CAPITULO 1:
I’m as
nowhere as I can be,
Could you
add some somewhere to me?1
Salina, THE AVETT BROTHERS
TRADUCCION: «Estoy en medio de la
nada —más, imposible—, / pero ¿podrías añadirme un poco más de
nada?»
THE AVERT BROTHERS
Kel y yo
metemos en el camión de alquiler para mudanzas las dos últimas
cajas.
Cuando deslizo la puerta y la cierro con el seguro, estoy guardando
bajo
llave los recuerdos de dieciocho años, todos los cuales incluyen a mi
padre.
Han pasado seis meses desde su muerte, bastante lejana para que mi
hermano
Kel, de nueve años, no llore cada vez que hablamos de él, pero a
la vez
bastante reciente para obligarnos a aceptar las secuelas financieras
que
acarrea para una familia que, como ahora es monoparental, no se
puede
permitir el lujo de seguir viviendo en Texas, en la única casa que he
conocido.
—Vamos,
Lake, no seas tan pesimista —dice mi madre cuando me
entrega
las llaves de la casa—. Me parece que Michigan te gustará mucho.
Jamás me
llama por mi nombre legítimo. Mi padre y ella tardaron
nueve
meses en decidir el nombre que me pondrían: a ella le gustaba
«Layla»,
por la canción de Eric Clapton, y a mi padre, «Kennedy», por
algún
Kennedy.
«No
importa cuál de los Kennedy —solía decir—: ¡me gustan todos!»
Yo tenía
casi tres días cuando el hospital los obligó a tomar una
decisión.
Aceptaron coger las tres primeras letras de cada nombre y quedó
«Layken»,
aunque ninguno de los dos me llamó nunca así.
Remedo
el tono de mi madre:
—Vamos,
mamá, ¡no seas tan optimista! Michigan no me va a gustar
nada.
Mi madre
siempre ha sido capaz de transmitir todo un sermón con
una sola
mirada. Recibo esa mirada.
Subo los
escalones del porche y entro a dar un repaso antes de cerrar
con
llave por última vez. En todas las habitaciones hay un vacío
inquietante.
No tengo la impresión de estar recorriendo la casa en la que
he
vivido desde que nací. Los seis últimos meses han sido un torbellino de
emociones,
todas negativas. Que nos fuéramos de aquella casa era
inevitable
—me doy cuenta—, pero esperaba quedarme hasta acabar el
instituto.
Me
detengo en lo que ya no será más nuestra cocina y vislumbro un
clip de
plástico de color morado que asoma por debajo del armario, en el
lugar
donde solía estar la nevera. Lo recojo, le quito el polvo y jugueteo
con él
metiéndomelo entre los dedos.
«Te
volverá a crecer», me dijo mi padre.
Yo tenía
cinco años. Mi madre había dejado las tijeras de podar en la
repisa
del cuarto de baño y, por lo visto, hice lo que suelen hacer la
mayoría
de los niños de esa edad: me corté el pelo.
«Mamá se
va a enfadar mucho conmigo», lloriqueé.
Yo
pensaba que, si me cortaba el pelo, volvería a crecer de inmediato
y nadie
se daría cuenta. Me corté un trozo bastante ancho del flequillo y
me quedé
sentada delante del espejo como una hora, esperando que
volviera
a crecer. Recogí del suelo los cabellos castaños lisos y los
sostuve
en la mano, tratando de encontrar una forma de volver a
pegármelos
en la cabeza, y después me eché a llorar.
Cuando
mi padre entró en el cuarto de baño y vio lo que había hecho,
se
limitó a reír, me cogió en brazos y me sentó sobre la repisa.
«Mamá no
se va a dar cuenta, Lake —prometió, mientras retiraba
algo del
botiquín—. Por casualidad, guardo aquí algo de magia. —Abrió
la palma
de la mano y me mostró el clip morado—. Mientras lo lleves en
el pelo,
tu madre no se enterará. —Me cepilló el pelo que quedaba y puso
el clip
en su sitio. A continuación me volvió de cara al espejo—. ¿Lo ves?
¡Ni se
nota!»
Observé
nuestra imagen reflejada en el espejo y me sentí la niña más
afortunada
del mundo: no conocía a ningún otro padre que tuviera clips
mágicos.
Llevé
aquella horquilla en el pelo todos los días durante dos meses y
mi madre
no la mencionó ni una sola vez. Ahora que lo pienso, supongo
que él
debió de contarle lo ocurrido, pero, a los cinco años, yo creía en su
magia.
Físicamente,
me parezco más a mi madre que a él. Las dos somos de
mediana
estatura. Como ha pasado dos embarazos, mis vaqueros no le
caben,
pero podemos compartir casi todo lo demás. Las dos tenemos el
cabello
castaño que, según el clima, puede quedar liso u ondulado. Sus
ojos son
de un esmeralda más intenso que los míos, aunque tal vez sólo
destaquen
más por la palidez de su cutis.
Salí a
mi padre en muchos aspectos importantes. Teníamos el mismo
sentido
del humor cáustico, el mismo carácter, la misma pasión por la
música,
la misma risa. Kel es totalmente distinto. Se parece físicamente a
nuestro
padre, con su cabello rubio ceniza y sus facciones suaves. Es más
bien
menudo para sus nueve años, pero compensa la falta de estatura con
su
personalidad.
Me
acerco al fregadero, abro el grifo y friego con el pulgar los trece
años de
mugre acumulada en el clip. Kel entra en la cocina caminando
hacia
atrás justo cuando me estoy secando las manos en los vaqueros. Es
un niño
extraño, pero lo quiero muchísimo. Le gusta jugar a algo que él
llama
«el día invertido», durante el cual se pasa casi todo el tiempo
caminando
hacia atrás, hablando al revés y hasta empezando a comer por
el
postre. Supongo que, como hay tanta diferencia de edad entre él y yo y
al no
tener más hermanos, necesita encontrar alguna forma de
entretenerse.
—¡Prisa
des te que mamá dice, Layken! —dice, invirtiendo el orden
de la
frase.
