estos tres
últimos días.
—Conque de Texas, ¿eh? —dice.
Se balancea sobre los talones. La incomodidad aumenta cuando no
respondo. Baja la mirada hacia su hermano, se agacha y lo coge por los
tobillos.
—Tengo que llevar a este jovencito a la escuela —dice, mientras lo
columpia y se lo sube a los hombros—. Esta noche llega un frente frío. Os
conviene descargar hoy todo lo que podáis. Dicen que durará unos cuantos
días, de modo que, si esta tarde necesitáis ayuda, avisadme. Estaremos de
vuelta a eso de las cuatro.
—Vale, gracias —le digo.
Cruzan la calle y, mientras los sigo mirando, Kel me clava la espada
en la parte baja de la espalda. Caigo de rodillas, apretándome el estómago
con las manos, y, cuando me inclino hacia delante, se me sube encima para
liquidarme. Vuelvo a echar una ojeada a la otra acera y veo que Tom nos
observa. Cierra la puerta del lado de su hermano, da la vuelta al coche
hasta el lado del conductor y saluda con la mano.

Descargar todas las cajas y los muebles nos lleva la mayor parte del
día. El casero nos ayuda a mover las cosas más grandes que mi madre y
yo no podemos levantar solas. Estamos demasiado cansadas para
ocuparnos de las cajas que hay en el todoterreno y acordamos dejarlo para
mañana. Me decepciona un poco ver el camión de mudanzas vacío por fin,
porque ya no tengo excusa para pedir ayuda a Tom.
En cuanto la cama está montada, empiezo a retirar de la entrada las
cajas que llevan escrito mi nombre. Cuando he vaciado la mayoría de ellas
y he hecho mi cama, advierto que los muebles de mi dormitorio proyectan
sombras en las paredes. Miro por la ventana y veo que el sol se está
poniendo. O aquí los días son mucho más cortos o he perdido la noción
del tiempo.
Encuentro a mi madre y a Kel en la cocina, acomodando la vajilla en
los armarios. Me encaramo a una de las seis sillas altas de la barra, que
sirve también como mesa de comedor, porque aquí no hay una habitación
para comer. A esta casa le faltan muchas cosas. Al entrar por la puerta
principal, hay un pequeño recibidor y, a continuación, la sala de estar, que
sólo está separada de la cocina por un pasillo a la izquierda y una ventana
a la derecha. Donde acaba la moqueta beis de la sala de estar empieza el
suelo de madera del resto de la casa.
—Aquí todo está limpísimo —dice mi madre, mientras sigue
colocando los platos—. No he visto ni un solo insecto.
En Texas hay más insectos que hierba. Cuando no estás espantando
moscas a manotazos, estás matando avispas.
—Por lo menos en Michigan hay una cosa buena, ¿no? —respondo.
Abro la caja de pizza que tengo delante y paso revista a la selección.
—¿Una sola? —Me guiña un ojo, se inclina por encima de la barra,
coge un pepperoni y se lo mete en la boca—. Yo diría que, como mínimo,
hay dos.
Me hago la desentendida.
—Te he visto hablando con aquel chico esta mañana —dice
sonriendo.
—¡Mamá, por favor! —respondo con toda la indiferencia que soy
capaz de fingir—. Estoy segura de que no nos llevaremos ninguna
sorpresa al ver que Texas no es el único estado con habitantes del sexo
masculino.
Voy a la nevera y cojo un refresco.
—¿Qué quiere decir conabitantes? —pregunta Kel.
—Son dos palabras: «con» y «habitantes» —lo corrijo—. Quiere
decir que allí están, residen, existen, moran, subsisten, viven.
Se nota que mis cursos de preparación para el bachillerato han valido
la pena.
—Ah, entonces ¿nosotros somos conabitantes de Ypsilanti? —
pregunta.
—Habitantes —vuelvo a corregirlo. Acabo mi porción de pizza y
bebo otro trago de refresco—. Estoy molida. Me voy a la cama.
—¿Eso significa que vas a ser conabitante de tu dormitorio? —dice
Kel.
