lunes, 7 de marzo de 2016

5 - PRIMERA PARTE

CAPITULO 5.-
I keep tellin’ myself
That it’ll be fine.
You can’t make everybody happy
All of the time
TRADUCCION: «Me digo una y otra vez / que todo saldrá bien. / No puedes hacer feliz a todo el mundo / todo el
tiempo.»

Me levanto de la cama y siento un latido fuerte en las sienes. Me muero
por tener una caja de pastillas de menta para mí sola. Siento el cuerpo
pesado después de tantas horas de alternar entre llorar y dormir mal.
Me preparo rápidamente un litro de café y me acomodo delante de la
barra a bebérmelo en silencio. No quiero ni pensar en el día que me
espera. Al rato entra Kel en pijama, con sus zapatillas de Darth Vader de
andar por casa.
—Buenos días —dice medio dormido.
Coge del escurreplatos la taza de «El mejor padre del mundo», se
acerca a la cafetera y se sirve café.
—Pero ¿qué haces? —le pregunto.
—Oye, que no eres la única que ha pasado una mala noche. —Se
encarama a un taburete del lado opuesto de la barra—. Cuarto curso es
peliagudo. He tardado dos horas en hacer los deberes —dice, mientras se
lleva la taza a la boca.
Le quito el café de las manos, lo vierto en mi taza y arrojo el jarrito
al cubo de la basura. Voy a la nevera, cojo un zumo y se lo pongo delante.
Kel pone los ojos en blanco, perfora el agujero en la parte superior
del envase y se lo lleva a la boca.
—¿Has visto que ayer trajeron el resto de nuestras cosas? Por fin
llegó la furgoneta de mamá y hemos tenido que descargarlo todo nosotros
solos...
Lo dice —es evidente— para hacerme sentir culpable.
—Ve a vestirte —le digo—. Nos vamos en media hora.
En cuanto dejo a Kel en la escuela empieza a nevar otra vez. Espero
que Tom tuviera razón cuando dijo que pasaría pronto. Detesto la nieve.
Detesto Michigan.

Cuando llego al instituto, voy directa a la secretaría. La señora Alex
está encendiendo su ordenador y, al verme, mueve la cabeza de un lado a
otro.
—No me digas nada... ¿Te quieres cambiar al turno C para comer?
Debería haberle traído el café de Kel.
—En realidad, necesito una lista de las optativas para la tercera hora.
Quiero cambiar de clase.
Acerca la barbilla al pecho para poder mirarme por encima de las
gafas.
—¿No estás en la optativa de poesía inglesa, con el señor Kaulitz? Es
una de las más buscadas.
—Precisamente por eso —confirmo—. Me quiero cambiar.
—Muy bien, tienes hasta el final de la semana antes de que te dé el
horario definitivo —dice, mientras coge una hoja y me la entrega—. ¿Qué
clase prefieres?
Reviso la breve lista de optativas posibles.
Botánica.
Literatura rusa.
Mis opciones son limitadas.
—Me quedo con literatura rusa por doscientos, Alex.6
Pone los ojos en blanco y se vuelve para introducir la información en
el ordenador. Supongo que no es la primera vez que se lo dicen. Me
entrega un horario nuevo y un impreso amarillo.
—Pídele al señor Kaulitz que te lo firme y me lo traes antes de la
tercera hora y con esto te queda todo resuelto.
—Estupendo —farfullo y me marcho de la secretaría.
Cuando consigo orientarme hasta el aula de Tom, siento alivio al ver
la puerta cerrada con llave y las luces apagadas. Verlo otra vez no
figuraba en mi lista de tareas para el día de hoy, de modo que decido
resolver la cuestión por mis propios medios. Meto la mano en mi mochila
y extraigo un bolígrafo, apoyo el impreso amarillo en la puerta del aula y
me dispongo a falsificar el nombre de Tom.
—No te lo recomiendo.
Me doy la vuelta y lo tengo detrás, con una mochila negra colgada
del hombro y las llaves en la mano. El estómago me pega un brinco
cuando lo veo. Lleva pantalones caqui y una camisa negra metida en la
cintura. El color de la corbata le hace juego con los ojos cafeces y cuesta
separar la vista de ellos. Tiene un aspecto tan... profesional.
