CAPITULO
6.-
Your heart
says not again.
What kind of
mess have you got me in?
But when the
feeling’s there,
It can lift
you up and take you anywhere.
TRADUCCION:
Tu corazón dice no otra vez.
¿En qué clase de lío se me puso?
Pero cuando hay la sensación,
Se puede levantar hacia arriba y te
llevará a ninguna parte.
Las
semanas siguientes se me pasan volando, porque tengo más deberes y
me siento
más sola en la clase de Tom. Desde el día del asesinato del
muñeco
de nieve, no hemos vuelto a hablar y ni siquiera nos hemos
mirado a
los ojos. Huye de mí como de la peste.
No me
estoy adaptando demasiado bien a Michigan. Es posible que
todo lo
ocurrido con Tom haya acabado por complicar más el traslado. Lo
único
que me apetece es dormir, supongo que porque cuando dormimos
sufrimos
menos.
Eddie
sigue presentándome posibles candidatos para ocupar la plaza
vacante
—salta a la vista— en mi departamento de novios, pero los he
rechazado
a todos. Al final ha recurrido a cambiar de lugar con Nick en la
clase de
Tom, con la esperanza de que algo florezca entre nosotros.
No será
así.
—Oye,
Layken —me sonríe Nick, mientras se sienta en su nuevo
puesto,
más cerca de mí—. Tengo otro para ti. ¿Te lo cuento?
Sólo en
la última semana, he tenido que soportar que Nick me cuente
como
mínimo tres chistes al día sobre Chuck Norris. Supone —
erróneamente—
que, como soy de Texas, debo de estar obsesionada con la
serie «Walker, Ranger de Texas».
—Adelante.
Ya no
sigo tratando de arrebatarle esa ilusión: es inútil.
—A Chuck
Norris le acaban de adjudicar una cuenta de gmail. La
dirección
es <gmail@chucknorris.com>.
Tardo un
segundo en pillarlo. Por lo general, soy rápida con los
chistes,
pero últimamente la cabeza me va lenta y con razón.
—Muy
gracioso —respondo sin entusiasmo, para tratar de
apaciguarlo.
—Chuck
Norris ha contado hasta el infinito. Dos veces.
Aunque no
tenía ganas de reírme, lo he hecho. Nick me fastidia
bastante,
pero su ignorancia resulta simpática.
Cuando
Tom entra en la clase, sus ojos van como flechas hacia Nick.
Aunque
sigue sin mirarme, me gusta imaginar que siente un arrebato de
celos.
Últimamente me he propuesto prestar más atención a Nick cuando
Tom
entra en el aula. Detesto este deseo nuevo que se ha apoderado de mí
—el
deseo de poner celoso a Tom— y sé que le he de poner un corto antes de
que Nick
empiece a hacerse ilusiones, pero no puedo. Siento que es el
único
aspecto de toda esta situación que controlo hasta cierto punto.
—Coged
vuestras libretas: hoy vamos a escribir poesía —dice Tom,
mientras
se sienta delante de su escritorio.
La mitad
de la clase rezonga. Oigo que Eddie bate palmas.
—¿Podemos
trabajar en equipo? —pregunta Nick.
Empieza
a acercar su pupitre al mío.
Tom lo
fulmina con la mirada:
—No.
Nick se
encoge de hombros y vuelve a poner el pupitre en su sitio.
—Cada
uno de vosotros tiene que escribir un poema breve que
mañana
interpretará delante de la clase.
Empiezo
a tomar apuntes sobre la tarea, porque no quiero observarlo
mientras
habla. Quedarme en su clase no ha sido buena idea. No me puedo
concentrar
en nada de lo que dice. Todo el tiempo me estoy preguntando
qué le
pasará por la cabeza, si pensará en nosotros y lo que hará en su casa
por la
noche. Ni siquiera cuando estoy en la mía puedo pensar en otra cosa
que no
sea él. Me doy cuenta de que lanzo miradas a la acera de enfrente
siempre
que tengo ocasión. La verdad es que, aunque hubiera cambiado de
clase,
habría sido lo mismo: habría vuelto corriendo a casa para poder
observar
por la ventana cuando llega él. El juego que estoy jugando
conmigo
misma me resulta de lo más agotador. Ojalá encontrara la forma
de sacudirme
la influencia que ejerce sobre mí. Por lo visto, él ha
conseguido
superarlo.
—Tenéis
que empezar con apenas unas diez oraciones para la
presentación
de mañana. Después podemos ampliarlo a lo largo de las
próximas
semanas, para daros algo que preparar para el slam —dice Tom
—, y no
penséis que me he olvidado. Hasta ahora, nadie de esta clase se ha
presentado
al slam. Habíamos hecho un trato.
Toda la
clase empieza a protestar.
—¡El
trato no era ése! Usted dijo que bastaba con observar. ¿O es que
ahora
además tenemos que interpretar? —pregunta Gavin.
