lunes, 29 de febrero de 2016

2 - PRIMERA PARTE

CAPITULO  2.-
It won’t take long for me
To tell you who I am.
Well you hear this voice right now,
Well that’s pretty much all I am.2
Gimmeakiss, THE AVETT BROTHERS.
TRADUCCION: «No tardaré mucho / en decirte quién soy. / Pues bien, ahora oyes esta voz; / pues bien, eso es casi
todo lo que soy.»

La tarde siguiente, cuando me dispongo a elegir lo que me voy a poner,
me cuesta encontrar ropa limpia adecuada para este clima. No tengo
demasiadas camisas de invierno, aparte de las que ya me he puesto esta
semana. Elijo una morada de manga larga, la huelo y decido que está
bastante limpia. La rocío con perfume, por si acaso. Me cepillo los
dientes, me retoco el maquillaje, me vuelvo a cepillar los dientes y me
suelto la coleta. Me rizo algunos mechones de pelo y saco de mi cajón
unos pendientes de plata. Oigo que llaman a la puerta del cuarto de baño.
Entra mi madre con un montón de toallas. Abre el armario que está
junto a la ducha y las guarda dentro.
—¿Vas a algún sitio? —pregunta.
Se sienta en el borde de la bañera y yo sigo arreglándome.
—Sí, a algún sitio. —Trato de disimular mi sonrisa mientras me
pongo los pendientes—. La verdad es que no sé lo que vamos a hacer,
porque en realidad ni siquiera he aceptado salir con él.
Se pone de pie, va hacia la puerta y se apoya en el marco. Me mira en
el espejo. Ha envejecido mucho en el poco tiempo transcurrido desde la
muerte de mi padre. El contraste de sus brillantes ojos verdes con su cutis
de porcelana solía ser impresionante. Ahora se le marcan los pómulos por
encima de las sombras hundidas de las mejillas y las ojeras le apagan el
tono esmeralda de los ojos. Parece cansada... y triste.
—Bueno, ya has cumplido los dieciocho y ya te he dado todos los
consejos que necesitas en la vida para salir con un chico —dice—. De
todos modos, por si acaso, te haré un breve resumen: no pidas nada que
contenga cebolla ni ajo, no pierdas de vista tu copa y utiliza siempre
protección.
—¡Pufff, mamá! —Pongo los ojos en blanco—. Ya sabes que me
conozco las normas y ya sabes que no te tienes que preocupar por la
última. Por favor, no vayas a hacerle también a Tom un resumen de tus
normas. ¡Prométemelo!
Me lo promete.
—Cuéntame algo de Tom. ¿Trabaja? ¿Estudia? ¿A qué se dedica? ¿Es
un asesino en serie?
Lo dice con tanta sinceridad...
Recorro la poca distancia que separa el cuarto de baño de mi
dormitorio y me agacho para revisar mis zapatos. Me sigue y se sienta en
mi cama.
—A decir verdad, mamá, no sé nada sobre él. Ni siquiera sabía su
edad hasta que él te la dijo.
—¡Qué bien! —dice.
—¿Bien? —La miro a mi vez—. ¿Cómo es que te parece bien que no
sepa nada de él? Vamos a estar a solas unas cuantas horas. ¿Y si es un
asesino en serie?
Cojo mis botas y me acerco a la cama para ponérmelas.
—Tendréis mucho de qué hablar. Se supone que para eso sales con
alguien por primera vez.
—Tienes razón —reconozco.
Mi madre me ha dado excelentes consejos. Siempre ha sabido lo que
yo quería oír, pero me decía lo que yo necesitaba saber. Mi padre fue su
primer novio, de modo que a menudo me he preguntado cómo es que sabe
tanto sobre salir con chicos y relaciones. Sólo ha estado con una persona y
se supone que la mayor parte del conocimiento procede de la experiencia.
Será la excepción, me imagino.
—¿Mamá? —le digo, mientras me pongo las botas—. Sé que sólo
tenías dieciocho años cuando conociste a papá. Vamos, que eso es muy
pronto para encontrar a la persona con la que vas a compartir el resto de
tu vida. ¿Alguna vez te has arrepentido?
En lugar de responder de inmediato, se tumba en la cama y entrelaza
las manos por debajo de la cabeza, mientras reflexiona sobre lo que le he
preguntado.
—Nunca me he arrepentido. Lo he cuestionado, desde luego, pero
arrepentirme, nunca.
—Y ¿hay alguna diferencia? —pregunto.
—Claro que sí. El arrepentimiento es contraproducente: es mirar
atrás a un pasado que no puedes cambiar. Cuestionar las cosas cuando
ocurren puede impedir que te arrepientas en el futuro. He cuestionado