Me
guardo la horquilla en el bolsillo de los vaqueros, salgo y cierro
con
llave la puerta de casa por última vez.
En el
transcurso de los días siguientes, mi madre y yo nos turnamos
para
conducir mi todoterreno y el camión de mudanzas y sólo paramos
dos
veces en un hotel para dormir. Kel nos acompaña alternativamente a
ella y a
mí y el último día viaja conmigo en el camión. Completamos
durante
la noche el agotador tramo final de nueve horas y sólo nos
detenemos
una vez para hacer un breve descanso. A medida que nos
acercamos
a nuestra nueva ciudad, Ypsilanti, presto atención a mi entorno
y al
hecho de que, aunque estamos en septiembre, tengo encendida la
calefacción.
No cabe duda de que tendré que cambiar mi vestimenta.
Cuando
giro por última vez a la derecha para entrar en nuestra calle,
el GPS
me comunica que «ha llegado a su destino».
—Mi
destino —río en voz alta para mí misma.
Mi GPS
no tiene ni idea.
La calle
sin salida no es muy larga y está bordeada por unas ocho
casas de
ladrillo de una sola planta a cada lado. Hay una canasta de
baloncesto
en la entrada de una de las casas, lo cual me hace concebir
esperanzas
de que Kel encuentre a alguien con quien jugar. La verdad es
que
parece un barrio agradable. Los jardines tienen el césped cuidado y las
aceras
están limpias, aunque hay mucho hormigón. Demasiado. Ya echo de
menos mi
casa.
Nuestro
nuevo casero nos ha enviado fotos por correo electrónico,
de modo
que enseguida me doy cuenta de cuál es nuestra casa. Es pequeña.
¡Muy
pequeña! La de Texas era un chalet estilo californiano con
muchísimo
terreno. La ínfima porción de tierra que rodea esta casa está
ocupada,
prácticamente, por hormigón y enanos de jardín. La puerta
principal
permanece abierta y veo a un señor mayor —el propietario,
supongo—
que sale y nos hace gestos con la mano.
Avanzo
como cincuenta metros por delante de la casa para poder
subir
marcha atrás hacia la entrada, de modo que la parte posterior del
camión
quede delante de la puerta. Antes de poner la palanca de cambios
en
marcha atrás, alargo el brazo y sacudo a Kel para despertarlo. Lleva
durmiendo
como un lirón desde Indiana.
—Despierta,
Kel —susurro—. Hemos llegado a nuestro destino.
Estira
las piernas y bosteza; después apoya la frente en la ventanilla
para
echar un vistazo a nuestra nueva casa.
—¡Mira!
¡Hay un niño en el jardín! —dice Kel—. ¿Vivirá también
con
nosotros?
—Espero
que no —respondo—. Supongo que es un vecino. Baja y ve
a
presentarte mientras acomodo el vehículo.
Cuando
consigo colocar el camión en el sitio correcto, pongo la
palanca
de cambios en punto muerto, bajo las ventanillas y apago el
motor.
Mi madre detiene el todoterreno a mi lado y la observo apearse y
saludar
al casero. Me encojo unos cuantos centímetros en el asiento y
apoyo el
pie en el salpicadero, mientras observo a Kel y a su nuevo
amigo,
que luchan con espadas imaginarias en la calle. ¡Qué envidia! Me
da
envidia que acepte la mudanza con tanta facilidad, mientras yo quedo
como la
hija enfadada y resentida.
Al
principio, cuando mamá decidió que nos mudábamos, se disgustó,
sobre
todo porque estaba en plena temporada de la liga de béisbol infantil.
Tenía
amigos a los que echaría de menos, pero, a los nueve años, tu mejor
amigo
suele ser imaginario y transatlántico. Mi madre lo consoló
enseguida
con la promesa de que podría apuntarse a hockey, algo que él
quería
hacer en Texas, aunque era un deporte difícil de encontrar en el sur
rural.
Cuando ella se lo prometió, él se mostró contento, incluso entusiasmado, con la
idea de venir a Michigan.
Entiendo
que tuviéramos que mudarnos. Mi padre se ganaba bastante
bien la
vida dirigiendo una tienda de pinturas. Mi madre trabajaba a
discreción
como enfermera, cuando hacía falta, pero sobre todo se
ocupaba
de la casa y de nosotros. Como un mes después de la muerte de
mi
padre, consiguió un trabajo de jornada completa. Observé el efecto que
producía
en ella el estrés por la muerte de mi padre, sumado al hecho de
ser la
nueva jefa de la familia.
Una
noche, durante la cena, nos explicó que no cobraba lo suficiente
para
seguir pagando las facturas y la hipoteca. Dijo que había un trabajo
con el
que podría ganar más, pero que tendríamos que mudarnos. Se lo
había
ofrecido Brenda, una vieja amiga del instituto. Habían crecido juntas
en la
ciudad natal de mi madre, Ypsilanti, justo a las afueras de Detroit. Le
pagaban
más de lo que podía conseguir en Texas, de modo que no tenía
más
remedio que aceptar. No la culpo por la mudanza. Mis abuelos han
fallecido
y no tiene a nadie que la ayude. Comprendo que tuviéramos que
cambiar
de casa, pero comprender algo no siempre lo facilita.
—Layken,
¡date por muerta! —grita Kel por la ventanilla abierta,
mientras
me atraviesa el cuello con su espada imaginaria. Se queda
esperando
que me desplome, pero me limito a poner los ojos en blanco—.
Te he
clavado mi espada. ¡Te tienes que morir!
—Aunque
no te lo creas, ya estoy muerta —farfullo, mientras abro la
puerta y
me apeo.
Kel deja
caer los hombros y baja la vista al hormigón, con la espada
imaginaria
mustia a un lado del cuerpo. Tras él, su nuevo amigo pone la
misma
cara de derrotado. Me arrepiento enseguida de haberles transmitido
mi mal
humor.
—Ya
estoy muerta —digo, poniendo voz de monstruo lo mejor que
puedo—,
¡porque soy una zombi!
Cuando
extiendo los brazos hacia delante, inclino la cabeza a un lado
y
gorgoteo, empiezan a chillar.