Retrocedo mientras pasa a mi lado e introduce la llave en la
cerradura. Entra en el aula y enciende las luces y después apoya la mochila
en el escritorio. Sigo de pie junto a la puerta y me hace señas para que
entre. Apoyo con fuerza el impreso boca arriba en su escritorio.
—Como no habías llegado aún, se me ha ocurrido que podía
ahorrarte el trabajo —digo con tono defensivo, para justificar mis actos.
Tom sujeta el impreso y hace una mueca.
—¿Literatura rusa? ¿Es eso lo que has elegido?
—Era eso o botánica —respondo sin alterarme.
Tom separa la silla y se sienta. Pone el impreso sobre el escritorio,
coge un bolígrafo y acerca la punta a la línea, pero vacila y lo deja sobre
el papel, sin firmarlo.
—Estuve pensando mucho anoche... sobre lo que dijiste ayer, y me
parece que no tengo derecho a pedirte que te cambies de clase sólo porque
me hace sentir incómodo. Vivimos a cien metros de distancia y nuestros
hermanos se están haciendo muy amigos. En todo caso, esta clase nos irá
bien a los dos, nos ayudará a encontrar la manera de comportarnos
cuando estemos juntos. De una forma u otra, vamos a tener que
acostumbrarnos. Además —dice, mientras coge un papel de su mochila y
lo empuja hacia delante sobre el escritorio—, es evidente que para ti será
pan comido.
Miro el examen que yo había rellenado el día anterior: me ha puesto
un diez.
—No me importa cambiar —digo, aunque en realidad sí que me
importa—. Entiendo tu razonamiento.
—Gracias, pero a partir de aquí sólo puede ser más sencillo, ¿no te
parece? Alzo la mirada hacia él y asiento con la cabeza.
—Tienes razón —miento.
Está totalmente equivocado: estar cerca de él todos los días no va a
facilitar las cosas en absoluto. Aunque volviera a mudarme a Texas hoy
mismo, seguiría sintiéndome demasiado cerca de él. Sin embargo, a mi
conciencia todavía no se le ocurre ningún argumento de peso para
convencerme de cambiar de clase.
Arruga el impreso de solicitud de cambio de asignatura y lo arroja
hacia la papelera. Era por unos sesenta centímetros. Lo recojo mientras
me dirijo a la puerta y lo emboco.
—Hasta la tercera hora, entonces, señor Kaulitz.
Al salir, con mi visión periférica lo veo fruncir el ceño.
Me siento un poco mejor. No me gustaba nada cómo habían quedado
las cosas ayer. Aunque estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para
corregir esta incómoda situación entre nosotros, él sigue encontrando, de
alguna manera, la forma de tranquilizarme.

—¿Qué te pasó ayer? —pregunta Eddie cuando entramos en la
segunda hora—. ¿Te volviste a perder?
—Sí, perdona. Problemas con la secretaría.
—¿Por qué no me enviaste un mensaje de texto? —me toma el pelo
con tono sarcástico—. Me tenías preocupada.
—Vaya, lo siento, cariño.
—¿Cariño? ¿Acaso quieres robarme a mi chica?
Un chaval que no conozco la rodea con el brazo y la besa en la
mejilla.
—Layken, te presento a Gavin —dice ella—. Gavin, ésta es Layken, tu
rival.
Gavin tiene el cabello rubio casi idéntico al de Eddie, salvo por el
largo. Podrían pasar por hermanos, aunque él tiene los ojos castaños y los
de ella son azules. Lleva una sudadera negra con capucha y vaqueros y,
cuando aparta el brazo del hombro de Eddie para estrecharme la mano,
observo que tiene un corazón tatuado en la muñeca... igual que el de ella.
—He oído hablar mucho de ti —dice, mientras me tiende la mano.
Lo observo con curiosidad y me pregunto qué habrá oído.
—No es cierto —reconoce, sonriendo—. No sé nada de ti, pero es lo
que se suele decir cuando te presentan a alguien.
Se vuelve hacia Eddie y le da otro beso en la mejilla.