mucho mi relación con tu padre. Todo el tiempo estamos tomando
decisiones espontáneas que nos dicta el corazón. Una relación se basa en
muchas más cosas, además del amor.
—¿Por eso siempre me dices que le haga más caso a mi cabeza que a
mi corazón?
Mi madre se incorpora en la cama y me coge las manos.
—Lake, ¿quieres que te dé un consejo de verdad que no incluya una
lista de cosas que no te conviene comer?
¿Me ha estado ocultando algo?
—Desde luego —respondo.
Su voz ya no tiene el mismo tono autoritario y maternal, y me da la
impresión de que no se trata de una conversación de madre a hija, sino de
mujer a mujer. Sube las piernas y las cruza encima de la cama, al estilo
indio, y me mira de frente.
—Hay tres preguntas que toda mujer debe poder responder
afirmativamente antes de comprometerse con un hombre. Si respondes
que no a alguna de las tres, sal corriendo.
—Sólo vamos a salir —protesto, riendo—. No creo que vaya a haber
ningún compromiso.
—Ya lo sé, Lake, pero te lo digo en serio. Si no puedes responder que
sí a estas tres preguntas, no pierdas el tiempo en una relación.
Cuando abro la boca, siento que me limito a reforzar el hecho de que
soy su hija. No la interrumpo más.
—¿Te trata siempre con respeto? Ésa es la primera pregunta. La
segunda es: si dentro de veinte años sigue siendo exactamente igual que
ahora, ¿aún querrías casarte con él? Y, por último, si te inspira para que
quieras ser mejor como persona. Si encuentras a alguien con quien puedas
responder afirmativamente a las tres preguntas, quiere decir que has dado
con un buen hombre.
Respiro hondo, mientras sigo asimilando sus sabios consejos.
—¡Guau! ¡Qué preguntas tan intensas! —digo—. Y ¿pudiste
responder que sí a todas cuando estabas con papá?
—Pues sí —responde sin vacilar—, cada segundo que estuve con él.
Los ojos se le llenan de tristeza al acabar la frase. Amaba a mi padre
y enseguida me arrepiento de haber tocado el tema. La rodeo con los
brazos y la estrecho. Hace tanto que no la abrazo que siento una punzada
de remordimiento. Me besa el pelo, se aparta y sonríe.
Me pongo de pie y me paso las manos por la camisa para alisarla.
—¿Y bien? ¿Qué tal estoy?
—Pareces una mujer —dice, y suspira.
Como son las siete y media en punto, voy a la sala de estar, cojo la
chaqueta que Tom insistió en prestarme el día anterior y me acerco a la ventana. Lo veo salir de su casa, de modo que salgo yo también y me
detengo en el camino de entrada. Me ve cuando está abriendo la puerta de
su coche.
—¡¿Estás lista?! —me grita.
—¡Sí!
—¡Entonces ven!
No me muevo. Me quedo allí y me cruzo de brazos.
—¿Qué haces?
Levanta los brazos, derrotado, y se echa a reír.
—¡Has dicho que pasarías a buscarme a las siete y media! ¡Estoy
esperando a que vengas a buscarme!
Sonríe y se mete en el coche. Retrocede por su entrada y entra en la
mía hasta que la puerta del acompañante queda a mi lado. Baja del coche y
da la vuelta para abrirla. Antes de subirme, le echo un vistazo. Lleva unos
vaqueros holgados y una camisa negra de manga larga que le marca el
contorno de los brazos. Al ver aquellos brazos bien definidos, me decido
a devolverle la chaqueta.
—Antes de que me olvide —le digo al entregársela—, te he
comprado esto.
Sonríe al cogerla y se la pone.
—¡Qué bien! Muchas gracias —dice—. Si hasta tiene mi olor.
Espera a que me ponga el cinturón de seguridad antes de cerrar la
puerta. Mientras da la vuelta para subir por el otro lado, advierto que el
coche huele como a... queso, pero no a uno viejo ni rancio, sino fresco. A
cheddar, tal vez. Me ruge el estómago. Siento curiosidad: ¿adónde iremos
a cenar?
Cuando Tom se sube al coche, coge una bolsa del asiento trasero.
—No tenemos tiempo para comer, de modo que he preparado
sándwiches de queso fundido.
Me entrega un bocadillo y un refresco.
—¡Vaya, qué original! —exclamo y miro lo que tengo en las manos
—. Y ¿adónde vamos con tanta prisa? —Desenrosco el tapón—.
Evidentemente, no a un restaurante.
Desenvuelve su bocadillo y le pega un mordisco.