—¡Cerebros!
—mascullo y echo a andar tras ellos con las piernas
rígidas
alrededor del camión—. ¡Cerebros!
Rodeo
lentamente la parte delantera del vehículo con los brazos
extendidos
al frente y advierto que alguien coge a mi hermano y a su
nuevo
amigo por el cuello de la camiseta.
—¡Aquí
los tienes! —grita el desconocido, sujetando a los dos niños
que
chillan.
Parece
un par de años mayor que yo y es bastante más alto. La
mayoría
de las chicas dirían que está como un queso, pero yo no soy
como la
mayoría. Los chavales agitan los brazos y a él se le notan los
músculos
bajo la camisa mientras se esfuerza por mantenerlos agarrados.
Al
contrario de lo que ocurre con Kel y conmigo, no cabe duda de
que
ellos dos son hermanos. Dejando aparte la evidente diferencia de edad,
son
idénticos. Los dos tienen la piel tersa y aceitunada, el cabello negro
azabache
y hasta el mismo corte de pelo muy corto. Ríe cuando Kel se
suelta y
empieza a apuñalarlo con su supuesta espada. Me mira y,
moviendo
los labios, dice «Socorro». Entonces caigo en la cuenta de que
me he
quedado paralizada con mi pose de zombi.
Mi
primera reacción habría sido volver a meterme en el camión de
mudanzas
y esconderme en el suelo por el resto de mi vida, pero en
cambio
aúllo «¡Cerebros!» una vez más y arremeto contra el niño más
pequeño
con la intención de morderle la coronilla. Agarro a Kel y a su
amiguito
y empiezo a hacerles cosquillas hasta que los dos se dejan caer
uno
encima del otro sobre la entrada de hormigón.
Cuando
me enderezo, el hermano mayor me tiende la mano.
—Hola,
me llamo Tom. Vivimos enfrente —dice y señala la casa que
queda
justo frente a la nuestra.
Le
estrecho la mano.
—Soy
Layken y supongo que vivo aquí —respondo y echo un vistazo
a la
casa que tengo a mis espaldas.
Sonríe.
El apretón de manos se prolonga y ninguno de los dos dice
nada.
¡Cómo detesto las situaciones embarazosas!
—Vale,
bienvenidos a Ypsilanti —dice, separa la mano de la mía y se
la mete
en el bolsillo de la chaqueta—. Y ¿de dónde venís?
—¿De
Texas? —respondo.
No sé
por qué doy a mi respuesta la entonación de una pregunta. Ni
siquiera
sé por qué me estoy cuestionando que parezca una pregunta.
Tampoco
sé por qué estoy analizando el motivo por el cual estoy
analizando.
Me aturullo. Debe de ser por la falta de sueño de estos tres
últimos
días.
—Conque
de Texas, ¿eh? —dice.
Se
balancea sobre los talones. La incomodidad aumenta cuando no
respondo.
Baja la mirada hacia su hermano, se agacha y lo coge por los
tobillos.
—Tengo
que llevar a este jovencito a la escuela —dice, mientras lo
columpia
y se lo sube a los hombros—. Esta noche llega un frente frío. Os
conviene
descargar hoy todo lo que podáis. Dicen que durará unos cuantos
días, de
modo que, si esta tarde necesitáis ayuda, avisadme. Estaremos de
vuelta a
eso de las cuatro.
—Vale,
gracias —le digo.
Cruzan
la calle y, mientras los sigo mirando, Kel me clava la espada
en la
parte baja de la espalda. Caigo de rodillas, apretándome el estómago
con las
manos, y, cuando me inclino hacia delante, se me sube encima para
liquidarme.
Vuelvo a echar una ojeada a la otra acera y veo que Tom nos
observa.
Cierra la puerta del lado de su hermano, da la vuelta al coche
hasta el
lado del conductor y saluda con la mano.
Descargar
todas las cajas y los muebles nos lleva la mayor parte del
día. El
casero nos ayuda a mover las cosas más grandes que mi madre y
yo no
podemos levantar solas. Estamos demasiado cansadas para
ocuparnos
de las cajas que hay en el todoterreno y acordamos dejarlo para
mañana.
Me decepciona un poco ver el camión de mudanzas vacío por fin,
porque
ya no tengo excusa para pedir ayuda a Tom.
En
cuanto la cama está montada, empiezo a retirar de la entrada las
cajas
que llevan escrito mi nombre. Cuando he vaciado la mayoría de ellas
y he
hecho mi cama, advierto que los muebles de mi dormitorio proyectan
sombras
en las paredes. Miro por la ventana y veo que el sol se está
poniendo.
O aquí los días son mucho más cortos o he perdido la noción
del
tiempo.
Encuentro
a mi madre y a Kel en la cocina, acomodando la vajilla en
los
armarios. Me encaramo a una de las seis sillas altas de la barra, que
sirve
también como mesa de comedor, porque aquí no hay una habitación
para
comer. A esta casa le faltan muchas cosas. Al entrar por la puerta
principal,
hay un pequeño recibidor y, a continuación, la sala de estar, que
sólo
está separada de la cocina por un pasillo a la izquierda y una ventana
a la
derecha. Donde acaba la moqueta beis de la sala de estar empieza el
suelo de
madera del resto de la casa.
—Aquí
todo está limpísimo —dice mi madre, mientras sigue
colocando
los platos—. No he visto ni un solo insecto.
En Texas
hay más insectos que hierba. Cuando no estás espantando
moscas a
manotazos, estás matando avispas.
—Por lo
menos en Michigan hay una cosa buena, ¿no? —respondo.
Abro la
caja de pizza que tengo delante y paso revista a la selección.
—¿Una
sola? —Me guiña un ojo, se inclina por encima de la barra,
coge un
pepperoni y se lo mete en la boca—. Yo diría que, como mínimo,
hay dos.
Me hago
la desentendida.
—Te he
visto hablando con aquel chico esta mañana —dice
sonriendo.