—Te veo en la próxima hora, nena. Me voy a clase.
Los envidio.

El señor Hanson entra en el aula y anuncia un examen del capítulo.
No pongo objeciones cuando me entrega una copia y pasamos el resto de
la hora en silencio.
Cuando sigo a Eddie a través de la multitud de estudiantes, tengo un
nudo en el estómago. Ya me estoy arrepintiendo de no haberme cambiado
a literatura rusa. ¿Cómo es posible que alguno de los dos pensara que esto
nos facilitaría las cosas?
Llegamos a la clase de Tom, que está parado en la puerta y saluda a
los estudiantes a medida que llegan.
—Hoy tiene mejor aspecto, señor Kaulitz. ¿Quiere una pastilla de
menta? —dice Eddie, y se dirige a su asiento.
Javi pasa, lanza a Tom una mirada hostil y se sienta.
—Vamos a ver —empieza Tom, después de cerrar la puerta tras él—.
Lo habéis hecho bastante bien en el examen de ayer. «Elementos de la
poesía» es un tema un tanto aburrido, conque seguro que todos estaréis
contentos de haberlo superado. Creo que la parte de interpretación os
resultará más interesante y a eso nos vamos a dedicar el resto de este
semestre.
»La poesía representada se parece a la poesía tradicional, pero
incorpora un elemento más: la representación en sí.
—¿Representación? —pregunta Javi con desdén—. ¿Se refiere a algo
parecido a esa película sobre los poetas muertos, en la que tenían que leer
gilipolleces delante de toda la clase?
—No del todo —dice Tom—. Eso no es más que poesía.
—Se refiere a los poetry slams —añade Gavin—, como los que se
celebran los jueves en el Club N9NE.
—Y ¿qué es un poetry slam? —pregunta una chavala desde el fondo
de la clase.
Gavin se vuelve hacia ella.
—¡Es una pasada! Eddie y yo vamos de vez en cuando. Tienes que ir
para entenderlo de verdad —añade.
—Ésa es una de sus formas —dice Tom—. ¿Alguien más ha ido a un
poetry slam?
Otro par de alumnos levantan la mano. Yo no.
—Muéstreselo, señor Kaulitz. Interprete una de las suyas —pide
Gavin.
Observo la vacilación en los ojos de Tom. Sé por experiencia que no
le gusta que lo pongan en aprietos.
—Tengo una idea. Hagamos un trato. Yo interpreto una de mis
poesías, si todos aceptáis asistir por lo menos a un poetry slam este
semestre en el Club N9NE.
Nadie pone ninguna objeción. A mí me gustaría objetar, pero para
eso tendría que levantar la mano y dar explicaciones, de modo que no me
opongo.
—¿Ninguna objeción? De acuerdo, entonces. Recitaré un poema mío
breve y recordad que en el slam lo que importa no es sólo la poesía, sino
también la interpretación.
Tom se coloca al frente del aula de cara a los alumnos. Sacude los
brazos y estira el cuello hacia la izquierda y hacia la derecha para tratar de
relajarse. Cuando carraspea, no suelta el tipo de tosecilla para limpiar la
garganta que tiene la gente cuando está nerviosa, sino la que tienes antes
de lanzar un grito.

Las esperanzas, las evaluaciones y las evasiones internas
se me escapan volando como charcos de sangre de una
herida,
un feto salido del vientre de un cadáver en una tumba,
mustio y desparramado como unas sábanas rojas en la
cama
de una habitación inmaculada.
No puedo respirar,
no puedo ganar.
Desde esta posición indeleble en la que me encuentro,
controla la única parte de mi alma desventurada
que puede valerse por sí misma en este agujero ahuecado
que he excavado desde dentro, como un prisionero en
una celda sin llave, sentado en los abismos más profundos,
sin preocuparse por no estar en un lugar sofocante.
Podría abrir la puerta, porque no necesita
ninguna llave,
pero, una vez más,
¿para qué iba a hacerlo?
La circunlocución es su revolución.

El silencio del aula es ensordecedor. Nadie dice nada, nadie se mueve,
nadie aplaude. Nos ha impactado. Me ha impactado. ¿Cómo espera que yo
supere lo nuestro, si no deja de hacer cosas como ésta?