—Es una sorpresa —afirma con la boca llena de pan. Conduce con
una mano, mientras come con la otra—. Sé mucho más sobre ti de lo que
tú sabes de mí, de modo que esta noche quiero mostrarte cómo soy.
—Me tienes intrigada —le digo.
Y es verdad.
Nos acabamos los bocadillos, guardo la basura en la bolsa y la dejo
en el asiento trasero. Trato de pensar en algo para romper el silencio y se
me ocurre preguntarle por su familia.
—¿Cómo son tus padres?
Inspira hondo y a continuación exhala, como si mi pregunta no fuese
oportuna.
—No se me da bien charlar, Lake. Dejémoslo para más adelante.
Tratemos de disfrutar del viaje.
Me guiña un ojo y se relaja más en el asiento.
«Conducir en silencio, disfrutar del viaje...» Repito para mis adentros
lo que ha dicho y espero no haber entendido bien sus intenciones. Ríe al
ver mi cara de incertidumbre y se da cuenta de que he interpretado mal sus
palabras.
—¡No, Lake! —dice—. Quiero decir que hablemos de algo que no
sea tan previsible.
Suspiro aliviada. Pensé que le había encontrado un defecto.
—Está bien.
—Podemos jugar a algo —propone—. Es un juego que se llama
«¿Qué prefieres?» ¿Lo conoces?
Niego con la cabeza.
—No, pero, sin duda, prefiero que empieces tú.
—De acuerdo. —Carraspea y calla durante unos cuantos segundos—.
Ya está. ¿Qué prefieres: pasar el resto de tu vida sin brazos o pasar el resto
de tu vida con unos brazos que no pudieras controlar?
¡Válgame Dios! He de decir que, francamente, esta cita no se parece
en nada a ninguna de las que he tenido. De todos modos, resulta
agradablemente inesperada.
—Pues... —vacilo—, supongo que preferiría pasar el resto de mi vida
con unos brazos que no pudiera controlar...
—¡Qué dices! ¿En serio? Pero ¡no podrías controlarlos! —exclama y
empieza a agitar los brazos dentro del coche—. ¡Podrían ponerse a dar
vueltas como aspas y estarías todo el tiempo dándote puñetazos en la cara!
O, peor aún, ¡podrían agarrar un cuchillo y clavártelo!
Me echo a reír.
—No sabía que hubiera respuestas correctas e incorrectas.
—¡Qué desastre! —dice en broma—. Ahora te toca a ti.
—De acuerdo. Déjame pensar.
—¡Has de tener algo preparado! —exclama.
—¡Caray, Tom! Si no hace ni treinta segundos que he oído hablar de
este juego por primera vez... Dame un instante para pensar en algo.
Alarga la mano y estrecha una de las mías.
—Te estoy tomando el pelo.
Cambia la mano de lugar y la pone debajo de la mía y nuestros dedos
se entrelazan. Me encanta la facilidad con la que pasamos de una cosa a
otra, como si lleváramos años cogiéndonos de la mano. Hasta ahora, todo
ha sido fácil. Me gusta su sentido del humor. Me gusta que me resulte tan
sencillo reírme con él, después de tantos meses sin reír. Me gusta que
estemos cogidos de la mano. ¡Me gusta mucho!
—Ya está: tengo una —digo—. ¿Qué prefieres: mearte encima una
vez al día, en cualquier momento, o mear encima de otra persona?
—Depende de encima de quién. ¿Podría mear encima de las personas
que no me gustan o sería de cualquiera?
—De cualquiera.
—Mearme encima —declara sin vacilar—. Ahora me toca a mí. ¿Qué
prefieres: medir un metro veinte o medir dos metros?
—Medir dos metros —respondo.
—¿Por qué?
—No puedes preguntar por qué —digo—. Vamos a ver: ¿te gustaría
beber cuatro litros de grasa de tocino para desayunar todos los días? ¿O
preferirías tener que cenar todas las noches dos kilos y medio de
palomitas de maíz?
—Dos kilos y medio de palomitas de maíz.
Me gusta este juego. Me gusta que no le haya importado
impresionarme con la cena. Me gusta no tener ni idea de adónde nos
dirigimos. Hasta me gusta que no me haya hecho ningún cumplido por mi
ropa, algo que —por lo visto— es lo primero que se suele decir cuando
sales con alguien. Hasta ahora, me gusta todo lo que ha pasado esta noche.
Por lo que a mí respecta, aunque siguiéramos dando vueltas en coche dos
horas más, jugando simplemente a «¿Qué prefieres?», nunca me habría
divertido más saliendo con un chico.
Pero eso no pasa. Al final llegamos a nuestro destino y, en cuanto veo
el cartel que hay en el edificio, me pongo tensa.