—¡Mamá,
por favor! —respondo con toda la indiferencia que soy
capaz de
fingir—. Estoy segura de que no nos llevaremos ninguna
sorpresa
al ver que Texas no es el único estado con habitantes del sexo
masculino.
Voy a la
nevera y cojo un refresco.
—¿Qué
quiere decir conabitantes? —pregunta Kel.
—Son dos
palabras: «con» y «habitantes» —lo corrijo—. Quiere
decir
que allí están, residen, existen, moran, subsisten, viven.
Se nota
que mis cursos de preparación para el bachillerato han valido
la pena.
—Ah,
entonces ¿nosotros somos conabitantes de Ypsilanti? —
pregunta.
—Habitantes
—vuelvo a corregirlo. Acabo mi porción de pizza y
bebo
otro trago de refresco—. Estoy molida. Me voy a la cama.
—¿Eso
significa que vas a ser conabitante de tu dormitorio? —dice
Kel.
—¡Qué
rápido aprendes, pequeño saltamontes!
Me
agacho para darle un beso en la coronilla y me retiro a mi
habitación.
Resulta
muy agradable meterse bajo las mantas. Al menos mi cama
me
resulta familiar. Cierro los ojos y trato de imaginar que estoy en mi
antiguo
dormitorio. Mi antiguo y cálido dormitorio. Las sábanas y la
almohada
están congeladas, de modo que me tapo la cabeza con las mantas
para
generar algo de calor. Mañana por la mañana, en cuanto me levante,
tengo
que acordarme de localizar el termostato.
Eso es
exactamente lo que me dispongo a hacer cuando bajo de la
cama y
apoyo los pies descalzos en el suelo gélido. Cojo un jersey del
armario, me lo pongo encima
del pijama y busco
en vano unos calcetines.
Me
desplazo sigilosamente por el corredor de puntillas, tratando de no
despertar
a nadie y, al mismo tiempo, de apoyar la menor superficie
posible
del pie en la madera fría. Cuando paso junto al dormitorio de Kel,
diviso
en el suelo sus zapatillas de Darth Vader. Entro a hurtadillas, me las
pongo
—¡qué alivio!, ¡por fin!— y me dirijo a la cocina.
Busco la
cafetera, pero no la encuentro. Recuerdo haberla puesto en
el
todoterreno y es una pena, porque está aparcado fuera. ¡Con el frío que
hace
aquí!
No veo
las chaquetas por ninguna parte. En Texas no suelen hacer
falta en
septiembre. Cojo las llaves y pienso que no tengo más remedio
que ir
corriendo hasta el todoterreno. Abro la puerta de entrada y advierto
que todo
el jardín está cubierto por una sustancia blanca. Tardo un
segundo
en darme cuenta de lo que es. ¿Nieve? ¿En septiembre? Me
agacho y
recojo un poco con la mano y lo examino. En Texas no nieva
mucho y
la nieve, cuando cae, no es así; se parece más a pedriscos
minúsculos.
La nieve de Michigan es exactamente como me imaginaba que
sería la
nieve de verdad: suave, blanda... ¡y fría! La dejo caer con rapidez y
me seco
las manos en la camiseta, mientras me dirijo al todoterreno.
No llego
lejos. En cuanto las zapatillas de Darth Vader toman
contacto
con el hormigón espolvoreado de nieve, dejo de tener delante el
todoterreno.
Quedo tumbada de espaldas, mirando el límpido cielo azul.
Enseguida
siento un dolor en el hombro izquierdo y me doy cuenta de que
he
aterrizado sobre algo duro. Busco a tientas y retiro de debajo de mi
cuerpo
un enano de jardín de cemento —le falta la mitad del gorro rojo,
que se
ha hecho añicos— que me sonríe con suficiencia. Refunfuño, alzo
el brazo
sano y lo echo hacia atrás con la intención de lanzar el enanito,
pero
alguien me detiene.
—¡No te
lo recomiendo!
Reconozco
de inmediato la voz de Tom: tranquila y relajante —así
era la
de mi padre—, pero, al mismo tiempo, con un tono autoritario. Me
incorporo
y lo veo acercarse a mí por el camino de entrada.
—¿Estás
bien? —dice, riendo.
—Me
sentiré mucho mejor cuando haya destrozado esta porquería —
le digo,
mientras trato infructuosamente de levantarme.
—Es
mejor que no lo hagas. Los gnomos dan buena suerte —dice al
llegar a
mi lado.
Me coge
el enano de las manos y lo deposita con suavidad en la
hierba
cubierta de nieve.
—Ya lo
veo —respondo y advierto el corte profundo en el hombro
que me
acaba de formar un círculo rojo brillante en la manga del jersey
—: muy
buena suerte.
Tom deja
de reír al verme la camisa ensangrentada.
—¡Dios
mío! Perdona. No me habría reído de haber sabido que te
habías
hecho daño. —Se agacha, me coge por el brazo ileso y me pone de pie—. Tendrás
que vendártelo.
—No
tengo ni idea de dónde encontrar una venda en este momento —
respondo,
haciendo referencia a los montones de cajas que aún no hemos
abierto.
—Ven
conmigo. Hay vendas en nuestra cocina.
Se quita
la chaqueta y me la coloca encima de los hombros,
sujetándome
el brazo mientras me ayuda a cruzar la calle. Me siento un
poco
melodramática, porque puedo andar yo sola, pero no pongo reparos.
¡Menuda
hipócrita con todo el movimiento feminista! He hecho una
regresión
a la damisela en apuros.
Me quito
su chaqueta y la dejo en el respaldo del sofá; después lo
sigo a
la cocina. Como el interior está aún a oscuras, supongo que todos
siguen
durmiendo. Su casa es más espaciosa que la nuestra. La planta
abierta
es igual en las dos, pero la sala de estar parece bastante más
grande.
Una ventana amplia en saliente con alféizar y grandes cojines da al
jardín
de atrás.
Hay
varias fotografías familiares colgadas en la pared frente a la
cocina. La
mayoría son de Tom y su hermanito, pero en algunas salen
también
sus padres. Me acerco a echarles un vistazo, mientras él busca una
venda.