—Pues ya está —dice, como quien no quiere la cosa, y regresa a su
asiento.
Dedicamos el resto de la clase a hablar de poesía slam. Me esfuerzo
por seguirlo, mientras él da más explicaciones, pero todo el tiempo me
limito a concentrarme en que no me ha mirado ni una sola vez. Ni una.
A la hora de comer, ocupo mi sitio al lado de Eddie. Observo que se
dirige hacia nosotras un chaval que se sienta un par de filas detrás de mí
en la clase de Tom. Sostiene dos bandejas en equilibrio con el brazo
izquierdo y la mochila y una bolsa de patatas fritas con el derecho. Se
instala enfrente de mí y se dedica a pasar toda la comida a una sola
bandeja. Cuando acaba, saca de la mochila una botella de dos litros de
Coca-Cola y se la pone delante. Desenrosca el tapón y bebe a morro de
ella. Mientras traga el refresco, me mira y después vuelve a apoyar la
botella en la mesa y se seca la boca.
—¿Te vas a beber el batido de chocolate, chica nueva?
Asiento con la cabeza.
—Para eso lo he traído.
—Y ¿qué me dices del panecillo? ¿Te lo vas a comer?
—También lo he cogido por alguna razón, efectivamente.
Se encoge de hombros, alarga la mano hacia la bandeja de Gavin y
coge su panecillo en el preciso momento en que éste se vuelve y le da un
golpe en la mano: demasiado tarde.
—Pero ¡Nick, tío! Es imposible que engordes cinco kilos antes del
viernes. Déjalo ya —dice Gavin.
—Cuatro —lo corrige Nick con la boca llena de pan.
Eddie coge su panecillo y se lo lanza. Nick lo atrapa en el aire y le
guiña un ojo.
—Tu chica tiene fe en mí —dice Nick a Gavin.
—Es que levanta pesas —me explica Eddie— y para el viernes tiene
que engordar cinco kilos para poder competir en la categoría de su peso.
No pinta bien.
Al oírlo, cojo mi panecillo y lo lanzo a la bandeja de Nick. Me guiña
un ojo y lo unta con un montón de mantequilla.
Me alegro de que Eddie me haya incorporado tan rápido a su grupo
de amigos, aunque no he tenido demasiadas posibilidades, sino que ha
sido bastante a la fuerza. En Texas, éramos veintiuno en mi clase. Tenía
amigas, pero, como había tan pocas entre las que elegir, nunca consideré a
ninguna de ellas mi mejor amiga. Salía sobre todo con Kerris, pero no he
vuelto a hablar con ella desde que me mudé. Por lo que he visto de Eddie
hasta el momento, resulta tan interesante que sólo espero poder intimar
más con ella.
—Y ¿cuánto hace que salís juntos Gavin y tú? —le pregunto.
—Desde segundo. Le di un golpe con el coche. —Lo mira y sonríe—.
De modo que fue amor al primer tortazo. ¿Y tú? —me pregunta—. ¿Tienes
novio?
Ojalá pudiera hablarle de Tom. Me gustaría contarle que, cuando nos
conocimos, sentí de inmediato algo que no había sentido jamás con
ningún chico. Quiero hablarle de la primera vez que salimos y que durante
toda la velada tuve la impresión de que nos conocíamos desde hacía años.
Quiero hablarle de su poesía, del beso, de todo; pero en particular quiero
contarle nuestro encuentro en el pasillo, cuando nos dimos cuenta de que
no podíamos decidir nuestro futuro. Sin embargo, sé que no puedo. No se
lo puedo decir a nadie, de modo que me limito a responder:
—No.
—¿En serio? ¿No tienes novio? Bueno, eso tiene arreglo —dice.
—No hace falta. No hay nada roto.
Eddie se echa a reír, se vuelve hacia Gavin y los dos se ponen a
debatir sobre posibles pretendientes para su nueva y solitaria amiga.