—No.
Bueno, no en sentido estricto. Todos los presentes tienen que
asistir
a una sesión. No hace falta que interpretéis una poesía. Sólo quiero
que
vayáis como espectadores. No obstante, cabe la posibilidad de que os
elijan
para el «sacrificio», de modo que no estaría mal que llevaseis algo
preparado.
Varios
alumnos preguntan al mismo tiempo qué es el «sacrificio».
Tom
explica el término y que pueden elegir a cualquier persona al azar;
por
consiguiente, quiere que todo el mundo tenga preparada una poesía
antes de
la noche en la que va a asistir, por si acaso.
—¿Y si
queremos interpretar una poesía? —pregunta Eddie.
—Hagamos
una cosa. Os propongo otro trato: quien quiera participar
de forma
voluntaria no tendrá que presentarse al examen final.
—Guay.
Trato hecho —dice Eddie.
—¿Y si
no vamos? —pregunta Javi.
—Entonces,
te estarás perdiendo algo alucinante y, además, recibirás
un
insuficiente en participación —responde Tom.
Ante la
respuesta de Tom, Javi pone los ojos en blanco y refunfuña.
—Y,
vamos a ver, ¿sobre qué clase de cosas podemos escribir? —
pregunta
Eddie.
Tom se
sitúa delante del escritorio y se sienta a unos centímetros de
mí.
—No hay
ninguna norma. Podéis escribir sobre cualquier cosa: el
amor, la
comida, vuestro hobby, algo importante que os haya pasado en la
vida.
Podéis hablar de lo mucho que aborrecéis a vuestro profesor de
poesía.
Escribid sobre cualquier cosa, mientras sea algo que os apasione.
Si el
público no percibe vuestra pasión, no os sentirá a vosotros... y eso
nunca
tiene gracia, creedme.
Lo dice como
si hablara por experiencia.
—¿Y
sobre sexo? ¿Podemos escribir sobre eso? —pregunta Javi.
Es
evidente que le está buscando las cosquillas, pero Tom sigue
impertérrito.
—Sobre
lo que tú quieras, siempre que no te metas en problemas con
tus
padres.
—¿Y si
no nos dejan ir? Quiero decir, después de todo, es un club
nocturno
—pregunta un alumno desde el fondo de la clase.
—Si
tienen alguna reserva, lo comprendo. Si hay algún padre o
madre al
que no le parezca bien, estoy dispuesto a hablar con ellos al
respecto.
Tampoco quiero que el transporte sea una excusa. El club queda
bastante
lejos, de modo que, si eso plantea algún problema, llevaré un
vehículo
de la escuela. Cualquiera que sea el obstáculo, lo resolveremos.
Me
apasiona la poesía slam y me da la impresión de que os hago un flaco
servicio
como profesor si no os brindo la oportunidad de experimentarla
en
persona.
»Durante
toda la semana iré respondiendo a vuestras preguntas sobre
el
trabajo semestral, pero, por el momento, dediquémonos a la tarea de
hoy.
Tenéis toda la hora para acabar la poesía. Empezaremos a
presentarlas
mañana. Manos a la obra.
Abro mi
libreta y la apoyo en mi pupitre. La miro fijamente y no
tengo ni
la menor idea de lo que puedo escribir. Últimamente sólo he
estado
pensando en Tom y de ninguna manera puedo escribir una poesía
acerca
de él.
Cuando
acaba la hora, lo único que he escrito en la hoja es mi
nombre.
Alzo la mirada hacia Tom, que está sentado frente a su escritorio,
mordiéndose
la comisura del labio inferior. Tiene los ojos clavados en mi
pupitre,
en la poesía que aún no he escrito. Mira hacia arriba y ve que lo
observo.
Es la primera vez que nos miramos a los ojos en tres semanas y,
aunque
parezca extraño, no aparta la vista de inmediato. Si tuviera idea de
lo mucho
que me afecta aquel gesto con el labio, dejaría de hacerlo. La
intensidad
de sus ojos me hace enrojecer y de pronto el aula se vuelve
cálida;
los mantiene clavados en mí hasta que suena el timbre que da por
concluida
la clase. Se pone de pie y se dirige a abrir la puerta para dejar
pasar a
los alumnos que salen. Enseguida guardo la libreta y me cuelgo la
mochila
al hombro. No lo miro a la cara cuando salgo del aula, pero noto
que me
observa.
Justo
cuando pensaba que se había olvidado de mí, va y me hace esto.
Me paso
el resto del día muy callada, tratando de analizar lo que ha hecho.
Al
final, la única conclusión a la que llego es que está tan confundido
como yo.
Me
agrada sentir el calor del sol cayéndome en la cara mientras voy
hacia mi
todoterreno. Ha hecho un frío de locos a principios de octubre y,
según el
pronóstico, las próximas dos semanas nos traerán una tregua de
la nieve
antes de que comience el invierno. Introduzco la llave de contacto
y la
giro.