Debió de salir a su padre. En una de ellas —aunque parece la más
reciente,
da la impresión de haber sido tomada hace varios años— aparece
el padre
con los brazos en torno a sus dos hijos, estrechándolos para una
foto
espontánea. Su cabello negro azabache está moteado de canas y un
abundante
bigote negro acentúa su amplia sonrisa. Sus facciones son
idénticas
a las de Tom. Los dos tienen ojos que sonríen al reír, dejando al
descubierto
una dentadura perfecta y blanquísima.
La madre
de Tom es impresionante. Tiene el cabello largo y rubio, y
parece
—al menos en las fotografías— bastante alta. No detecto ninguno
de sus
rasgos faciales en sus hijos. Puede que Tom haya heredado su
carácter.
Todas aquellas fotografías de la pared ponen de manifiesto una
gran
diferencia entre su casa y la mía: esto es un hogar.
Entro en
la cocina y me siento delante de la barra.
—Hay que
lavar la herida antes de ponerte la venda —dice, mientras
se
arremanga y abre el grifo.
Lleva
una camisa de color amarillo pálido con el cuello abotonado,
ligeramente
transparente a la luz de la cocina, que deja traslucir el
contorno
de la camiseta. Es ancho de espaldas y las mangas le ciñen los
músculos
de los brazos. Llega con la cabeza al armario que tiene encima
y, por
la similitud entre nuestras cocinas, calculo que mide como quince
centímetros
más que yo. Estoy contemplando fijamente el estampado de su
corbata
negra —le ha dado la vuelta por encima del hombro, para no
mojársela—,
cuando cierra el grifo y regresa hacia la barra. Siento que
me
ruborizo al cogerle de las manos la servilleta húmeda y no me
enorgullezco
de haber prestado tanta atención a su aspecto físico.
—Está
bien —digo y me bajo la manga del hombro—. Puedo hacerlo
yo.
Abre una
venda mientras me limpio la sangre.
—Y ¿qué
hacías fuera en pijama a las siete de la mañana? —pregunta
—.
¿Seguís descargando?
Niego
con la cabeza y arrojo la servilleta a la basura.
—Café.
—Vaya.
Supongo que no te gusta madrugar —dice Tom, más como
una
afirmación que como una pregunta.
Cuando
se acerca a vendarme el hombro, percibo su aliento en mi
cuello.
Me froto los brazos para que no se me noten los escalofríos que
los recorren.
Aplica la venda y me da unos golpecitos.
—Ya está
—dice—. Como nueva.
—Gracias
y sí que me gusta levantarme temprano —explico—, pero
no sin
tomarme un café.
Me pongo
de pie y miro por encima del hombro, como si
inspeccionara
el vendaje, mientras preparo mi siguiente paso. Ya le he
dado las
gracias. Podría darme la vuelta y largarme, pero sería descortés,
cuando
acaba de ayudarme, pero, si me quedo aquí de pie esperando que
me siga
dando conversación, podría parecer estúpida por no marcharme.
Ni
siquiera entiendo por qué me estoy planteando cosas tan básicas con
respecto
a él. ¡Sólo es un vecino más!
Cuando
me vuelvo, está delante de la encimera, sirviendo una taza de
café. Se
me acerca y la apoya en la barra frente a mí.
—¿Lo
quieres con leche o azúcar?
Muevo la
cabeza de un lado a otro.
—No,
gracias. Me gusta solo.
Se apoya
en el otro lado de la barra y me observa mientras lo bebo.
Sus ojos
son del mismo tono cafe intenso que los de su madre en la
fotografía.
Supongo que algo tiene de ella. Sonríe y baja la vista para
mirar su
reloj de pulsera.
—Me
tengo que marchar. Mi hermano me espera en el coche y he de
ir a
trabajar —dice—. Te acompaño a casa. Quédate con la taza.
La miro
antes de beber otro sorbo y observo las letras grandes
grabadas
en el lateral: «El mejor padre del mundo». Es igual que la taza
que
usaba mi padre para beber el café.
—Estoy
bien —le digo y me dirijo hacia la puerta de entrada—. Creo
que ya
puedo caminar erguida.
Sale
tras de mí, cierra la puerta a sus espaldas e insiste en que me
lleve su
chaqueta. Me la pongo sobre los hombros, le doy las gracias de
nuevo y
cruzo la calle.
—¡Layken!
—me grita cuando estoy a punto de volver a entrar en mi
casa.
Me doy
la vuelta y lo veo de pie en la entrada de su casa.
—¡Que la
fuerza te acompañe!
Se echa
a reír y sube a su coche, mientras me quedo allí, mirando
fijamente
las zapatillas de Darth Vader que llevo puestas. Típico.
El café
me ha sentado bien. Localizo el termostato y cuando llega la
hora de
la comida la casa por fin ha empezado a entibiarse. Mi madre y
Kel han
ido a las empresas de servicios para ponerlo todo a nombre de
ella y a
mí me quedan las últimas cajas, sin contar lo que no hemos bajado
aún del
todoterreno. Consigo acomodar unas cuantas cosas más y decido
que es
hora de darme una ducha. Estoy casi segura de que llevo como tres
días con
pinta de hippy.
Al salir
de la ducha, me envuelvo en una toalla y me echo el cabello
hacia
delante mientras lo cepillo y me hago un brushing. Cuando está seco,
dirijo
el secador hacia el espejo empañado y limpio un círculo para poder
aplicarme
un poco de maquillaje. Observo que mi bronceado ha empezado
a
aclararse. No creo que aquí pueda tumbarme mucho al aire libre, de
modo que
habré de acostumbrarme a tener el cutis algo más pálido.
Me
cepillo el pelo, me lo recojo hacia atrás en una coleta y me aplico
un poco
de brillo de labios y rímel. Paso del colorete, porque da la
impresión
de que ya no lo necesito: entre el clima y mis breves encuentros
con Tom,
mis mejillas siempre parecen rojas.
Mi madre
y Kel ya han regresado y han vuelto a salir mientras yo
estaba
en la ducha. Ella me ha dejado una nota para informarme de que
irán a
la ciudad con su amiga Brenda para devolver el camión de
mudanzas.