Por fin llega el fin de semana. Nunca había sentido tanto alivio al
salir de un aparcamiento en toda mi vida. Aunque Tom viva en la acera de
enfrente, me siento menos vulnerable cuando estoy en casa que cuando lo
tengo a medio metro de distancia en clase. Ha logrado no mirarme a los
ojos en toda la semana y puedo asegurar que he hecho todo lo posible por
pillar siquiera una mirada fugaz hacia donde yo estaba: prácticamente no
le quité los ojos de encima.
Me desvío durante el trayecto para poder poner mejor en práctica mi
plan de pasarme todo el fin de semana encerrada: consiste en películas y
comida basura.
Cuando entro en casa, mi madre está sentada delante de la barra de la
cocina y, a juzgar por su mirada adusta, no se alegra demasiado al verme.
Voy a la cocina y dejo las películas y las bolsas de comida basura en la
encimera, delante de ella.
—Voy a pasar el fin de semana con Johnny Depp —le digo, tratando
de no prestar atención a su semblante.
No sonríe.
—Hoy he traído a Bill de la escuela —explica— y ha mencionado algo muy interesante.
—¿Ah, sí? ¿Qué te pasa, mamá? ¿Estás constipada?
Procuro hablar con desenfado, aunque, por el tono de su voz,
imagino que lo que en realidad quiere decir es lo siguiente: «Me he
enterado por el amigo de tu hermanito de algo que deberías haberme
contado tú».
—¿No tienes nada que decirme? —pregunta y me mira furiosa.
Bebo un sorbo de agua de una botella y tomo asiento frente a la barra.
Tenía pensado hablar con ella de todo esta noche, pero da la impresión de
que dicha conversación se va a adelantar.
—Mamá, te juro que te lo iba a contar...
—¡Da clases en tu instituto, Lake!
Empieza a toser, coge un pañuelo de papel y se pone de pie. Cuando
recobra la compostura, baja la voz para no llamar la atención de los niños,
que están cerca, en algún sitio.
—¿No te parece que es algo que tendrías que haber mencionado antes
de que te dejara salir con él?
—¡Es que no lo sabía! ¡Y él tampoco lo sabía! —digo con un tono
demasiado defensivo.
Ladea la cabeza y pone los ojos en blanco, como si la estuviera
tratando de tonta.
—Pero ¿qué haces, Lake? ¿No te das cuenta de que está criando a su
hermanito? Esto podría arruinar su...
Los ojos de las dos se clavan como flechas en la puerta cuando oímos
que el coche de Tom se detiene a la entrada de su casa. Me dirijo
rápidamente a la puerta para tratar de cerrarle el paso y que me permita
explicárselo, pero ella llega antes, de modo que salgo detrás,
suplicándole:
—Mamá, por favor, déjame que te lo explique. ¡Por favor!
Ella ya está en la entrada de la casa de Tom cuando él advierte nuestra
acometida. Sonríe al ver a mi madre, pero la sonrisa se desvanece cuando
me ve tras ella. Ya se ha figurado que no se trata de una visita amistosa.
—Julia, por favor —dice—, ¿podemos entrar para hablar de esto?
Sin responder, ella se limita a dirigirse con paso firme hasta la puerta
y entra.
Tom me mira con expresión inquisitiva.
—Tu hermano ha dicho que eras profesor. No he tenido oportunidad
de explicarle nada —le digo.
Suspira y entramos con desgana.
Es la primera vez que entro en su casa desde que me enteré de la
muerte de sus padres. No ha cambiado nada y, sin embargo, todo ha
cambiado. El primer día, cuando me senté frente a la barra de la cocina,
supuse que todo lo que había allí pertenecía a sus padres, que la situación
de Tom no era diferente de la mía. Ahora, cuando observo lo que me
rodea, proyecta otra luz sobre él: una luz de responsabilidad, de madurez.
Mi madre está sentada muy rígida en el sofá. Tom atraviesa la
habitación con calma y se sienta en el borde del diván que hay enfrente. Se
inclina hacia delante, entrelaza las manos frente a él y apoya los codos en
las rodillas.
—Se lo explicaré todo.
Lo dice con tono serio y respetuoso.
—Ya sé que lo harás —responde ella sin alterarse.