«CLUB N9NE»

—Esto... Tom, no me gusta bailar.
Espero que sea empático.
—Vale, a mí tampoco.
Bajamos del vehículo y nos encontramos delante del coche. No sé
muy bien quién toma la iniciativa, pero una vez más nuestros dedos se
encuentran en la oscuridad, me coge de la mano y me conduce a la
entrada. Al acercarnos, observo un cartel en la puerta:

«CERRADO POR SLAM
LOS JUEVES
A PARTIR DE LAS 20.00 H.
ENTRADA LIBRE.
PARTICIPANTES: 3 DÓLARES».

Tom abre la puerta sin leer el cartel. Estoy a punto de avisarlo de que
el club está cerrado, pero parece saber lo que hace. Cuando atravieso la
entrada tras él y entramos en la sala, una algarabía multitudinaria interrumpe el silencio. A nuestra derecha hay un escenario vacío, y sillas y
mesas distribuidas por toda la pista de baile. El lugar está de bote en bote.
Veo a un grupo de chavales más jóvenes, como de catorce años o así, en
una mesa cerca de la parte delantera. Tom tuerce a la izquierda y se dirige
a un reservado vacío al fondo de la sala.
—Aquí se está más tranquilo —dice.
—¿A qué edad se puede entrar aquí en clubes como éste? —le
pregunto sin dejar de observar al grupo de chavalines.
—En realidad, esta noche no es un club —explica, mientras nos
metemos rápidamente en el reservado.
Es semicircular y da al escenario, de modo que voy hasta la mitad
para poder ver mejor. Él se sienta a mi lado.
—Esta noche toca slam —dice—. Todos los jueves cierran el club y
la gente viene a competir en los slam de poesía.
—Y ¿eso qué es? —pregunto.
—Son recitales de poesía. —Me sonríe—. Es lo que más me chifla.
¿Será posible que exista alguien así? ¿Un tío bueno que me haga reír
y al que, además, le guste la poesía? Que alguien me pellizque, por favor.
Mejor no: prefiero no despertarme.
—Conque poesía, ¿eh? —digo—. ¿Y cada uno escribe la suya o recita
la de otros autores?
Se echa hacia atrás en el asiento y levanta la vista al escenario.
Advierto la pasión en sus ojos cuando me lo describe:
—La gente sube al escenario y se desahoga, usando sus palabras y el
movimiento de su cuerpo —me explica—. Es increíble. Aquí no vas a oír
nada de Dickinson ni de Frost.
—¿Es como un certamen?
—Es complejo —dice—. Cada club lo hace a su manera. Por lo
general, durante un slam los jueces se eligen al azar entre el público y se
asignan puntos por cada interpretación. Gana la persona que, al final de la
noche, haya obtenido más puntos. Al menos aquí se hace así.
—Y ¿tú participas?
—A veces. Algunas veces hago de juez y otras me limito a observar.
—Y ¿hoy vas a actuar?
—Nooo. Hoy vengo sólo como espectador. En realidad, no he
preparado nada.
¡Qué desilusión! Me habría encantado verlo interpretar en el
escenario. No me acabo de enterar de qué es la poesía slam, pero siento
mucha curiosidad por verlo hacer cualquier cosa que requiera actuar.
—¡Qué gandul! —digo.
Todo está tranquilo por un rato, mientras observamos a la multitud
que tenemos delante. Tom me da un codazo suave y me vuelvo hacia él.
—¿Quieres beber algo? —pregunta.
—Sí, un batido de chocolate, por favor.
Enarca una ceja y sonríe.
—¿De verdad quieres un batido de chocolate?
Confirmo con la cabeza.
—Con hielo.
—De acuerdo —dice, y se desliza por el asiento para salir del
reservado—. Marchando un batido de chocolate on the rocks.
Mientras no está, el presentador sube al escenario para tratar de
entusiasmar al personal. No hay nadie más al fondo de la sala, donde
estamos nosotros, de modo que me siento medio ridícula al gritar «¡Sí!»
con el resto de la multitud. Me hundo aún más en mi asiento y decido
limitarme a ser una espectadora durante el resto de la velada.
El presentador anuncia que ha llegado el momento de seleccionar a
los miembros del jurado y la multitud empieza a gritar, porque casi todos
quieren ser elegidos. Escogen a cinco personas al azar y las sientan a la
mesa de votación. Cuando Tom regresa a nuestro reservado con las
bebidas, el presentador anuncia que es la hora del sac y elige a alguien
también al azar.
—¿Qué es el sac? —le pregunto.
—El «sacrificio». Es lo que se usa para preparar a los jueces. —Se
vuelve a deslizar por el asiento del reservado y, no sé cómo, se me acerca
más que antes—. Alguien interpreta algo fuera de concurso para que los
miembros del jurado calibren la manera de puntuar.
—Y ¿pueden llamar a cualquiera? ¿Y si me hubieran elegido a mí,
por ejemplo? —pregunto y de pronto me pongo nerviosa.
Me sonríe.
—Supongo que tendrías que traer algo preparado.
Bebe un sorbo de su bebida, se apoya en el respaldo del asiento y
encuentra mi mano en la oscuridad. Sin embargo, esta vez nuestros dedos
no se entrelazan, sino que coloca mi mano sobre su pierna y, con las
yemas de los dedos, empieza a seguir el contorno de mi muñeca. Me
repasa con suavidad cada uno de los dedos y me va siguiendo las líneas y
las curvas de toda la mano. Las yemas de sus dedos parecen impulsos
eléctricos que me atraviesan la piel.
—Lake —dice en voz baja, mientras sus caricias me suben hasta la
muñeca y regresan a las yemas de mis dedos sin detenerse—, no sé qué es
lo que tienes... pero me gustas.
Desliza los dedos entre los míos y sujeta mi mano en la suya,
mientras vuelve a concentrarse en el escenario. Inhalo, alargo la otra
mano para coger mi batido de chocolate y me lo bebo todo de golpe. Me
agrada sentir el hielo contra los labios. Me refresca.
Llaman a una joven con pinta de tener unos veinticinco años. Anuncia
que va a interpretar un poema suyo titulado «Jersey azul». Las luces se van
apagando poco a poco y a ella la ilumina un foco. Levanta el micrófono y
da un paso al frente, mirando al suelo. Se hace el silencio entre el público
y lo único que se oye en toda la sala es el sonido de su respiración,
amplificado por los altavoces.
Sin dejar de mirar fijamente al suelo, acerca la mano al micrófono y
empieza a darle golpecitos con los dedos en un movimiento repetitivo que
resuena como el latido de un corazón. Cuando se pone a recitar, me doy
cuenta de que estoy conteniendo la respiración.