—¡Qué rápido aprendes, pequeño saltamontes!
Me agacho para darle un beso en la coronilla y me retiro a mi
habitación.
Resulta muy agradable meterse bajo las mantas. Al menos mi cama
me resulta familiar. Cierro los ojos y trato de imaginar que estoy en mi
antiguo dormitorio. Mi antiguo y cálido dormitorio. Las sábanas y la
almohada están congeladas, de modo que me tapo la cabeza con las mantas
para generar algo de calor. Mañana por la mañana, en cuanto me levante,
tengo que acordarme de localizar el termostato.
Eso es exactamente lo que me dispongo a hacer cuando bajo de la
cama y apoyo los pies descalzos en el suelo gélido. Cojo un jersey del
armario, me lo pongo encima del pijama y busco en vano unos calcetines.
Me desplazo sigilosamente por el corredor de puntillas, tratando de no
despertar a nadie y, al mismo tiempo, de apoyar la menor superficie
posible del pie en la madera fría. Cuando paso junto al dormitorio de Kel,
diviso en el suelo sus zapatillas de Darth Vader. Entro a hurtadillas, me las
pongo —¡qué alivio!, ¡por fin!— y me dirijo a la cocina.
Busco la cafetera, pero no la encuentro. Recuerdo haberla puesto en
el todoterreno y es una pena, porque está aparcado fuera. ¡Con el frío que
hace aquí!
No veo las chaquetas por ninguna parte. En Texas no suelen hacer
falta en septiembre. Cojo las llaves y pienso que no tengo más remedio
que ir corriendo hasta el todoterreno. Abro la puerta de entrada y advierto
que todo el jardín está cubierto por una sustancia blanca. Tardo un
segundo en darme cuenta de lo que es. ¿Nieve? ¿En septiembre? Me
agacho y recojo un poco con la mano y lo examino. En Texas no nieva
mucho y la nieve, cuando cae, no es así; se parece más a pedriscos
minúsculos. La nieve de Michigan es exactamente como me imaginaba que
sería la nieve de verdad: suave, blanda... ¡y fría! La dejo caer con rapidez y
me seco las manos en la camiseta, mientras me dirijo al todoterreno.
No llego lejos. En cuanto las zapatillas de Darth Vader toman
contacto con el hormigón espolvoreado de nieve, dejo de tener delante el
todoterreno. Quedo tumbada de espaldas, mirando el límpido cielo azul.
Enseguida siento un dolor en el hombro izquierdo y me doy cuenta de que
he aterrizado sobre algo duro. Busco a tientas y retiro de debajo de mi
cuerpo un enano de jardín de cemento —le falta la mitad del gorro rojo,
que se ha hecho añicos— que me sonríe con suficiencia. Refunfuño, alzo
el brazo sano y lo echo hacia atrás con la intención de lanzar el enanito,
pero alguien me detiene.
—¡No te lo recomiendo!
Reconozco de inmediato la voz de Tom: tranquila y relajante —así
era la de mi padre—, pero, al mismo tiempo, con un tono autoritario. Me
incorporo y lo veo acercarse a mí por el camino de entrada.
—¿Estás bien? —dice, riendo.
—Me sentiré mucho mejor cuando haya destrozado esta porquería —
le digo, mientras trato infructuosamente de levantarme.
—Es mejor que no lo hagas. Los gnomos dan buena suerte —dice al
llegar a mi lado.
Me coge el enano de las manos y lo deposita con suavidad en la
hierba cubierta de nieve.
—Ya lo veo —respondo y advierto el corte profundo en el hombro
que me acaba de formar un círculo rojo brillante en la manga del jersey
—: muy buena suerte.
Tom deja de reír al verme la camisa ensangrentada.
—¡Dios mío! Perdona. No me habría reído de haber sabido que te
habías hecho daño. —Se agacha, me coge por el brazo ileso y me pone de pie—. Tendrás que vendártelo.
—No tengo ni idea de dónde encontrar una venda en este momento —
respondo, haciendo referencia a los montones de cajas que aún no hemos
abierto.