—En realidad, hice un montón de suposiciones. Pensé que ella era
mayor. Parecía mayor. Cuando me dijo que tenía dieciocho años, imaginé
que estaba en la universidad. Estamos en septiembre y la mayoría de los
alumnos no han cumplido los dieciocho cuando empiezan el último año.
—La mayoría. Sólo hace dos semanas que los cumplió.
—Sí, ya... Ya me he enterado —dice y echa una mirada hacia donde
estoy.» Además, no fue a clase la primera semana que os mudasteis, de
modo que simplemente me lo figuré y, no sé cómo, ni se nos ocurrió
tocar el tema cuando salimos juntos.
Mi madre empieza a toser otra vez. Tom y yo esperamos, pero la tos
se intensifica y ella se pone de pie para respirar hondo unas cuantas veces.
Si no supiera que no se encuentra bien, diría que le está dando un ataque de
pánico. Tom va a la cocina y regresa con un vaso de agua. Ella bebe un
sorbo y se vuelve hacia la ventana de la sala de estar que da al jardín de la
entrada. Bill y Kel están fuera; los oigo reír. Mi madre va hacia la
puerta principal y la abre.
—¡Kel! ¡Bill! ¡No os quedéis en la calle! —Cierra la puerta y se
vuelve hacia nosotros—. Y, decidme, ¿cuándo salió por fin el tema? —
pregunta, mirándonos a los dos.
No puedo responderle. En cierto modo, en presencia de los dos, me
siento pequeña. Dos adultos que discuten delante de los niños: eso es lo
que me hacen sentir.
—No lo supimos hasta que se presentó en mi clase —responde Tom.
Mi madre me mira con la boca abierta.
—¿Estás en su clase?
Mira a Tom y repite la pregunta:
—¿Está en tu clase?
¡Por Dios! ¡Qué mal suena cuando las palabras salen de su boca!
Se pone de pie y recorre la sala de estar de un lado a otro. Tom y yo
le damos tiempo para procesarlo.
—¿Me estáis diciendo que ninguno de los dos sabía absolutamente
nada de esto antes del primer día de clase?
Los dos manifestamos nuestra conformidad asintiendo con la cabeza.
—Pues bien... ¿Qué demonios hacemos ahora? —pregunta.
Apoya las dos manos en las caderas. Tom y yo guardamos silencio,
con la esperanza de que, por arte de magia, se le ocurra la solución que
los dos llevamos toda la semana buscando.
—En fin —responde Tom—, Lake y yo estamos haciendo todo lo
posible para ir sobrellevándolo día a día.
Lo fulmina con una mirada acusadora.
—¿Lake? ¿La llamas «Lake»?
Tom mira al suelo y carraspea, sin atreverse a mirarla a los ojos.
Mi madre suspira y se sienta junto a Tom, en el sofá.
—Los dos tenéis que aceptar la gravedad de la situación. Conozco a
mi hija y le gustas, Tom, y mucho. Si compartes aunque sólo sea una
fracción de esos sentimientos, harás todo lo posible por distanciarte de
ella y eso incluye prescindir de los apodos. Esto pone en peligro tu
carrera y la reputación de ella.
Se pone de pie y se dirige a la puerta principal, y la mantiene abierta
para que salga tras ella. No nos brinda la oportunidad de hablar a solas.
Kel y Bill nos pasan rozando y se meten corriendo en el
dormitorio de Bill. Mi madre los observa desaparecer por el pasillo.
—Esto no tiene por qué afectar a los niños —dice y dirige la atención
otra vez hacia Tom—. Propongo que busquemos alguna solución que
permita reducir al mínimo el contacto entre Lake y tú.
—Estoy totalmente de acuerdo —responde él.
—Yo trabajo por la noche y duermo por la mañana. Si quieres
llevarlos tú a la escuela, Lake o yo pasaremos a recogerlos. Lo que hagan
después dependerá de ellos. Parecen pasárselo bien yendo de una casa a
otra.
—Me parece estupendo. Gracias.
—Es un buen chico, Tom.
—Lo digo en serio, Julia. Estoy de acuerdo. No había visto a Bill
tan contento desde...