No pasa
nada.
Fantástico:
mi todoterreno no arranca. No tengo ni idea de lo que
estoy
haciendo, pero aprieto el botón para abrir el capó y echo un vistazo.
Hay un
montón de cables y piezas metálicas y eso es todo lo que puedo
comprender
desde un punto de vista mecánico. Sé el aspecto que tiene la
batería,
de modo que saco una palanca del maletero y la golpeo con ella.
Tras un
nuevo fracaso al tratar de hacerla arrancar, recurro a golpear un
poco más
fuerte, hasta que me encuentro aporreando la batería, de pura
frustración.
—No te
lo recomiendo.
Tom se
detiene a mi lado con la mochila colgada sobre el pecho: tiene
mucho
aspecto de profesor y menos de Tom.
—Ya me
has dejado claro que la mayor parte de las cosas que hago
no te
parecen recomendables —le digo y vuelvo a concentrar la atención debajo del
capó.
—¿Qué le
pasa? ¿No arranca?
Se
agacha debajo del capó y se pone a tontear con los cables.
No
entiendo lo que hace. Primero me dice que no quiere hablarme en
público;
después se me queda mirando fijamente en clase, y ahora está
debajo
de mi capó, tratando de ayudarme. No me gustan nada las
contradicciones.
—¿Qué
haces, Tom?
Sale de
debajo del capó y me mira con la cabeza de lado.
—¿Qué te
parece que estoy haciendo? Intento averiguar qué le pasa a
tu
todoterreno.
Da la
vuelta hasta el asiento del conductor y trata de arrancar el
motor.
Lo sigo
hasta la puerta.
—Quiero
decir, ¿por qué lo haces? Me has dejado muy claro que no
quieres
que te dirija la palabra.
—Layken,
eres una alumna que se ha quedado varada en el
aparcamiento.
No puedo ir a buscar mi coche y, simplemente, pasar de
largo.
Ya sé
que, al referirse a mí como «una alumna», no lo hace como un
agravio,
pero lo siento así, sin ninguna duda. Se da cuenta de que no ha
elegido
bien las palabras, suspira, se apea del coche y vuelve a mirar
debajo
del capó.
—Oye,
que no es lo que he querido decir —se defiende y juguetea
con
otros cables.
Meto la
cabeza bajo el capó, a su lado, tratando de parecer natural
mientras
continúo con mi argumento.
—Ha sido
muy difícil, Tom. A ti te ha resultado de lo más sencillo
aceptarlo
y seguir adelante, pero para mí no ha sido tan fácil. No puedo
pensar
en nada más.
Tom se
agarra al borde del capó con las manos y vuelve la cabeza
hacia
mí.
—¿Te
parece que para mí ha sido sencillo? —susurra.
—Pues es
la impresión que das.
—Lake,
nada de todo esto ha sido fácil. He tenido que hacer un gran
esfuerzo
para venir todos los días a trabajar, sabiendo que es precisamente
este
trabajo lo que nos separa. —Se da la vuelta y se apoya en el coche—.
Si no
fuera por Bill, habría renunciado el día que te vi en el pasillo,
me
habría tomado un año sabático... y habría esperado a que acabaras los
estudios
para regresar. —Se vuelve hacia mí y baja aún más la voz—.
Créeme,
he pensado en todas las posibilidades. ¿Cómo te parece que me
siento
al saber que soy el motivo que te hace sufrir, que soy el motivo por
el cual
estás tan triste?
Su
sinceridad me sorprende. No tenía ni idea.
—Yo...
Perdón... Pensaba que...
Tom me
interrumpe en mitad de la frase y se vuelve otra vez hacia el
coche.
—La batería está bien. Da la impresión de que podría ser el
alternador.
—¿No te arranca el coche?
—pregunta Nick, acercándose a
nosotros,
lo cual
explica el repentino comportamiento cauteloso de Tom.
—No y,
según el señor Kaulitz, necesito un alternador nuevo.
—¡Qué
putada! —exclama Nick y mira debajo del capó—. Te puedo
llevar a
casa, si quieres.
Cuando
me dispongo a rechazar su ofrecimiento, Tom interviene:
—Eso
sería estupendo, Nick —dice, mientras cierra el capó.
Lo
fulmino con la mirada, pero él hace caso omiso de mi protesta
silenciosa.
Tom se aleja y me deja con Nick y sin ninguna otra opción para
regresar
a casa.
—Estoy
aparcado por allí —dice Nick y se dirige a su coche.
—Deja
que coja primero mis cosas.
Agarro
el bolso y, cuando las busco con la mano, veo que las llaves
del
coche no están. Tom ha debido de llevárselas sin querer. No cierro con
el
seguro, por si no las tiene: no quiero sumar también los honorarios del
cerrajero
a nuestra deuda, que no para de aumentar.
—¡Guau!