—Ven conmigo. Hay vendas en nuestra cocina.
Se quita la chaqueta y me la coloca encima de los hombros,
sujetándome el brazo mientras me ayuda a cruzar la calle. Me siento un
poco melodramática, porque puedo andar yo sola, pero no pongo reparos.
¡Menuda hipócrita con todo el movimiento feminista! He hecho una
regresión a la damisela en apuros.
Me quito su chaqueta y la dejo en el respaldo del sofá; después lo
sigo a la cocina. Como el interior está aún a oscuras, supongo que todos
siguen durmiendo. Su casa es más espaciosa que la nuestra. La planta
abierta es igual en las dos, pero la sala de estar parece bastante más
grande. Una ventana amplia en saliente con alféizar y grandes cojines da al
jardín de atrás.
Hay varias fotografías familiares colgadas en la pared frente a la
cocina. La mayoría son de Tom y su hermanito, pero en algunas salen
también sus padres. Me acerco a echarles un vistazo, mientras él busca una
venda. Debió de salir a su padre. En una de ellas —aunque parece la más
reciente, da la impresión de haber sido tomada hace varios años— aparece
el padre con los brazos en torno a sus dos hijos, estrechándolos para una
foto espontánea. Su cabello negro azabache está moteado de canas y un
abundante bigote negro acentúa su amplia sonrisa. Sus facciones son
idénticas a las de Tom. Los dos tienen ojos que sonríen al reír, dejando al
descubierto una dentadura perfecta y blanquísima.
La madre de Tom es impresionante. Tiene el cabello largo y rubio, y
parece —al menos en las fotografías— bastante alta. No detecto ninguno
de sus rasgos faciales en sus hijos. Puede que Tom haya heredado su
carácter. Todas aquellas fotografías de la pared ponen de manifiesto una
gran diferencia entre su casa y la mía: esto es un hogar.
Entro en la cocina y me siento delante de la barra.
—Hay que lavar la herida antes de ponerte la venda —dice, mientras
se arremanga y abre el grifo.
Lleva una camisa de color amarillo pálido con el cuello abotonado,
ligeramente transparente a la luz de la cocina, que deja traslucir el
contorno de la camiseta. Es ancho de espaldas y las mangas le ciñen los
músculos de los brazos. Llega con la cabeza al armario que tiene encima
y, por la similitud entre nuestras cocinas, calculo que mide como quince
centímetros más que yo. Estoy contemplando fijamente el estampado de su
corbata negra —le ha dado la vuelta por encima del hombro, para no
mojársela—, cuando cierra el grifo y regresa hacia la barra. Siento que
me ruborizo al cogerle de las manos la servilleta húmeda y no me
enorgullezco de haber prestado tanta atención a su aspecto físico.
—Está bien —digo y me bajo la manga del hombro—. Puedo hacerlo
yo.
Abre una venda mientras me limpio la sangre.
—Y ¿qué hacías fuera en pijama a las siete de la mañana? —pregunta
—. ¿Seguís descargando?
Niego con la cabeza y arrojo la servilleta a la basura.
—Café.
—Vaya. Supongo que no te gusta madrugar —dice Tom, más como
una afirmación que como una pregunta.
Cuando se acerca a vendarme el hombro, percibo su aliento en mi
cuello. Me froto los brazos para que no se me noten los escalofríos que
los recorren. Aplica la venda y me da unos golpecitos.
—Ya está —dice—. Como nueva.
—Gracias y sí que me gusta levantarme temprano —explico—, pero
no sin tomarme un café.
Me pongo de pie y miro por encima del hombro, como si
inspeccionara el vendaje, mientras preparo mi siguiente paso. Ya le he
dado las gracias. Podría darme la vuelta y largarme, pero sería descortés,
cuando acaba de ayudarme, pero, si me quedo aquí de pie esperando que
me siga dando conversación, podría parecer estúpida por no marcharme.
Ni siquiera entiendo por qué me estoy planteando cosas tan básicas con
respecto a él. ¡Sólo es un vecino más!