La voz de Tom se va apagando y no acaba la frase.
—¿Julia? —pregunta—. ¿Hablará con dirección sobre esto? Vamos a
ver: si necesita hacerlo, lo comprendo perfectamente. Lo que pasa es que
me gustaría estar preparado.
Ella lo mira y después me mira a mí y me clava los ojos mientras
habla. —No estará ocurriendo nada de lo cual tenga que informarlos,
¿verdad?
—Nada en absoluto, te lo juro —me apresuro a responder.
Quiero que Tom me mire, para que advierta la disculpa en mis ojos,
pero no lo hace. En cuanto él cierra la puerta a nuestras espaldas, no puedo
contener más la lengua.
—¡¿Por qué has tenido que hacer algo así?! —le grito—. ¡Ni siquiera
me has brindado la oportunidad de explicártelo!
Cruzo la calle como una flecha, sin mirar atrás. Entro corriendo en
casa y me refugio en la soledad de mi cuarto, del que no saldré hasta que
se haya marchado a trabajar.
—Layken, ¿tenemos algún paquete de Kool-Aid?
Kel está de pie en la entrada, cubierto de nieve medio derretida. No es
lo más insólito que me ha pedido, de modo que, sin hacer preguntas, cojo
del armario de la cocina un sobre con sabor a uva y se lo llevo.
—No, morado no; tiene que ser rojo —dice.
Le quito el paquete morado de las manos y regreso con uno rojo.
—¡Gracias!
Cierro la puerta detrás de él, cojo una toalla y la extiendo sobre las
baldosas de la entrada. No son ni siquiera las nueve de la mañana y Kel y
Bill ya llevan más de dos horas fuera, en la nieve.
Tomo asiento junto a la barra y me acabo la taza de café, mientras
contemplo la pila de comida basura que ya no me entusiasma comerme.
Mi madre ha vuelto a casa a eso de las siete y media de la mañana y se ha
metido en la cama, donde permanecerá hasta eso de las dos de la tarde.
Sigo enfadada con ella y no me apetece en absoluto hacer frente a la
situación en el día de hoy, de modo que, por lo visto, dispongo de unas
cinco horas antes de volver a encerrarme en mi habitación. Cojo una
película de la barra y, a pesar de mi falta de apetito, una bolsa de
bombones. Si hay un hombre capaz de sacarme a Tom de la cabeza, ése es,
sin duda, Johnny Depp.
Cuando voy por la mitad de la película, Kel entra en casa dando
brincos, cubierto aún de nieve medio derretida; me coge de la mano y
trata de arrastrarme hacia afuera.
—¡Para, Kel! ¡No quiero salir! —le digo con brusquedad.
—Por favor. Será sólo un minuto. Tienes que ver el muñeco de nieve
que hemos hecho.
—De acuerdo, pero deja que, por lo menos, me ponga unos zapatos.
En cuanto acabo de ponerme la segunda bota, Kel vuelve a cogerme
de la mano y me arrastra hacia afuera. Sigo dejando que me lleve,
mientras me tapo los ojos, que tardan un poco en acostumbrarse al reflejo
del sol sobre la nieve.
—Está por aquí —oigo decir a Bill, aunque no me habla a mí.
Alzo la mirada y lo veo trayendo a su hermano de la misma manera
en la que Kel me lleva a mí. Nos conducen a los dos hasta la parte trasera
de mi todoterreno, donde nos colocan a pocos centímetros de distancia,
justo delante de la víctima.
Ahora entiendo por qué me ha pedido Kool-Aid rojo. Frente a
nosotros, tumbado en el suelo bajo la parte trasera de mi todoterreno, hay
un muñeco de nieve muerto. Sus ojos son trozos de ramitas dispuestos en
una expresión sombría. Sus brazos son dos ramas finas colocadas a los
costados, una de ellas partida en dos bajo la rueda trasera. Sobre la cabeza
y el cuello han espolvoreado un rastro de Kool-Aid rojo que llega hasta
un charco de nieve roja brillante, como a treinta centímetros del muñeco.
—Ha sufrido un accidente terrible —dice Kel con toda seriedad.
Bill y él se mueren de risa.