Pum, pum,
pum, pum,
pum, pum.
¿Lo oyes?

Su voz se detiene en la palabra «oyes».
Es el latido de mi corazón.
Vuelve a dar golpecitos en el micrófono.

Pum, pum,
pum, pum,
pum, pum.
¿Lo oyes?
Es el latido de tu corazón.

Empieza a hablar más deprisa y mucho más alto que antes.

Era el 1 de octubre. Llevaba puesto mi jersey
azul, el que me compré en Dillard’s, ¿te acuerdas?
El del dobladillo en punto doble,
con agujeros en las bocamangas
por los que podía asomar los pulgares
cuando hacía frío pero no me apetecía ponerme guantes.
Era el mismo jersey que, según tú, hacía que mis ojos
parecieran reflejos de las estrellas en el océano.
Aquella noche me prometiste amor eterno...
y, ¡tío!,
¡cómo lo has cumplido!
Después llegó el 1 de diciembre. Llevaba
puesto mi jersey azul, el que me compré
en Dillard’s, ¿te acuerdas? El del dobladillo en punto doble,
con
agujeros en las bocamangas por los que podía asomar
los pulgares cuando hacía frío pero no me apetecía
ponerme guantes. Era el mismo jersey que, según tú, hacía
que
mis ojos parecieran reflejos de las estrellas en el océano.
Te dije que llevaba tres semanas de retraso.
Me dijiste que era el destino.
Aquella noche me prometiste amor eterno...
y, ¡tío!,
¡cómo lo has cumplido!
Era el 1 de mayo. Llevaba puesto mi jersey
azul, aunque entonces el dobladillo de punto doble
estaba gastado y ponía a prueba la resistencia
de las hebras, bien tensas contra mi vientre abultado.
Te acuerdas, ¿no? El que me compré en Dillard’s.
El que tiene agujeros en las bocamangas por los que
podía asomar los pulgares cuando hacía frío pero no
me apetecía ponerme guantes. Era el mismo jersey que,
según tú, hacía que mis ojos parecieran reflejos
de las estrellas en el océano.
El MISMO jersey que me ARRANCASTE del cuerpo
cuando me arrojaste al suelo y
me llamaste puta
y me dijiste
que no me querías
más.
Pum, pum,
pum, pum,
pum, pum.
¿Lo oyes? Es el latido
de mi corazón.
Pum, pum,
pum, pum,
pum, pum.
¿Lo oyes? Es el latido
de tu corazón.

Se produce un largo silencio, mientras se sujeta la barriga con las
manos y las lágrimas le ruedan por las mejillas.

¿Lo oyes? Claro que no. Es el
silencio de mi vientre,
¡porque tú
ME
ARRANCASTE
EL
JERSEY!