Cuando me vuelvo, está delante de la encimera, sirviendo una taza de
café. Se me acerca y la apoya en la barra frente a mí.
—¿Lo quieres con leche o azúcar?
Muevo la cabeza de un lado a otro.
—No, gracias. Me gusta solo.
Se apoya en el otro lado de la barra y me observa mientras lo bebo.
Sus ojos son del mismo tono cafe intenso que los de su madre en la
fotografía. Supongo que algo tiene de ella. Sonríe y baja la vista para
mirar su reloj de pulsera.
—Me tengo que marchar. Mi hermano me espera en el coche y he de
ir a trabajar —dice—. Te acompaño a casa. Quédate con la taza.
La miro antes de beber otro sorbo y observo las letras grandes
grabadas en el lateral: «El mejor padre del mundo». Es igual que la taza
que usaba mi padre para beber el café.
—Estoy bien —le digo y me dirijo hacia la puerta de entrada—. Creo
que ya puedo caminar erguida.
Sale tras de mí, cierra la puerta a sus espaldas e insiste en que me
lleve su chaqueta. Me la pongo sobre los hombros, le doy las gracias de
nuevo y cruzo la calle.
—¡Layken! —me grita cuando estoy a punto de volver a entrar en mi
casa.
Me doy la vuelta y lo veo de pie en la entrada de su casa.
—¡Que la fuerza te acompañe!
Se echa a reír y sube a su coche, mientras me quedo allí, mirando
fijamente las zapatillas de Darth Vader que llevo puestas. Típico.
El café me ha sentado bien. Localizo el termostato y cuando llega la
hora de la comida la casa por fin ha empezado a entibiarse. Mi madre y
Kel han ido a las empresas de servicios para ponerlo todo a nombre de
ella y a mí me quedan las últimas cajas, sin contar lo que no hemos bajado
aún del todoterreno. Consigo acomodar unas cuantas cosas más y decido
que es hora de darme una ducha. Estoy casi segura de que llevo como tres
días con pinta de hippy.
Al salir de la ducha, me envuelvo en una toalla y me echo el cabello
hacia delante mientras lo cepillo y me hago un brushing. Cuando está seco,
dirijo el secador hacia el espejo empañado y limpio un círculo para poder
aplicarme un poco de maquillaje. Observo que mi bronceado ha empezado
a aclararse. No creo que aquí pueda tumbarme mucho al aire libre, de
modo que habré de acostumbrarme a tener el cutis algo más pálido.
Me cepillo el pelo, me lo recojo hacia atrás en una coleta y me aplico
un poco de brillo de labios y rímel. Paso del colorete, porque da la
impresión de que ya no lo necesito: entre el clima y mis breves encuentros
con Tom, mis mejillas siempre parecen rojas.
Mi madre y Kel ya han regresado y han vuelto a salir mientras yo
estaba en la ducha. Ella me ha dejado una nota para informarme de que
irán a la ciudad con su amiga Brenda para devolver el camión de
mudanzas. Ha dejado tres billetes de veinte dólares en la encimera, junto a
las llaves del coche y una lista de la compra. Cojo todo y me dirijo al
todoterreno. Esta vez consigo llegar hasta él sin tropezar.
Cuando estoy retrocediendo con el coche, me doy cuenta de que no
tengo ni la menor idea de adónde me dirijo. No conozco este pueblo y ni
siquiera sé si tengo que girar a la derecha o a la izquierda al salir de mi
propia calle. El hermanito de Tom está en su jardín delantero, de modo que
detengo el coche junto al bordillo y bajo la ventanilla del acompañante.
—¡Oye! ¡Ven un momento! —le grito.
Me mira vacilante. Tal vez piense que me voy a volver a comportar
como una zombi. Camina hacia el coche, pero se detiene como a un metro
de la ventanilla.
—¿Cómo puedo llegar hasta la tienda de comestibles más cercana?
—le pregunto.
Pone los ojos en blanco.
—¿Me lo dices en serio? Tengo nueve años.
De acuerdo. Entonces, el parecido con su hermano sólo es
superficial.