¡Qué coche más chulo! —digo cuando llegamos al de Nick.
Es un
pequeño coche deportivo negro. No estoy segura del modelo,
pero no
tiene ni una mota de polvo.
—No es
mío —dice cuando nos subimos—, sino de mi padre, pero
me deja
conducirlo cuando no trabaja.
—Es
chulo, de todos modos. ¿Te importaría pasar por la escuela
primaria
Chapman? Tengo que recoger a mi hermano pequeño.
—No hay
ningún problema —responde y sale del aparcamiento hacia
la
izquierda—. Entonces, chica nueva, ¿aún echas de menos Texas?
Ya llevo
un mes aquí y me sigue llamando «chica nueva».
—Sí —me
limito a responder.
Intenta
mantener una conversación sobre temas triviales, pero trato
sus
preguntas como si fueran retóricas, aunque no lo son. No puedo dejar
de
pensar en lo que me estaba diciendo Tom antes de que él nos
interrumpiera.
Finalmente se da por enterado de que no estoy por la labor
y
enciende la radio.
Cuando
llegamos a la escuela de Kel, me apeo para que me vea, ya
que no
estoy en mi coche. Al divisarme, viene corriendo hacia mí, seguido
de Bill.
—Eh,
¿qué le ha pasado a tu todoterreno?
—No
arranca. Sube, que Nick nos lleva a casa.
—Vale.
Bill viene hoy con nosotros.
Abro la
puerta de atrás y los dos suben al pequeño asiento trasero.
Enseguida
empiezan a hacer comentarios admirativos. Dedican el resto del
breve
trayecto a comparar Transformers y a hablar del coche de Nick.
Cuando
llegamos a casa, Kel y Bill saltan del coche y entran
corriendo.
Doy las gracias a Nick y sigo a los niños hacia la casa, cuando
oigo que
Nick abre su puerta.
—Espera,
Layken —me llama.
¡Ay!
Casi lo consigo. Cuando me vuelvo, está de pie en la entrada y
parece
nervioso.
—Esta
semana, Eddie, Gavin y yo vamos a ir a Getty. ¿Quieres venir?
Definitivamente,
no tendría que haber coqueteado con Nick. Me
siento
culpable, porque sé a ciencia cierta que le he dado las señales
erróneas.
—No lo
sé. Tendré que consultarlo con mi madre. Te contesto
mañana,
¿vale?
Advierto
sus ojos ilusionados y desearía haberme adelantado y
haberle
dicho que no. No quiero seguir dándole esperanzas.
—Sí,
mañana. Hasta entonces —dice Nick.
Cuando
entro en casa, Kel y Bill están sentados a la barra con los
deberes
sobre la mesa.
—Bill,
¿es que ahora vives con nosotros o qué?
Me mira
con sus grandes ojos cafeces, tan parecidos a los de Tom.
—Me
puedo ir a casa, si quieres.
—Que no;
que era broma. Me gusta que estés aquí: así, el renacuajo
este no
se mete conmigo.
Pellizco
los hombros de Kel y voy a coger algo de beber.
—Y ese
Nick ¿es tu novio? Pensé que mi hermano iba a ser tu novio.
El comentario
de Bill me coge desprevenida y escupo el zumo
que
tengo en la boca.
—No,
ninguno de los dos es novio mío. Tu hermano y yo sólo somos
amigos,
Bill.
—Pero,
Layken —dice Kel, mirando a Bill con una sonrisa
pícara—,
te vi besarlo la noche que te trajo a casa. En la entrada. Yo estaba
mirando
por la ventana de mi dormitorio.
Se me
atora el corazón en la garganta, me acerco y apoyo las manos
con
firmeza en la barra, frente a ellos.
—Kel, no
vuelvas a repetir jamás lo que acabas de decir. ¿Me oyes?
Se le agrandan
los ojos y tanto Bill como él se echan atrás en la
silla a
medida que yo me inclino hacia ellos por encima de la barra.
—Lo digo
en serio. No has visto lo que te parece haber visto. Tom
podría
tener muchos problemas si repites lo que has dicho. De verdad.
Los dos
asienten con la cabeza y yo retrocedo y me dirijo a mi
habitación.
Saco la libreta del bolso y me dejo caer junto a ella en la cama
para
ponerme a hacer los deberes, pero no puedo concentrarme: la mera
idea de
que se llegue a saber algo sobre Tom y sobre mí me distrae. Por
mucho
que deteste que no podamos estar juntos, detesto aún más la
posibilidad
de que lo echen. Necesita ese trabajo. Tom sólo tenía un año
más que
yo cuando murieron sus padres y, básicamente, desde entonces el
padre es
él. Cuanto más lo pienso, más me arrepiento de haber sido tan
dura con
él y con la decisión que ha tomado. El dolor que me produce que
no
podamos estar juntos no es nada en comparación con lo que Tom debe
de estar
pasando. Cada día lo considero menos un igual y más me siento
su
alumna.