Tom y yo nos miramos y, por primera vez en una semana, me sonríe.
—¡Guau! Voy a buscar mi cámara —anuncia.
—Y yo la mía —respondo.
Le sonrío a mi vez y voy adentro. ¿De modo que así será todo a partir
de ahora? ¿Simular que conversamos delante de nuestros hermanos?
¿Evitarnos el uno al otro en público? ¡Cómo detesto la transición!
Cuando regreso con la cámara, los niños siguen admirando la escena
del crimen, de modo que les hago un par de fotografías.
—Kel, matemos ahora a un muñeco de nieve con el coche de Tom —
propone Bill y los dos cruzan la calle a todo correr.
La tensión se agudiza y Tom y yo nos quedamos mirando con
demasiada fijeza el muñeco de nieve que tenemos delante, sin saber qué
otra cosa mirar. Al final, echa un vistazo hacia su casa y a nuestros
hermanos.
—¡Qué suerte que se tengan el uno al otro! —dice en voz baja.
Analizo la frase y me pregunto si tendrá un significado más profundo
o si no será más que un simple comentario.
—Sí que tienen suerte —coincido.
Nos quedamos allí, observándolos recoger más nieve. Tom respira
hondo y estira los brazos por encima de la cabeza.
—Vale, será mejor que entre de nuevo —dice y da media vuelta.
—Espera, Tom.Se vuelve otra vez y se mete las manos en los bolsillos, pero no dice
nada.
—Siento mucho lo de ayer. Lo de mi madre.
Lo digo con la vista clavada en el suelo entre nosotros. No puedo
mirarlo a los ojos por dos motivos: en primer lugar, porque la nieve me
deslumbra; en segundo lugar, porque mirarlo me hace daño.
—No pasa nada, Layken.
He recuperado el nombre oficial.
Clava la vista en el suelo, donde la «sangre» ha teñido la nieve, y le
pega un puntapié.
—Está cumpliendo el papel de madre, simplemente. —Hace una
pausa y baja aún más la voz—. No te enfades con ella. Dichosa tú que la
tienes.
Da media vuelta y regresa a su casa. Me invade la culpa cuando
pienso en lo que será para ellos tenerse sólo el uno al otro, mientras yo
me quejo del único progenitor que nos queda a los cuatro. Me avergüenzo
de haber sacado el tema y me avergüenzo aún más de haberme enfadado
con mi madre por lo que hizo. La culpa ha sido mía, por no haber hablado
antes con ella. Tom tiene razón, como siempre: me puedo considerar
afortunada.
Después de comer, oigo la ducha en el cuarto de mi madre, de modo
que le caliento algunas sobras y le preparo un vaso de té. Pongo todo
delante de su lugar habitual en la barra y la espero. Cuando por fin sale del
pasillo y ve la comida, me dirige una leve sonrisa y toma asiento.
—¿Es una ofrenda en son de paz o me has envenenado la comida? —
pregunta, mientras despliega la servilleta y se la pone en el regazo.
—Supongo que para averiguarlo tendrás que probarla.
Me observa con cautela y pega un mordisco. Mastica durante un
minuto y, al ver que no se cae redonda, le pega otro.
—Perdón, mamá. Tendría que habértelo contado antes. Lo que pasa es
que estaba muy disgustada.
Me observa con lástima, de modo que me alejo de ella y mantengo
las manos ocupadas con los platos.
—Lake, ya sé que te gusta mucho. Lo sé y a mí también me gusta,
pero, como te dije ayer, esto no puede pasar. Tienes que prometerme que
no cometerás ninguna estupidez.
—Te lo juro, mamá. Ya me ha dejado claro que no quiere tener nada
que ver conmigo, así que no debes preocuparte.
—Espero que así sea —dice y sigue comiendo.
Acabo con los platos y regreso a la sala de estar para proseguir mi
aventura con Johnny.



HOLA!!! AQUI ESTA EL SIG CAPS ... SI VEO QUE SE HA ALCANZADO LOS 3 O MAS COMENTARIOS AGREGO MAÑANA ... SINO HASTA EL MIERCOLES ... HASTA PRONTO :))

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