—Vale, gracias de todos modos —le digo— y, por cierto, ¿cómo te
llamas?
Me sonríe con picardía y grita:
—¡Darth Vader!
Se echa a reír y sale corriendo en la dirección opuesta al coche.
¿Darth Vader? Caigo en el significado de su respuesta: se está
burlando de las zapatillas de andar por casa que yo llevaba puestas esta
mañana. No pasa nada. Lo que sí pasa es que Tom debió de hablar de mí
con él. No puedo evitar imaginar la conversación entre ellos ni lo que
Tom piensa de mí, si es que piensa en mí... No sé por qué, pero he estado
pensando en él más de lo que me parece conveniente. No puedo parar de
preguntarme cuántos años tendrá, qué habrá estudiado o si estará soltero.
Por suerte, no he dejado atrás a ningún novio en Texas. Hace casi un
año que no salgo con nadie. Entre el instituto, mi trabajo a tiempo parcial
y colaborar en las actividades deportivas de Kel, no me quedaba
demasiado tiempo para los chicos. Me doy cuenta de que será un gran
cambio pasar de no disponer de tiempo libre a no tener absolutamente
nada que hacer.
Abro la guantera y extraigo mi GPS.
—No te lo recomiendo —dice Tom.
Alzo la vista y lo veo venir hacia el coche. Hago todo lo posible para
reprimir la sonrisa que trata de adueñarse de mi cara.
—¿Qué es lo que no me recomiendas? —pregunto, mientras inserto
el GPS en el soporte y lo enciendo.
Se cruza de brazos y se apoya en la ventanilla del coche.
—Hay muchas obras en este momento y con eso te perderás.
Cuando estoy a punto de responder, Brenda se detiene a mi lado con
mi madre. Brenda baja la ventanilla del conductor y mi madre se estira
desde el asiento.
—No te olvides del jabón para lavar la ropa... No recuerdo si lo he
apuntado en la lista. Y jarabe para la tos. Me parece que estoy a punto de
pillar algo —dice a través de la ventanilla.
Kel baja de un salto del asiento de atrás, corre hacia el hermano de
Tom y lo invita a entrar a conocer nuestra casa.
—¿Puedo? —pregunta el niño a Tom.
—Claro que sí —dice Tom, mientras abre la puerta del acompañante
—. Vuelvo en un ratito, Bill. Voy a acompañar a Layken a hacer la
compra.
¿De verdad? Le echo un vistazo y veo que se está abrochando el
cinturón.
—No soy muy bueno dando indicaciones de palabra. ¿Te molesta si te
acompaño?
—Supongo que no —digo, riendo.
Miro hacia Brenda y mi madre, pero ellas ya han subido al camino de
entrada. Pongo en marcha el coche y sigo las indicaciones que Tom me va
dando del barrio.
—¿De modo que tu hermano pequeño se llama Bill? —digo,
haciendo un esfuerzo desganado por charlar.
—El pequeño y el único. Después de que yo naciera, mis padres
estuvieron años tratando de tener otro hijo. Cuando por fin nació Bill,
los nombres como «Tom» habían pasado de moda.
—A mí me gusta tu nombre —digo.
En cuanto las palabras salen de mi boca, me arrepiento. Parece un
coqueteo burdo.
Ríe. Me gusta su risa. Detesto que me guste su risa.
Me sobresalto cuando siento que me aparta el pelo del hombro y me
toca el cuello. Me pasa los dedos por debajo de la parte superior de la
camiseta y la baja un poco por encima del hombro.
—Pronto vas a tener que volvértelo a vendar.
Me sube otra vez la camiseta y le da unos golpecitos. Sus dedos me
dejan un reguero de calor en todo el cuello.
—Recuérdame que compre vendas en la tienda —le digo, procurando
demostrar que lo que hace y su presencia no me afectan en absoluto.
—Vamos a ver, Layken. —Hace una pausa y, en lugar de mirarme a
mí, observa las cajas que siguen apiladas en el asiento trasero—. Háblame
de ti.
—Huy, no, que eso está muy trillado —le digo.