Decido
ponerme a trabajar en la poesía, que ni siquiera he
comenzado
aún, pero, cuando entra mi madre al cabo de media hora, sigo
mirando
fijamente la página en blanco.
—¿Dónde
está tu todoterreno?
—Ay, me
olvidé de decírtelo: no arranca. Es el alternador o algo así.
Está
aparcado en el instituto.
—¿Cómo
te puedes olvidar de decirme algo así? —protesta, y su
frustración
resulta evidente.
—Perdón.
Estabas durmiendo cuando llegué y, como sé que has
estado
mala esta semana, no he querido despertarte.
Suspira
y se sienta en mi cama.
—No sé
cuándo podré llevarlo a arreglar. Trabajo los próximos días.
¿Te
importa si se queda en el instituto un par de días, hasta que encuentre
alguna
solución?
—Mañana
lo pregunto, aunque dudo de que se den cuenta siquiera de
que está
allí.
—De acuerdo.
Bueno, me voy a trabajar.
Se pone
de pie para marcharse.
—Pero si
tu turno no empieza hasta dentro de unas horas...
—Tengo
cosas que hacer —se apresura a responder.
Cierra
la puerta y me deja cuestionándome la validez de su respuesta.
Me estoy
secando el pelo después de darme una ducha cuando me
parece
oír el timbre de la puerta. Apago el secador y presto atención hasta
que, al
cabo de un momento, vuelve a sonar.
—¡Kel!
¡Llaman a la puerta! —grito, mientras me pongo el pantalón
del
chándal.
Me
recojo el cabello, húmedo todavía, con una goma y lo vuelvo a
recoger por
la mitad en lo alto de la cabeza; después me pongo una
camiseta
sin mangas. Suena otra vez el timbre.
Me
acerco a la puerta y espío por la mirilla: es Tom. Tiene los brazos
cruzados
y mira fijamente al suelo. Me da un vuelco el corazón al verlo
allí y
me vuelvo para echarme un vistazo en el espejo de la entrada. Desde
luego,
tengo todo el aspecto de estar recién salida de la ducha, pero por lo
menos no
llevo puestas las zapatillas de andar por casa de Kel. ¡Ay! Y ¿qué
más da?
Abro y
le hago señas para que entre. Se adelanta lo suficiente para
que
pueda cerrar la puerta, pero no da un paso más.
—Vengo a
buscar a Bill. Es la hora del baño.
Sigue
con los brazos cruzados y sus palabras son cortantes. Lo
interpreto
como una señal de que, por el momento, no voy a conseguir de
él
ninguna confesión más, de modo que le pido que espere mientras voy a
buscarlo.
Miro en el dormitorio de Kel, en el de mi madre y, por último,
en el
mío y se me acaban las habitaciones.
—Aquí no
hay nadie, Tom —le digo cuando regreso a la sala de estar.
—Tienen
que estar aquí. En mi casa no están.
Recorre
el pasillo y mira en las habitaciones, mientras los llama. Yo
abro la
puerta del patio, enciendo la luz exterior y reviso rápidamente
aquel
espacio reducido.
—Atrás
no están —le anuncio cuando volvemos a encontrarnos en la
sala de
estar.
—Miraré
de nuevo en mi casa —dice.
Cruza la
calle y voy tras él. Fuera está oscuro y ha bajado mucho la
temperatura.
Cada vez me inquieto más. Sé que Kel y Bill no pueden
estar al
aire libre a estas horas. Si no se encuentran en ninguna de las dos
casas,
no se me ocurre dónde pueden haberse metido.
Tom
recorre con rapidez toda su casa. Como en realidad nunca he
pasado
de la entrada, no me parece oportuno seguirlo, de modo que me
quedo en
la puerta y espero.
—Aquí no
están —dice sin poder disimular la incertidumbre.
Me llevo
las manos a la boca para ahogar un grito, al advertir la
gravedad
de la situación. Tom detecta el temor en mis ojos y me abraza.
—Los
encontraremos. Tienen que estar jugando en alguna parte. —Su
tranquilidad
es efímera, porque me suelta y vuelve a salir por la puerta
principal—.
Mira en el jardín de atrás; nos encontramos delante.
Los dos
los llamamos a gritos y el pánico me sube por el pecho.
Recuerdo
lo ocurrido una vez, cuando estaba cuidando a Kel, que tenía
cuatro
años, y pensé que lo había perdido. Lo busqué por toda la casa
durante
veinte minutos, hasta que finalmente no supe qué hacer y avisé a
mi
madre. Ella llamó enseguida a la policía, que llegó al cabo de unos
minutos.
No habían acabado de registrar la casa cuando por fin llegó ella
y el
pánico que vi en sus ojos cuando entró por la puerta me atravesó el
corazón
y las dos nos echamos a llorar. Después de buscarlo durante más
de
quince minutos, un agente encontró a Kel durmiendo como un tronco
encima
de las toallas dobladas del armario del cuarto de baño. Según
parece,
se estaba escondiendo de mí y se había quedado dormido.