Se vuelven a encender las luces y el público reacciona con estruendo.
Respiro hondo y me enjugo las lágrimas. Que haya podido hipnotizar a
todo el público con unas palabras interpretadas con tanta vehemencia me
deja pasmada. ¡Sólo con palabras! Me aficiono de inmediato y quiero oír
más. Tom me pasa el brazo por los hombros y se apoya en el respaldo del
asiento conmigo, con lo cual me devuelve a la realidad —¿Qué te ha parecido? —pregunta.
Acepto su abrazo y acerco la cabeza a su hombro, mientras los dos
miramos por encima de la multitud. Me apoya la barbilla en la cabeza.
—Ha sido increíble —susurro.
Me pasa la mano por la mejilla y me roza la frente con los labios.
Cierro los ojos, sin saber hasta cuándo se podrán poner a prueba mis
emociones. Hace tres días estaba hecha polvo, amargada, desesperada.
Hoy me he despertado feliz por primera vez en meses. Me siento
vulnerable. Trato de disimular mis emociones, pero me da la impresión de
que todo el mundo sabe lo que pienso y lo que siento y no me agrada. No
me gusta ser un libro abierto. Siento como si estuviera en el escenario,
desahogándome con él, y me da pánico.
Seguimos abrazados mientras varias personas más interpretan sus
obras. La poesía es tan inmensa y electrizante como el público. Nunca he
reído ni he llorado tanto. Estos poetas son capaces de atraernos a un
mundo totalmente nuevo y nos hacen observar desde una posición
privilegiada cosas que no hemos visto jamás. Nos hacen sentir amor y
odio en verso. Nos hacen sentir como si fuéramos la madre que ha
perdido a su bebé o el niño que ha matado a su padre o incluso el hombre
que se colocó por primera vez y se comió cinco platos de beicon. Siento
una conexión con estos poetas y sus historias y, además, siento una
conexión más profunda con Tom. No puedo concebir que tenga valor
suficiente para subir al escenario y desnudar su alma como estas personas.
Ver para creer. Tengo que verlo hacer algo así.
El presentador hace un último llamamiento a los asistentes.
Me vuelvo hacia él.
—Tom, no puedes traerme aquí y no participar. ¿No puedes hacer
una? ¡Por favor, por favor, por favor!
Apoya la cabeza en el respaldo del reservado.
—Me pides demasiado, Lake. Ya te he dicho que no he preparado
nada nuevo.
—Recita algo viejo, entonces —le propongo—, ¿o acaso todas estas
personas te ponen nervioso?
Inclina la cabeza hacia mí y me sonríe.
—Todas estas personas no. Sólo una de ellas.
De pronto me muero de ganas de besarlo. Me contengo por el
momento y sigo suplicándole. Junto las manos por debajo de mi barbilla.
—No me obligues a rogarte —le digo.
—¡Si ya lo estás haciendo! —Al cabo de unos segundos, separa el
brazo de mis hombros y se inclina hacia delante—. De acuerdo, de
acuerdo —dice, sonriendo, y se mete una mano en el bolsillo—, pero te lo
advierto: tú te lo has buscado.
Extrae la billetera justo cuando el presentador anuncia el comienzo
de la segunda ronda. Tom se pone de pie con sus tres dólares en alto.
—¡Me apunto!
El presentador se protege los ojos con la mano y los entorna para
mirar al público, tratando de averiguar quién ha hablado.
—Damas y caballeros, aquí tenemos a un viejo conocido nuestro, el
señor Tom Kaulitz. Me alegro de que por fin te sumes a nosotros —dice
por el micrófono para fastidiarlo.
Tom se abre paso entre la multitud, sube al escenario y se coloca bajo
la luz del foco.
—¿Cómo se titula tu obra de esta noche, Tom? —le pregunta el
presentador.
—«La muerte» —responde Tom, mirando directo hacia mí, por
encima de la multitud.
Se le borra la sonrisa del rostro y comienza su actuación.

La muerte, lo único inevitable en la vida.
A nadie le gusta hablar de la muerte, porque
se entristece.
No quieren imaginar cómo continuará la vida
sin ellos,
todos sus seres queridos se apenarán
por un tiempo, pero seguirán respirando.
No quieren imaginar que la vida seguirá adelante
sin ellos,
que sus hijos seguirán creciendo,
se casarán,
envejecerán...
No quieren imaginar que la vida seguirá
adelante sin ellos,
que se venderán sus bienes materiales
y se pondrá fin a sus historias clínicas.
Su nombre se convertirá en un recuerdo
para todos sus conocidos.
No quieren imaginar que la vida seguirá adelante
sin ellos, de modo que, en lugar de aceptarlo sin ambages,
soslayan el tema por completo,
esperando y rogando que, de alguna manera...
pase de largo.
Que se olvide de ellos
y pase al siguiente de la fila.
No, no querían imaginar que la vida seguiría
adelante...
sin ellos.
Pero la muerte
no
lo olvidó,
sino que se dieron de bruces con la muerte,
que adoptó la forma de un camión de dieciocho ruedas
tras una nube de niebla.
No.
La muerte no se olvidó de ellos.
Si al menos hubieran estado preparados, aceptado lo
inevitable, trazado planes y comprendido que
lo que estaba en juego no eran sólo sus vidas...
Es posible que, legalmente, me consideraran adulto a los
diecinueve años, pero aún sentía
del todo
que apenas tenía diecinueve.
Desprevenido
y abrumado
por tener de pronto
a mi cargo
toda la vida de una personita de siete años.
La muerte, lo único inevitable en la vida.