Se echa a reír.
—De acuerdo. Lo averiguaré por mi cuenta.
Se inclina hacia delante y aprieta el botón de «expulsar» en mi
reproductor de discos. Se mueve con tanta naturalidad como si hubiera
ensayado sus movimientos durante años. ¡Qué envidia! Yo nunca me he
destacado por tener demasiada gracia.
—Sabrás que dice mucho de una persona la música que le gusta. —
Extrae el disco y observa la etiqueta—: «¿La basura de Layken?» —lee en
voz alta y ríe—: En este caso, ¿la palabra «basura» es descriptiva o
posesiva?
—Es que no me gusta que Kel toquetee mis cosas.
Le arrebato el disco y lo vuelvo a poner en el reproductor. En cuanto
el banjo empieza a salir por los altavoces a todo volumen, me da
vergüenza. Aunque soy de Texas, no quiero que confunda esto con la
música country. Si hay algo que no echo de menos de Texas es esa clase de
música. Estiro la mano y bajo el volumen, pero él me la coge.
—Súbelo otra vez, por favor. Conozco este tema —objeta, sin
soltarme la mano.
Mis dedos siguen apoyados en el mando del volumen, de modo que
vuelvo a subirlo. No puede ser que lo conozca. Me doy cuenta de que se
está marcando un farol: ahora es él quien coquetea burdamente.
—¿Ah, sí? —le digo y, para ponerlo en evidencia, le pregunto—: Y
¿cómo se llama?
—Son los Avett Brothers —dice—. Yo lo llamo «Gabriella», pero
creo que es el final de una de sus canciones de Pretty Girl. Me encanta el
final de este tema, cuando empiezan de pronto con las guitarras eléctricas.
Su respuesta a mi pregunta me sorprende. Es verdad que los conoce.
—¿Te gustan los Avett Brothers?
—Me chiflan. El año pasado tocaron en Detroit. Fue el mejor
espectáculo en vivo que he visto en mi vida.
La adrenalina me circula por el cuerpo como un torrente cuando le
miro la mano, que sigue agarrada a la mía en el mando del volumen. Me
gusta, pero me enfado conmigo misma porque me guste. No es la primera
vez que un chico me hace tilín, pero por lo general me controlo mejor y
soy menos sensible a estas maniobras tan típicas.
Cuando observa que me he fijado en nuestras manos, suelta la suya y
se frota las palmas en las perneras de los pantalones. Parece un gesto
nervioso, y me pregunto si se sentirá tan incómodo como yo.
La música que suelo escuchar no es la más corriente y es rarísimo
encontrar a alguien que conozca siquiera a la mitad de las bandas que me
apasionan. Los Avett Brothers siempre han sido mis preferidos.
Mi padre y yo nos quedábamos levantados por la noche y cantábamos
juntos algunas de sus canciones, mientras él trataba de sacar los acordes
en su guitarra. En una ocasión me los describió. Me dijo:
«Una banda tiene talento de verdad, Lake, cuando sus imperfecciones
definen la perfección».
Llegué a comprender lo que quería decir cuando empecé a
escucharlos de verdad. Cuerdas de banjo rotas, sonidos desacordes
repentinos y apasionados, voces que pasan de serenas a broncas y se
ponen a chillar en una sola estrofa. Todo esto aporta a su música esencia,
carácter y credibilidad.
Cuando mi padre murió, mi madre me dio un regalo anticipado que
él habría querido hacerme cuando cumpliera dieciocho años: un par de
entradas para un concierto de los Avett Brothers. Me puse a llorar cuando
me las entregó, pensando en las ganas con las que probablemente mi padre
esperaba darme aquella sorpresa él mismo. Yo sabía que él habría querido
que las usara, pero no pude. El concierto se celebró pocas semanas
después de su muerte y comprendí que no lo disfrutaría, al menos no
como lo habría hecho si él me hubiese acompañado.
—A mí también me encantan —digo, vacilante.
—¿Alguna vez los has visto tocar en directo? —pregunta Tom.