Abrigo
la esperanza de experimentar la misma sensación de alivio
cuando
examino el jardín de atrás de Tom, pero allí no están. Regreso por
el
costado de la casa y veo a Tom mirando el interior de su coche. Cuando
me ve
correr hacia él, se lleva el dedo a la boca para indicarme que no
haga
ruido. Echo un vistazo al asiento trasero y veo a Kel y a Bill
agachados
en el suelo, con los dedos y las manos en forma de pistolas,
planchando
la oreja.
Lanzo un
suspiro de alivio.
—Como
vigilantes serían un desastre —susurra.
—Pues
sí.
Nos
quedamos los dos allí, mirando a nuestros hermanos pequeños.
Tom me
rodea con el brazo y me aprieta rápidamente los hombros. Sin
embargo,
su abrazo no dura mucho, así que ya sé que no es más que una
manifestación
de alivio al ver que nuestros hermanos están a salvo.
—Ah,
antes de que los despiertes, dentro tengo algo para ti.
Se
dirige a su casa, de modo que lo sigo y entro en la cocina tras él.
El
corazón me continúa latiendo con fuerza en el pecho, aunque no
puedo
distinguir si es una secuela de la búsqueda de nuestros hermanos o
si se
debe al simple hecho de estar en su presencia.
Extrae
algo de su cartera y me lo entrega.
—Tus
llaves —dice y las deja caer en mi mano.
—Gracias
—le digo algo desilusionada.
No sé
qué esperaba que tuviera, aunque fantaseaba con que fuera su
carta de
renuncia.
—Ahora
va bien. Supongo que podrás volver con él a casa mañana.
Se
acerca al sofá y toma asiento.
—¿Qué
dices? ¿Lo has arreglado? —pregunto.
—Bueno,
no lo he arreglado yo. Conozco a un tío y le ha cambiado
el
alternador esta tarde.
Me
vuelve a la cabeza lo que dijo en el aparcamiento. En realidad,
dudo de
que se molestara en cambiarle el alternador al coche de cualquier otro alumno.
—Tom, no
tenías que hacerlo —le digo y me siento a su lado en el
sofá—.
Gracias, de todos modos. Te lo pagaré.
—No te
preocupes. Me habéis ayudado mucho con Bill
últimamente.
Es lo menos que puedo hacer.
Una vez
más, no sé qué decir a continuación. Se repite la sensación
del
primer día, cuando, de pie en su cocina, me preguntaba qué podía
hacer,
después de que me ayudase con la venda. Debería marcharme,
supongo,
pero me gusta estar aquí, a su lado, aunque me vuelva a
encontrar
en deuda con él. Recupero la confianza suficiente para seguir
hablando.
—Entonces
¿podemos reanudar nuestra última conversación? —le
pregunto.
Se
acomoda en el sofá y apoya los pies en la mesa de centro que
tenemos
delante.
—Depende
—dice—. ¿Has encontrado alguna solución?
—Pues no
—respondo en el preciso instante en el que me viene a la
mente
una posibilidad. Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá y le
propongo
mi idea con mansedumbre—: Supón que lo que sentimos se
vuelve
más... complejo.
Hago una
breve pausa, porque no sé cómo va a tomar mi nueva
sugerencia,
de modo que prosigo con pies de plomo.
—No me
opongo a la idea de acabar el instituto por libre.
—Eso es
ridículo —espeta y me mira con severidad—. Ni se te
ocurra.
No vas a dejar de ir a clase de ninguna manera, Lake.
Vuelvo a
ser «Lake».
—Sólo
era una idea —digo.
—Menuda
idea. ¡Vaya tontería!
Nos
quedamos pensando en silencio y a ninguno de los dos se nos
ocurre
otra solución. Mantengo la cabeza apoyada en el respaldo del sofá
y lo
observo. Entrelaza las manos por detrás de la cabeza y mira al techo.
Tiene
las mandíbulas bien apretadas y, distraído, hace crujir los nudillos.
Ya no
lleva la misma ropa que cuando se viste de profesor, sino una
camiseta
blanca lisa y ajustada con unos pantalones de chándal de color
gris,
casi idénticos a los míos. Advierto por primera vez que tiene el
cabello
húmedo. Hacía semanas que no lo tenía tan cerca y estaba
empezando
a olvidar su olor. Inhalo y me llega el aroma de su loción para
después
de afeitar. Huele igual que el aire de Texas cuando está a punto de
empezar
a llover.
Tiene
una pizca de espuma de afeitar justo debajo de la oreja
izquierda.