Ha dejado tres billetes de veinte dólares en la encimera, junto a
las
llaves del coche y una lista de la compra. Cojo todo y me dirijo al
todoterreno.
Esta vez consigo llegar hasta él sin tropezar.
Cuando
estoy retrocediendo con el coche, me doy cuenta de que no
tengo ni
la menor idea de adónde me dirijo. No conozco este pueblo y ni
siquiera
sé si tengo que girar a la derecha o a la izquierda al salir de mi
propia
calle. El hermanito de Tom está en su jardín delantero, de modo que
detengo
el coche junto al bordillo y bajo la ventanilla del acompañante.
—¡Oye!
¡Ven un momento! —le grito.
Me mira
vacilante. Tal vez piense que me voy a volver a comportar
como una
zombi. Camina hacia el coche, pero se detiene como a un metro
de la
ventanilla.
—¿Cómo
puedo llegar hasta la tienda de comestibles más cercana?
—le
pregunto.
Pone los
ojos en blanco.
—¿Me lo
dices en serio? Tengo nueve años.
De
acuerdo. Entonces, el parecido con su hermano sólo es
superficial.
—Vale,
gracias de todos modos —le digo— y, por cierto, ¿cómo te
llamas?
Me
sonríe con picardía y grita:
—¡Darth
Vader!
Se echa
a reír y sale corriendo en la dirección opuesta al coche.
¿Darth
Vader? Caigo en el significado de su respuesta: se está
burlando
de las zapatillas de andar por casa que yo llevaba puestas esta
mañana.
No pasa nada. Lo que sí pasa es que Tom debió de hablar de mí
con él.
No puedo evitar imaginar la conversación entre ellos ni lo que
Tom
piensa de mí, si es que piensa en mí... No sé por qué, pero he estado
pensando
en él más de lo que me parece conveniente. No puedo parar de
preguntarme
cuántos años tendrá, qué habrá estudiado o si estará soltero.
Por
suerte, no he dejado atrás a ningún novio en Texas. Hace casi un
año que
no salgo con nadie. Entre el instituto, mi trabajo a tiempo parcial
y
colaborar en las actividades deportivas de Kel, no me quedaba
demasiado
tiempo para los chicos. Me doy cuenta de que será un gran
cambio
pasar de no disponer de tiempo libre a no tener absolutamente
nada que
hacer.
Abro la
guantera y extraigo mi GPS.
—No te
lo recomiendo —dice Tom.
Alzo la
vista y lo veo venir hacia el coche. Hago todo lo posible para
reprimir
la sonrisa que trata de adueñarse de mi cara.
—¿Qué es
lo que no me recomiendas? —pregunto, mientras inserto
el GPS
en el soporte y lo enciendo.
Se cruza
de brazos y se apoya en la ventanilla del coche.
—Hay
muchas obras en este momento y con eso te perderás.
Cuando
estoy a punto de responder, Brenda se detiene a mi lado con
mi
madre. Brenda baja la ventanilla del conductor y mi madre se estira
desde el
asiento.
—No te
olvides del jabón para lavar la ropa... No recuerdo si lo he
apuntado
en la lista. Y jarabe para la tos. Me parece que estoy a punto de
pillar
algo —dice a través de la ventanilla.
Kel baja
de un salto del asiento de atrás, corre hacia el hermano de
Tom y lo
invita a entrar a conocer nuestra casa.
—¿Puedo?
—pregunta el niño a Tom.
—Claro
que sí —dice Tom, mientras abre la puerta del acompañante
—.
Vuelvo en un ratito, Bill. Voy a acompañar a Layken a hacer la
compra.
¿De
verdad? Le echo un vistazo y veo que se está abrochando el
cinturón.
—No soy
muy bueno dando indicaciones de palabra. ¿Te molesta si te
acompaño?
—Supongo
que no —digo, riendo.
Miro
hacia Brenda y mi madre, pero ellas ya han subido al camino de
entrada.
Pongo en marcha el coche y sigo las indicaciones que Tom me va
dando
del barrio.
—¿De
modo que tu hermano pequeño se llama Bill? —digo,
haciendo
un esfuerzo desganado por charlar.
—El pequeño y el único.
Después de que yo
naciera, mis padres
estuvieron
años tratando de tener otro hijo. Cuando por fin nació Bill,
los
nombres como «Tom» habían pasado de moda.
—A mí me
gusta tu nombre —digo.
En
cuanto las palabras salen de mi boca, me arrepiento. Parece un
coqueteo
burdo.
Ríe. Me
gusta su risa. Detesto que me guste su risa.
Me
sobresalto cuando siento que me aparta el pelo del hombro y me
toca el
cuello. Me pasa los dedos por debajo de la parte superior de la
camiseta
y la baja un poco por encima del hombro.
—Pronto
vas a tener que volvértelo a vendar.
Me sube
otra vez la camiseta y le da unos golpecitos. Sus dedos me
dejan un
reguero de calor en todo el cuello.
—Recuérdame
que compre vendas en la tienda —le digo, procurando
demostrar
que lo que hace y su presencia no me afectan en absoluto.
—Vamos a
ver, Layken. —Hace una pausa y, en lugar de mirarme a
mí,
observa las cajas que siguen apiladas en el asiento trasero—. Háblame
de ti.
—Huy,
no, que eso está muy trillado —le digo.
Se echa
a reír.
—De
acuerdo. Lo averiguaré por mi cuenta.
Se
inclina hacia delante y aprieta el botón de «expulsar» en mi
reproductor
de discos. Se mueve con tanta naturalidad como si hubiera
ensayado
sus movimientos durante años. ¡Qué envidia! Yo nunca me he
destacado
por tener demasiada gracia.
—Sabrás
que dice mucho de una persona la música que le gusta. —
Extrae
el disco y observa la etiqueta—: «¿La basura de Layken?» —lee en
voz alta
y ríe—: En este caso, ¿la palabra «basura» es descriptiva o
posesiva?
—Es que
no me gusta que Kel toquetee mis cosas.