No sé muy bien por qué, pero, a medida que vamos hablando, le
cuento toda la historia sobre mi padre. Presta atención y sólo me
interrumpe para darme indicaciones sobre cuándo y dónde girar. Le hablo
de nuestra pasión por la música. Le cuento que mi padre murió de pronto
y de forma totalmente inesperada de un ataque al corazón. Le explico lo de
mi regalo de cumpleaños y el concierto al que jamás llegamos a asistir.
No sé por qué sigo hablando, pero me da la impresión de que no puedo
cerrar la boca. Jamás revelo información con tanta franqueza y menos a
personas que apenas conozco y, sobre todo, a chicos que apenas conozco.
Aún sigo hablando cuando advierto que nos hemos detenido en el
aparcamiento de un supermercado.
—Guau —digo cuando me fijo en la hora que marca el reloj—, ¿es
éste el camino más rápido para llegar hasta aquí? Hemos tardado veinte
minutos.
Me guiña un ojo y abre su puerta.
—Pues no, en realidad no lo es.
¡Eso sí que es coquetear! Y no me cabe duda de que me hace tilín.
Las ráfagas de nieve se empiezan a mezclar con aguanieve cuando
estamos cruzando el aparcamiento.
—Corre —me dice.
Me coge de la mano y me conduce hacia la entrada a toda velocidad.
Entramos en la tienda riendo y sin aliento y nos quitamos la humedad
de la ropa. Me quito la chaqueta y la sacudo y entonces su mano me roza la
cara para retirarme un pelo mojado que tengo pegado a la mejilla. Su
mano está helada, pero el ligero contacto de sus dedos me hace olvidar el
frío glacial y se me calienta el rostro. Se le desvanece la sonrisa y nos
quedamos los dos mirándonos de hito en hito. Sigo tratando de
acostumbrarme a las reacciones que me produce. Cualquier roce y los
gestos más simples afectan con intensidad mis sentidos.
Carraspeo y aparto la vista para coger un carrito cercano. Le entrego
la lista de la compra.
—¿Siempre nieva en septiembre? —le pregunto, para tratar de
aparentar que no me he inmutado.
—No y no durará más que unos días; tal vez una semana. Por lo
general no empieza a nevar hasta finales de octubre —dice—. Habéis
tenido suerte.
—¿Suerte?
—Sí. Es un frente frío poco común. Habéis llegado justo a tiempo.
—No me digas. Pues yo suponía que la mayoría de los yanquis
odiaríais la nieve. Porque aquí nieva casi todo el año, ¿no?
Se echa a reír.
—¿Los yanquis?
—¿Qué pasa?
—Nada —dice, sonriendo—, es que jamás había oído a nadie hablar
de los yanquis en la vida real. Queda mono. Muy «sureño».
—Ay, perdón —le digo—. A partir de ahora, no volveré a hablar de
yanquis.
Ríe y me empuja suavemente.
—No, por favor. Me gusta cómo lo dices: suena perfecto.
No me puedo creer que me haya convertido en una de esas chicas que
se derriten por un chico. ¡Cómo me desagrada! Me pongo a escudriñar sus
rasgos con más atención para tratar de encontrarle algún defecto, pero es
imposible. Hasta ahora, todo lo que he visto de él es perfecto.
Cogemos lo que hay apuntado en la lista y nos dirigimos a la caja. No
me deja poner nada en la cinta transportadora, de modo que retrocedo y
observo mientras él vacía el carrito. Lo último que coloca en la cinta es
una caja de vendas. No me había dado cuenta de que las había cogido.
Cuando salimos del supermercado, Tom me hace girar en la
dirección contraria a la que hemos venido. Recorremos como dos
manzanas y me dice que tome la siguiente a la izquierda: es nuestra calle.
Hemos recorrido el trayecto que nos llevó veinte minutos a la ida en
menos de uno a la vuelta.
—¡Qué bien! —digo cuando aparco en el camino de entrada.
Me doy cuenta de lo que ha hecho y de que por su parte el coqueteo
salta a la vista.