Instintivamente, le acerco la mano al cuello para quitársela. Se
estremece
y se vuelve hacia mí, de modo que me pongo a la defensiva y
levanto
el dedo para mostrarle el motivo por el cual lo he tocado. Me coge
la mano
y me refriega el dedo contra la camiseta para quitarle la espuma
sobrante.
Nuestras
manos descansan en su pecho y seguimos mirándonos en
silencio.
Apoyo la palma sobre su corazón y lo siento latir con rapidez. Sé
que este
contacto entre nosotros no está bien, pero resulta de lo más
agradable.
Deja mi
mano en su pecho, que sube y baja al ritmo de su respiración.
Advierto
en sus ojos exactamente la misma mirada que cuando me
observaba
hoy en clase, pero esta vez mi reacción física es más intensa y
me
esfuerzo por controlar la fuerza que me impele a acercarme a él y a
besarlo.
Hace más de un mes que quiero hablar así con él. Aún tenía
muchas
cosas que expresar antes de que él empezara a actuar como si yo
no
existiera. Me temo que mi aislamiento se reanudará en cuanto salga de
su casa
esta noche, de modo que me atrevo a decirle lo que le quiero
transmitir
hace semanas.
—¿Tom?
—susurro—. Te esperaré... hasta que acabe el instituto.
Exhala y
cierra los ojos, mientras me pasa el pulgar por el dorso de
la mano.
—Eso es
mucho esperar, Lake. En un año pueden pasar muchas cosas.
Siento
en la palma de la mano que aumentan sus latidos.
No sé
qué me pasa, pero me acerco a él y vuelvo su rostro hacia el
mío.
Necesito que se fije en mí.
No me
mira a los ojos, sino que se concentra en la mano que sube
lentamente
por mi brazo. Las mismas sensaciones que me invadieron la
primera
noche que nos besamos vuelven en tropel. ¡Cómo he echado de
menos el
contacto físico con él!
Desplaza
la mano a mi hombro, pasa los dedos por debajo del tirante
de mi
camiseta y va siguiendo poco a poco sus bordes. Sus movimientos
son
lentos y metódicos: baja los pies de la mesita que tiene delante y gira
el
cuerpo hacia mí. Su expresión parece cargada de conflicto, pero se
adelanta
despacio y apoya los labios en mi hombro. Le pongo las manos
en la
nuca e inhalo. Se le acelera la respiración a medida que sus labios me
rozan el
hombro hasta llegar a mi cuello. La habitación empieza a dar
vueltas
y cierro los ojos. Sus labios recorren mi mandíbula y se acercan a
mi boca.
Cuando siento que se aleja, abro los ojos: me está observando.
Percibo
en su mirada un instante brevísimo de vacilación justo antes de
que sus
labios envuelvan los míos.
Con
anterioridad, sus besos habían sido muy suaves y delicados.
Ahora lo
impulsa un ansia diferente. Desliza las manos por debajo de mi
camiseta
y me coge por la cintura. Devuelvo sus besos con la misma
pasión
febril. Le paso las manos por el pelo y lo acerco a mí, mientras me
tumbo en
el sofá. En cuanto empieza a dejar caer el cuerpo sobre el mío,
sus
labios se alejan y se incorpora.
—¡Basta!
—dice—. No podemos seguir adelante.
Cierra
los ojos con fuerza y apoya la cabeza en el respaldo del sofá.
Me
incorporo, sin hacer caso de su protesta; mis manos le suben por
el
cuello hasta el pelo. Apoyo los labios en los suyos y me siento en su
regazo.
Vuelve a ponerme las manos en torno a la cintura, me acerca a él y
devuelve
mi beso con más intensidad aún.
Tiene
razón: cada vez son mejores.
Mis
manos encuentran el borde inferior de su camiseta y se la subo.
Nuestros
labios se separan por un instante, mientras la camiseta pasa entre
nosotros.
Le pongo las manos en el pecho y recorro con ellas el contorno
de sus
músculos mientras nos seguimos besando. Me coge por los brazos
y me
hace descender sobre el sofá. Espero que vuelva a encontrar mi boca,
pero,
por el contrario, se aparta de mí y se pone de pie.
—¡Levántate,
Layken! —me ordena.
Me coge
de la mano y me obliga a ponerme de pie.
Me
enderezo, atrapada todavía en aquel instante y sin dejar de jadear.
—Esto...
¡no puede ser! —Él también trata de respirar con normalidad
—. Ahora
soy tu profesor. Todo ha cambiado... Esto no está bien.
¡Qué
inoportuno! Me flaquean las rodillas, de modo que me siento
otra vez
en el sofá en busca de apoyo.
—No diré
nada, Tom. Te lo juro.
No
quiero que se arrepienta de lo que acaba de ocurrir entre
nosotros.
Por un instante, me ha dado la impresión de que volvíamos a
donde
teníamos que estar; ahora, al cabo de unos segundos, estoy confusa
de
nuevo.
—Lo
siento, Layken, pero esto no está bien —dice, mientras va de un
lado a
otro—. No es bueno para ninguno de los dos. No te conviene.