Le
arrebato el disco y lo vuelvo a poner en el reproductor. En cuanto
el banjo
empieza a salir por los altavoces a todo volumen, me da
vergüenza.
Aunque soy de Texas, no quiero que confunda esto con la
música
country. Si hay algo que no echo de menos de Texas es esa clase de
música.
Estiro la mano y bajo el volumen, pero él me la coge.
—Súbelo
otra vez, por favor. Conozco este tema —objeta, sin
soltarme
la mano.
Mis
dedos siguen apoyados en el mando del volumen, de modo que
vuelvo a
subirlo. No puede ser que lo conozca. Me doy cuenta de que se
está
marcando un farol: ahora es él quien coquetea burdamente.
—¿Ah,
sí? —le digo y, para ponerlo en evidencia, le pregunto—: Y
¿cómo se
llama?
—Son los
Avett Brothers —dice—. Yo lo llamo «Gabriella», pero
creo que
es el final de una de sus canciones de Pretty Girl. Me encanta el
final de
este tema, cuando empiezan de pronto con las guitarras eléctricas.
Su
respuesta a mi pregunta me sorprende. Es verdad que los conoce.
—¿Te gustan los Avett Brothers?
—Me
chiflan. El año pasado tocaron en Detroit. Fue el mejor
espectáculo
en vivo que he visto en mi vida.
La
adrenalina me circula por el cuerpo como un torrente cuando le
miro la
mano, que sigue agarrada a la mía en el mando del volumen. Me
gusta,
pero me enfado conmigo misma porque me guste. No es la primera
vez que
un chico me hace tilín, pero por lo general me controlo mejor y
soy
menos sensible a estas maniobras tan típicas.
Cuando
observa que me he fijado en nuestras manos, suelta la suya y
se frota
las palmas en las perneras de los pantalones. Parece un gesto
nervioso,
y me pregunto si se sentirá tan incómodo como yo.
La
música que suelo escuchar no es la más corriente y es rarísimo
encontrar
a alguien que conozca siquiera a la mitad de las bandas que me
apasionan.
Los Avett Brothers siempre han sido mis preferidos.
Mi padre
y yo nos quedábamos levantados por la noche y cantábamos
juntos
algunas de sus canciones, mientras él trataba de sacar los acordes
en su
guitarra. En una ocasión me los describió. Me dijo:
«Una
banda tiene talento de verdad, Lake, cuando sus imperfecciones
definen
la perfección».
Llegué a
comprender lo que quería decir cuando empecé a
escucharlos
de verdad. Cuerdas de banjo rotas, sonidos desacordes
repentinos
y apasionados, voces que pasan de serenas a broncas y se
ponen a
chillar en una sola estrofa. Todo esto aporta a su música esencia,
carácter
y credibilidad.
Cuando
mi padre murió, mi madre me dio un regalo anticipado que
él
habría querido hacerme cuando cumpliera dieciocho años: un par de
entradas
para un concierto de los Avett Brothers. Me puse a llorar cuando
me las
entregó, pensando en las ganas con las que probablemente mi padre
esperaba
darme aquella sorpresa él mismo. Yo sabía que él habría querido
que las
usara, pero no pude. El concierto se celebró pocas semanas
después
de su muerte y comprendí que no lo disfrutaría, al menos no
como lo
habría hecho si él me hubiese acompañado.
—A mí
también me encantan —digo, vacilante.
—¿Alguna
vez los has visto tocar en directo? —pregunta Tom.
No sé
muy bien por qué, pero, a medida que vamos hablando, le
cuento
toda la historia sobre mi padre. Presta atención y sólo me
interrumpe
para darme indicaciones sobre cuándo y dónde girar. Le hablo
de
nuestra pasión por la música. Le cuento que mi padre murió de pronto
y de
forma totalmente inesperada de un ataque al corazón. Le explico lo de
mi
regalo de cumpleaños y el concierto al que jamás llegamos a asistir.
No sé
por qué sigo hablando, pero me da la impresión de que no puedo
cerrar
la boca. Jamás revelo información con tanta franqueza y menos a
personas
que apenas conozco y, sobre todo, a chicos que apenas conozco.
Aún sigo
hablando cuando advierto que nos hemos detenido en el
aparcamiento
de un supermercado.
—Guau
—digo cuando me fijo en la hora que marca el reloj—, ¿es
éste el
camino más rápido para llegar hasta aquí? Hemos tardado veinte
minutos.
Me guiña
un ojo y abre su puerta.
—Pues
no, en realidad no lo es.
¡Eso sí
que es coquetear! Y no me cabe duda de que me hace tilín.
Las
ráfagas de nieve se empiezan a mezclar con aguanieve cuando
estamos
cruzando el aparcamiento.
—Corre
—me dice.
Me coge
de la mano y me conduce hacia la entrada a toda velocidad.
Entramos
en la tienda riendo y sin aliento y nos quitamos la humedad
de la
ropa. Me quito la chaqueta y la sacudo y entonces su mano me roza la
cara
para retirarme un pelo mojado que tengo pegado a la mejilla. Su
mano
está helada, pero el ligero contacto de sus dedos me hace olvidar el
frío
glacial y se me calienta el rostro. Se le desvanece la sonrisa y nos
quedamos
los dos mirándonos de hito en hito. Sigo tratando de
acostumbrarme
a las reacciones que me produce. Cualquier roce y los
gestos
más simples afectan con intensidad mis sentidos.
Carraspeo
y aparto la vista para coger un carrito cercano. Le entrego
la lista
de la compra.
—¿Siempre
nieva en septiembre? —le pregunto, para tratar de
aparentar
que no me he inmutado.
—No y no
durará más que unos días; tal vez una semana. Por lo
general
no empieza a nevar hasta finales de octubre —dice—. Habéis
tenido
suerte.
—¿Suerte?
—Sí. Es
un frente frío poco común. Habéis llegado justo a tiempo.
—No me
digas. Pues yo suponía que la mayoría de los yanquis
odiaríais
la nieve. Porque aquí nieva casi todo el año, ¿no?
Se echa
a reír.
—¿Los
yanquis?