Tom ya está detrás del todoterreno, de modo que presiono la palanca
del maletero. Me apeo y voy hacia donde está, esperando verlo con los brazos llenos de comestible. Sin embargo, se ha quedado allí, sujetando la
puerta y mirándome.
Con mi mejor imitación de una belleza sureña, me llevo una mano al
pecho y le digo:
—¡Vaya! Jamás habría podido encontrar la tienda sin su ayuda.
Muchísimas gracias por su hospitalidad, gentil caballero.
Esperaba hacerlo reír, pero se queda allí, mirándome fijamente.
—¿Qué pasa? —pregunto nerviosa.
Se me acerca y con suavidad me pone la otra mano bajo la barbilla.
Me espanta mi propia reacción: que se lo permita. Me estudia el rostro
durante unos segundos, mientras el corazón me late aceleradamente en el
pecho. Me da la impresión de que está a punto de besarme.
Trato de calmar mi respiración y alzo la mirada hacia él. Se me
acerca un poco más y aparta la mano de mi barbilla, me la pone en la nuca
y me inclina la cabeza hacia él. Apoya los labios con suavidad en mi frente
y los deja unos segundos; después retira la mano y da un paso atrás.
—Eres tan mona... —dice.
Se inclina hacia el maletero y coge cuatro bolsas a la vez. Las lleva
hacia la casa y las deposita junto a la puerta.
Me quedo paralizada y trato de asimilar los últimos quince segundos
de mi vida. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué me he limitado a quedarme allí y a
dejarlo hacer? A pesar de mis objeciones, me doy cuenta —y es casi
lamentable— de que acabo de recibir el beso más apasionado que jamás
me haya dado un chico... ¡Y ha sido en la frente, joder!
Cuando Tom vuelve a retirar del maletero otro puñado de bolsas de
comestibles, Kel y Bill salen corriendo de la casa, con mi madre a la
zaga. Los chicos atraviesan la calle como una exhalación para ir a ver el
dormitorio de Caulder. Cuando mi madre viene hacia nosotros, Tom
extiende la mano con amabilidad.
—Usted debe de ser la madre de Layken y Kel. Soy Tom Kaulitz.
Vivimos enfrente.
—Julia Cohen —afirma ella—. ¿Eres el hermano mayor de Bill?
—Sí, señora —responde él—. Le llevo doce años.
—De modo que tienes... ¿veintiuno?
Me mira —en este momento me encuentro detrás de Tom— y me
guiña un ojo. Aprovecho la oportunidad para devolverle una de sus
miradas asesinas, pero se limita a sonreír y de nuevo concentra la atención
en Tom.
—Vaya, me alegro de que Kel y Lake hayan hecho amigos tan pronto
—dice.
—Yo también —contesta él.
Ella se vuelve y se dirige hacia dentro, aunque a propósito me empuja
suavemente con el hombro al pasar. No dice nada, pero sé lo que insinúa:
me está dando su aprobación.
Tom coge las dos bolsas que quedan.
—Conque Lake, ¿eh? Me gusta.
Me pasa las bolsas y cierra el maletero.
—Vamos a ver, Lake. —Se apoya en el coche y cruza los brazos—.
Bill y yo nos vamos a Detroit el viernes y no volveremos hasta el
domingo a última hora, por asuntos de familia —dice y agita la mano con
displicencia—, de modo que me pregunto si tienes algún plan para mañana
por la noche, antes de que me marche.
Es la primera vez que me llama «Lake» alguien que no es mi madre
ni mi padre. Apoyo el hombro en el coche y lo miro de frente. Trato de
mantener la calma, aunque por dentro me muero de emoción.
—¿De verdad quieres hacerme confesar que aquí no conozco a
nadie? —le pregunto.
—¡Fantástico! Quedamos así, entonces. Te paso a buscar a las siete y
media.
Se vuelve enseguida y se dirige hacia su casa y me doy cuenta de que en realidad no me ha invitado a salir y de que en realidad yo no he
aceptado.



HOLA!!! PRIMER CAPITULO ESPERO Y LES GUSTE ... 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO Y BIENVENIDAS :))

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