—¿Y tú
qué sabes acerca de lo que me conviene? —respondo con
brusquedad.
Me
vuelvo a poner a la defensiva.
Deja de
caminar de un lado a otro y se vuelve hacia mí.
—No me
vas a esperar. No dejaré que renuncies al que debería ser el
mejor
año de tu vida. He tenido que crecer demasiado deprisa, pero no te
lo voy a
quitar a ti también. No sería justo. No quiero que me esperes,
Layken.
Su
cambio de actitud y la manera en la que pronuncia mi nombre
completo
hacen que la habitación se quede sin oxígeno. Me mareo.
—No voy
a renunciar a nada —respondo con voz débil.
Si
hubiera podido hacer acopio de suficiente energía, lo habría
gritado.
Coge la
camiseta y se la pasa por la cabeza, mientras se aleja aún más
de mí.
Va al otro extremo de la sala de estar y da la vuelta por detrás del
sofá. Se
apoya en el respaldo y deja caer la cabeza entre los hombros, sin
mirarme
a los ojos.
—Mi vida
está llena de responsabilidades. ¡Estoy criando a un niño,
por el
amor de Dios! No podría dar prioridad a tus necesidades. ¿Es que
no lo
ves? Ni siquiera podría ponerlas en segundo lugar. —Alza la cabeza
poco a
poco y me vuelve a mirar—. Y tú te mereces algo mejor que el
tercer
puesto.
Voy
hacia él, me arrodillo delante, encima del sofá, y apoyo las
manos
sobre las suyas.
—Sé que
tienes que dar más importancia a tus responsabilidades que
a mí y
por eso te quiero esperar, Tom. Eres una buena persona. Y esto, esto
que tú
consideras un defecto... es lo que me enamora de ti.
Mis
últimas palabras se me escurren como si hubiera perdido el
escaso
autocontrol que aún me quedaba. De todos modos, no me
arrepiento
de haberlas dicho.
Retira
las manos de debajo de las mías y las coloca con firmeza a
ambos
lados de mi cara. Me mira directamente a los ojos.
—No te
estás enamorando de mí. —Lo dice como si fuera una orden
—. No te
puedes enamorar de mí.
Sus ojos
son duros y vuelve a apretar las mandíbulas. Siento que se
me
empiezan a llenar los ojos de lágrimas, pero entonces me suelta y se
dirige a
la puerta.
—Lo que
ha ocurrido esta noche... —al hablar hace un gesto en
dirección
al sofá— no puede volver a suceder. No se repetirá jamás.
Lo dice
como si tratara de convencer a alguien más que a mí.
Sale
dando un portazo y me quedo sola en su sala de estar. Me aprieto
el
estómago con las manos y se me intensifica la náusea. Me temo que, a
menos
que recupere pronto la compostura, no podré estar de pie el tiempo
suficiente
para llegar hasta mi casa. Inhalo por la nariz y exhalo por la
boca y
empiezo la cuenta atrás a partir del diez.
Es una
táctica de superación que aprendí de mi padre cuando era
pequeña.
Yo solía experimentar lo que mis padres llamaban «sobrecargas
emocionales».
Mi padre me rodeaba entonces con sus brazos y me
apretaba
lo más fuerte que podía, mientras contábamos hacia atrás.
Algunas
veces fingía los berrinches sólo para que él tuviera que
estrecharme.
Lo que no daría yo en este preciso instante por un abrazo de
mi
padre...
Se abre la
puerta y vuelve a entrar Tom con Bill dormido en
brazos.
—Kel se
ha despertado y está yendo a tu casa. Deberías ir tú también
—dice en
voz baja.
Me
siento totalmente avergonzada: avergonzada por lo que acaba de
ocurrir
entre nosotros y porque me esté haciendo sentir desesperada y más
débil
que él. Cojo con brusquedad las llaves de la mesa de centro, me
dirijo
hacia la puerta y me detengo frente a él.
—¡Eres
un imbécil! —le digo.
Me
vuelvo y me marcho dando un portazo.
En
cuanto llego a mi dormitorio, me desplomo en la cama y me echo
a
llorar. Aunque sea negativa, por fin me llega la inspiración para
componer
mis versos. Agarro un bolígrafo y me pongo a escribir,
mientras
voy secando las lágrimas que emborronan el papel.
HOLA!!! SIG CAP ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA SINO HASTA EL LUNES ... DOMINGO AUN NO SE ... BUENO HASTA PRONTO Y GRACIAS POR LEER :))
Tom puede ser un amor en secretoo.
ResponderEliminarSubee Virgii.. :) Me encanta!
Sube pronto *.*
ResponderEliminarSigueeeeee
ResponderEliminarSiguela pronto!! Si es posible hoy dia❤
ResponderEliminarMe encanto virgi espero el próximo cap.. tan lindo Tom!!
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