—¿Qué
pasa?
—Nada
—dice, sonriendo—, es que jamás había oído a nadie hablar
de los
yanquis en la vida real. Queda mono. Muy «sureño».
—Ay,
perdón —le digo—. A partir de ahora, no volveré a hablar de
yanquis.
Ríe y me
empuja suavemente.
—No, por
favor. Me gusta cómo lo dices: suena perfecto.
No me
puedo creer que me haya convertido en una de esas chicas que
se
derriten por un chico. ¡Cómo me desagrada! Me pongo a escudriñar sus
rasgos
con más atención para tratar de encontrarle algún defecto, pero es
imposible.
Hasta ahora, todo lo que he visto de él es perfecto.
Cogemos
lo que hay apuntado en la lista y nos dirigimos a la caja. No
me deja
poner nada en la cinta transportadora, de modo que retrocedo y
observo
mientras él vacía el carrito. Lo último que coloca en la cinta es
una caja
de vendas. No me había dado cuenta de que las había cogido.
Cuando
salimos del supermercado, Tom me hace girar en la
dirección
contraria a la que hemos venido. Recorremos como dos
manzanas
y me dice que tome la siguiente a la izquierda: es nuestra calle.
Hemos
recorrido el trayecto que nos llevó veinte minutos a la ida en
menos de
uno a la vuelta.
—¡Qué
bien! —digo cuando aparco en el camino de entrada.
Me doy
cuenta de lo que ha hecho y de que por su parte el coqueteo
salta a
la vista.
Tom ya
está detrás del todoterreno, de modo que presiono la palanca
del maletero. Me apeo y voy
hacia donde está, esperando verlo con los brazos
llenos de comestible. Sin embargo, se ha quedado allí, sujetando la
puerta y
mirándome.
Con mi
mejor imitación de una belleza sureña, me llevo una mano al
pecho y
le digo:
—¡Vaya!
Jamás habría podido encontrar la tienda sin su ayuda.
Muchísimas
gracias por su hospitalidad, gentil caballero.
Esperaba
hacerlo reír, pero se queda allí, mirándome fijamente.
—¿Qué
pasa? —pregunto nerviosa.
Se me
acerca y con suavidad me pone la otra mano bajo la barbilla.
Me
espanta mi propia reacción: que se lo permita. Me estudia el rostro
durante
unos segundos, mientras el corazón me late aceleradamente en el
pecho.
Me da la impresión de que está a punto de besarme.
Trato de
calmar mi respiración y alzo la mirada hacia él. Se me
acerca
un poco más y aparta la mano de mi barbilla, me la pone en la nuca
y me
inclina la cabeza hacia él. Apoya los labios con suavidad en mi frente
y los
deja unos segundos; después retira la mano y da un paso atrás.
—Eres
tan mona... —dice.
Se
inclina hacia el maletero y coge cuatro bolsas a la vez. Las lleva
hacia la
casa y las deposita junto a la puerta.
Me quedo
paralizada y trato de asimilar los últimos quince segundos
de mi
vida. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué me he limitado a quedarme allí y a
dejarlo
hacer? A pesar de mis objeciones, me doy cuenta —y es casi
lamentable—
de que acabo de recibir el beso más apasionado que jamás
me haya
dado un chico... ¡Y ha sido en la frente, joder!
Cuando
Tom vuelve a retirar del maletero otro puñado de bolsas de
comestibles,
Kel y Bill salen corriendo de la casa, con mi madre a la
zaga. Los
chicos atraviesan la calle como una exhalación para ir a ver el
dormitorio
de Caulder. Cuando mi madre viene hacia nosotros, Tom
extiende
la mano con amabilidad.
—Usted
debe de ser la madre de Layken y Kel. Soy Tom Kaulitz.
Vivimos
enfrente.
—Julia
Cohen —afirma ella—. ¿Eres el hermano mayor de Bill?
—Sí,
señora —responde él—. Le llevo doce años.
—De modo
que tienes... ¿veintiuno?
Me mira
—en este momento me encuentro detrás de Tom— y me
guiña un
ojo. Aprovecho la oportunidad para devolverle una de sus
miradas
asesinas, pero se limita a sonreír y de nuevo concentra la atención
en Tom.
—Vaya,
me alegro de que Kel y Lake hayan hecho amigos tan pronto
—dice.
—Yo
también —contesta él.
Ella se
vuelve y se dirige hacia dentro, aunque a propósito me empuja
suavemente
con el hombro al pasar. No dice nada, pero sé lo que insinúa:
me está
dando su aprobación.
Tom coge
las dos bolsas que quedan.
—Conque
Lake, ¿eh? Me gusta.
Me pasa
las bolsas y cierra el maletero.
—Vamos a
ver, Lake. —Se apoya en el coche y cruza los brazos—.
Bill y
yo nos vamos a Detroit el viernes y no volveremos hasta el
domingo
a última hora, por asuntos de familia —dice y agita la mano con
displicencia—,
de modo que me pregunto si tienes algún plan para mañana
por la
noche, antes de que me marche.
Es la
primera vez que me llama «Lake» alguien que no es mi madre
ni mi
padre. Apoyo el hombro en el coche y lo miro de frente. Trato de
mantener
la calma, aunque por dentro me muero de emoción.
—¿De
verdad quieres hacerme confesar que aquí no conozco a
nadie?
—le pregunto.
—¡Fantástico!
Quedamos así, entonces. Te paso a buscar a las siete y
media.
Se
vuelve enseguida y se dirige hacia su casa y me doy cuenta de que en realidad
no me ha invitado a salir y de que en realidad yo no he
aceptado.
HOLA!!! PRIMER CAPITULO ESPERO Y LES GUSTE ... 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO Y BIENVENIDAS :))
Quede encantada con el capítulo! Estoy ansiosa por leer mas, Cuídate. :)
ResponderEliminarYa me encabta esta novela,
ResponderEliminarSigueeeeeee
Se lee miy interesante.!
ResponderEliminarEstoy ansiosa por leer mas.
Siguelaaa ya!
Muy buena me encanto virgi espero el próximo cap..
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