Tom se aparta del foco y baja del escenario sin esperar a saber su
puntuación. Para mi sorpresa, deseo que tarde en regresar a nuestro
reservado para darme tiempo a asimilarlo. No tengo la menor idea de
cómo reaccionar. No sabía que su vida fuera así, de que Bill fuera toda
su vida. Su interpretación me ha dejado pasmada, pero sus palabras me
hacen polvo. Me enjugo las lágrimas con el dorso de la mano. No sé si
lloro porque Tom haya perdido a sus padres, por las responsabilidades
que entraña su muerte o por el mero hecho de que haya dicho la verdad.
Ha hablado de un aspecto de la muerte y la pérdida que nadie parece tener
en cuenta hasta que es demasiado tarde, un aspecto con el cual,
lamentablemente, yo también estoy familiarizada. El Tom que he visto
subir al escenario no es el mismo que observo venir hacia mí. Me
encuentro en un conflicto, estoy confundida y, sobre todo, de sconcertada.
Ha estado magnífico.
Advierte que me estoy enjugando las lágrimas.
—Te he avisado —dice, mientras vuelve a tomar asiento en el
reservado.
Coge su copa, bebe un sorbo y revuelve los cubitos de hielo con la
pajita. No sé qué decirle. Él lo ha expuesto todo allí arriba, bien de frente.
Me dejo llevar por mis emociones. Me acerco a él y le cojo la mano
y deja otra vez la copa en la mesa. Se vuelve hacia mí y me dirige una
sonrisa triste, como esperando que yo diga algo. Como no digo nada, alza
la mano hasta mi cara y me seca una lágrima y después, con el dorso, me
acaricia la mejilla. No comprendo la conexión que siento con él. Todo
parece ir tan rápido. Apoyo la mano sobre la suya y me la acerco a la boca
y entonces, con suavidad, le beso la palma mientras nos miramos a los
ojos. De repente nos convertimos en las dos únicas personas de toda la
sala y el ruido exterior se pierde a lo lejos.
Acerca la otra mano a mi mejilla y se inclina poco a poco hacia
delante. Cierro los ojos y siento su aliento cada vez más cerca a medida
que me atrae hacia él. Sus labios rozan los míos, pero apenas. Me besa
lentamente el labio inferior y después el superior. Tiene los labios fríos,
húmedos todavía de la bebida. Me acerco aún más a él para devolverle el
beso, pero se aparta cuando mi boca reacciona. Abro los ojos y veo que
me sonríe, sin dejar de sujetarme la cara entre las manos.
—Paciencia —susurra.
Cierra los ojos, se inclina hacia mí y me besa con suavidad la mejilla.
Cierro los ojos e inhalo, tratando de calmar mis tremendas ganas de
estrecharlo entre mis brazos y devolverle el beso. No sé cómo puede tener
tanto dominio de sí mismo. Apoya la frente en la mía y desliza las manos
hacia abajo por mis brazos. Nuestras miradas se encuentran cuando
abrimos los ojos. En aquel momento comprendo al fin por qué mi madre
había aceptado su destino a los dieciocho años.
—Guau —espiro.
—Pues sí —concuerda conmigo—, guau.
Seguimos mirándonos a los ojos unos cuantos segundos más hasta
que el público prorrumpe en exclamaciones otra vez. Están anunciando a
los que se han clasificado para la segunda ronda cuando Tom me coge de
la mano y susurra:
—Vámonos.
Mientras voy saliendo del reservado, me da la impresión de que todo
el cuerpo está a punto de fallarme. Nunca me había pasado nada parecido.
Jamás.
Cuando nos ponemos de pie, seguimos con las manos unidas
mientras me conduce a través de la multitud, cada vez más numerosa, y
llegamos al aparcamiento. No me doy cuenta del calor que tengo hasta que
percibo en la piel el aire frío de Michigan. Me siento excitante o excitada
—no sé cuál de las dos— y lo único que sé es que deseo que las dos
últimas horas de mi vida se repitan por toda la eternidad.
—¿No quieres quedarte? —le pregunto.
—Lake, llevas días mudándote y deshaciendo maletas. Tienes que
dormir.
Su mención del sueño me produce un bostezo involuntario.
—No me parece mal dormir —digo.
Me abre la puerta, pero, antes de que me suba al coche, me estrecha
entre sus brazos y me acerca a él en un fuerte abrazo. Nos quedamos allí
de pie varios minutos, aferrándonos al momento. Podría acostumbrarme a
esa sensación que me resulta totalmente desconocida. Siempre he sido de
lo más cautelosa. Ignoraba que existiese en mí aquella faceta nueva que
Tom hace florecer.
Al final nos separamos y nos subimos al coche. Cuando salimos del
aparcamiento, apoyo la cabeza en la ventanilla y observo el club, que se va
empequeñeciendo en el espejo retrovisor.
—¿Tom? —digo en voz baja sin apartar la mirada del edificio que
desaparece a nuestras espaldas—. Te lo agradezco.
Me coge la mano y al final me quedo dormida, sonriendo.
Despierto cuando me abre la puerta: estamos en la entrada de mi casa.
Se agacha, me da la mano y me ayuda a apearme. No recuerdo cuándo fue
la última vez que me quedé dormida en un vehículo en marcha. Tom tenía
razón: realmente estoy cansada. Me restriego los ojos y vuelvo a bostezar
mientras me acompaña hasta la puerta. Me pasa los brazos por la cintura y
elevo los míos hasta sus hombros. Nuestros cuerpos encajan a la
perfección. Un escalofrío me baja por el cuerpo mientras su aliento me
calienta el cuello. No puedo creer que nos hayamos conocido hace apenas
tres días; da la impresión de que llevemos años haciendo esto.
—Piensa —le digo— que estarás fuera tres días y eso es lo mismo
que hace que te conozco.
Se echa a reír y me acerca aún más a él.
—Serán los tres días más largos de mi vida —declara.
Conociendo a mi madre, estoy segura de que tenemos público y por
eso me alegro de que se despida con un simple beso en la mejilla.
Retrocede con lentitud, sus dedos se van separando de los míos y al final
se sueltan. Mi brazo cae, inerte, a mi lado, mientras lo observo subirse al
coche. Arranca el motor y baja la ventanilla.
—Lake, como el trayecto hasta mi casa es tan largo —dice—, ¿por
qué no me das un beso de despedida?
Río, me acerco al coche y me inclino por su ventanilla, esperando
otro beso en la mejilla, pero me pone la mano en la nuca, me acerca a él
con suavidad y nuestros labios se abren al encontrarse. Ninguno de los dos
se contiene esta vez. Introduzco la mano por la ventanilla y le paso los
dedos por la parte posterior del cabello, mientras seguimos besándonos.
Hago acopio de todo lo que tengo para no abrir la puerta y subirme a su
regazo. La puerta que se interpone entre nosotros da la impresión de ser
una barricada.
Por fin nos detenemos. Nuestros labios siguen en contacto, porque
ninguno de los dos se quiere separar.
—¡Ostras! —susurra él junto a mis labios—. Cada vez es mejor.
—Hasta dentro de tres días —le digo—, y conduce con cuidado esta
noche hasta tu casa.
Le doy un último beso y me aparto a regañadientes de la ventanilla.
Retrocede por el camino de entrada y sigue hasta el suyo. Siento la
tentación de correr tras él y volver a besarlo para confirmar su teoría,
pero la venzo y me doy la vuelta para entrar en mi casa.
—¡Lake!
Me vuelvo; cierra la puerta del coche y trota hacia mí. Cuando llega a
mi lado, sonríe.
—Me he olvidado de decirte algo —dice, mientras me estrecha de
nuevo entre sus brazos—. Estás preciosa esta noche.
Me besa en la coronilla, me suelta y vuelve a ir hacia su casa.
Tal vez estuviera equivocada antes, cuando pensé que me gustaba que
no me hubiese hecho ningún cumplido. ¡Desde luego que estaba
equivocada! Cuando llega a la puerta de su casa, se vuelve y sonríe antes
de entrar.
Tal como me lo imaginaba, mi madre está sentada en el sofá con un
libro y trata de no mostrar interés cuando entro en casa.
—¿Y? ¿Cómo te ha ido? ¿Es un asesino en serie? —pregunta.
Ya no puedo dejar de sonreír. Me acerco al sofá frente al suyo, me
dejo caer en él como una muñeca de trapo y suspiro.
—Tenías razón, mamá. Me encanta Michigan.


HOLA!!! SEGUNDO CAP ... YA SABEN TRES O MAS Y AGREGO ... TRATARE DE QUE SEAN TODAS LAS NOCHES PERO NO ASEGURO NADA A LO MEJOR UN DIA SI UN DIA NO ... TODO DEPENDE DE COMO LES VAYA GUSTANDO LA NOVE Y COMENTEN MUCHOOOOO!!! BUENO 3 O MAS Y AGREGO EL TRES :)) ES DE UN LIBRO -NO DE FACEBOOK- QUE LEI HACE YA 7 MESES Y ESTA HERMOSO ... LEANLA Y VERAN COMO SE ENAMORARAN DE ELLA ... HASTA PRONTO :))

4 comentarios:

  1. Wauuu Tom perdio a sus padres!
    Me encanto la poesia del "jersey"
    Esta hermosa la fic. Sigurka pronto :)

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  2. Ayyy cada vez me gusta más esta novela
    Sigue porfisss

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  3. Estuvo buenisimaaaaa me encantaaaaa, espero el próximo cap..

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